Opinión

El día internacional de todas las mujeres

Lo que importa es el camino de igualdad que queda por recorrer

Editorial La Razón

La fractura interna del movimiento feminista español que, hoy, por primera vez, celebrará el Día Internacional de la Mujer dividido, es, sin duda, una mala noticia que ensombrece la larga y penosa lucha por la igualdad de derechos y el reconocimiento de la plena independencia de las mujeres en el seno de la sociedad. No es, precisamente, desde la apropiación exclusivista de un movimiento liberador, que en las modernas sociedades occidentales se ha hecho transversal, como se podrá hacer frente a las lacras sexistas, con la violencia y la discriminación como omnipresente amenaza. Tampoco, desde el relato radical de la confrontación de sexos que, a la postre, produce el desapego hacia el feminismo de las generaciones más jóvenes, crecidas en un tiempo y un lugar, España, donde los avances de la mujer en todos los campos es una venturosa realidad que no se compadece con el discurso extremista de la maldad intrínseca del hombre y de la dictadura de un heteropatriarcado que cercena, por su propia formulación, la libertad de las mujeres y su derecho de autodeterminación personal. Ni es cierto ni así lo percibe una mayoría social, cuya peripecia vital, afortunadamente, discurre desde hace décadas por los derroteros de la igualdad.

Porque no es sólo la pretensión, como denuncian los movimientos feministas, de implantar una ideología transgénero que prescinde de la realidad biológica del sexo y, por lo tanto, borra a la mujer como tal, sino la demonización de cualquier idea, persona o movimiento que no comulgue con las piedras de molino de un ultrafeminismo que, comenzando por el Ministerio de Igualdad, pretende apoderarse de la legitimidad institucional, política e ideológica de la lucha de las mujeres, hasta el punto de excluir a figuras relevantes de la izquierda socialista española que formaron parte de la vanguardia de la liberación y la igualdad. Por supuesto, no se trata de negar o rechazar a quienes, desde la diversidad sexual, exigen el reconocimiento legal y la protección de sus derechos ciudadanos, pero sí de advertir contra la identificación del feminismo como si fuera un mero apéndice de la ideología «queer», confusión que es preciso denunciar, por cuanto, como venimos señalando, supone que la condición de haber nacido mujer pierde su sentido .

De hecho, lo que verdaderamente importa de este día es la reivindicación del camino que nos falta por recorrer y la exigencia a los poderes públicos, que, no lo olvidemos, emanan de la voluntad soberana del pueblo, de que arbitren los medios necesarios para que la igualdad de derechos sea una realidad efectiva en todos y cada uno de los aspectos de la vida de las mujeres. No se trata, por supuesto, de negar los avances que se han producido en todos los ámbitos, pero persisten disfunciones graves, algunas intolerables como la violencia machista, que tienen que ser corregidas.

La estructura del mercado laboral, por ejemplo, donde no opera tanto la discriminación salarial en sí misma como el tipo de jornada y la temporalidad, que afectan más a las trabajadoras, especialmente, cuando tienen que compartir sus obligaciones laborales con el cuidado de los hijos. Se debe actuar en el campo de la conciliación familiar, sí, pero también legislando de manera que no haya ventaja alguna por contratar a un hombre sobre una mujer. Hay que seguir insistiendo en la educación, en la lucha contra los estereotipos de género, que, en demasiadas ocasiones, fomentan una falsa superioridad masculina, semilla de futuras violencias. Y si todo falla, hay que, por duro que resulte, recurrir a la represión, radical, de unas conductas, como hemos dicho, intolerables. Sin demonizar al varón, demagogia que, sin duda, prende en la injusticia, pero aceptando la cruda realidad de que son las mujeres quienes más expuestas están a la violencia y al acoso machista.