La adaptación a la escuela

Los aprendizajes en la primera etapa de la vida son los más perdurables.

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Existe un gran interés, incluso presión, en iniciar la escolarización cada vez antes. Encontramos dos corrientes principales respecto a la crianza y la educación que parten de la misma creencia: que los aprendizajes en la primera etapa de la vida son los más perdurables. Justificándose en esta certeza, una línea optará por embutir a las criaturas de todo tipo de materias y actividades precozmente ya que, al ser éstas como esponjas, todo lo absorben y hay que explotarlo; la otra vía tomará un rumbo distinto eligiendo referencias más naturales, humanistas y relajadas. Personalmente me encuentro en la segunda, en la ideología que sospecha que las experiencias en las primeras etapas de vida deben estar acompañadas muy atentamente y desarrollarse en ámbitos distendidos, sencillos y con disposición al acompañamiento de las vivencias sensoriales y emocionales. En este itinerario, se valoran también los aprendizajes cognitivos y académicos, aunque se entiende que pueden integrarse efectivamente más tarde y de otra manera, por esto se tiende a acompañar el desarrollo integral de la persona, observando sus necesidades y potenciando sus talentos.

Desde este punto de vista, lo deseable es que se pueda retrasar la escolarización al máximo, en Europa así se hace (los países nórdicos, tan sobrevalorados como arquetipo de la excelencia educativa, suelen escolarizar en torno a los siete años). En cualquier caso, atendiendo a las necesidades de cada menor y su familia, lo idóneo es que, cuando tenga que producirse el ingreso en la escuela, éste se lleve a cabo de manera tranquila y gradual, ofreciendo entornos seguros a las niñas y niños para que puedan desarrollarse en confianza y sin ansiedad. Los centros deben explicar, de forma fehaciente, cómo manejan este trance: qué se espera de las criaturas, de las familias y, por supuesto, qué dispone la escuela para la ocasión. Este momento es el que se conoce generalmente como el período de adaptación y en él se pretende que las familias ayuden a sus hijas e hijos en los primeros días para facilitar el proceso de familiarización con el entorno y de establecer confianza en las nuevas personas adultas que las acompañarán en adelante. Al final, lamentable y generalmente, este protocolo se traduce en que las familias pueden entrar en el aula un ratito al día en el inicio del curso y sanseacabó. Este modelo, tal vez es suficiente para algunas personas, pero os seguro que no lo es para la totalidad y esto puede suponer un problema para quien no lo supera y también para quienes le acompañan, sea en casa o en la escuela, sean las familias o las maestras.

Parece obvio que ninguna persona debería encontrarse retenida en contra de su voluntad en ningún lugar; mucho menos si quien la retiene son personas extrañas; y mucho menos todavía si se encuentra en situación de angustia, miedo y/o inseguridad. Esta premisa que, no me cabe duda, deseamos que se cumpla para nosotras mismas, sirve también para las personas menores de edad. Parece como de derechos humanos básicos, ¿no? Pues nos la saltamos a la torera en las adaptaciones escolares en pro del (supuesto) bien de las menores. ¿O es que no os parece importante que cuidemos la llegada al que será uno de los lugares más importantes en su vida? ¿No os parece necesario que las criaturas se sientan tranquilas y seguras allí donde están, antes de empezar con ningún tipo de actividad? Incluso desde la neurobiología nos recuerdan que el cerebro aprende cuando se presentan emociones y que los mejores resultados se obtienen cuando estas emociones son positivas y adecuadas. Parece que sería requisito previo el cuidar amorosa y diligentemente las emociones de nuestras criaturas a su llegada a las escuelas para poder fomentar un desarrollo efectivo que ofrecerá, posteriormente, la consecución de aprendizajes eficientes. Atendiendo a todo esto, me atrevo a advertir que ninguna criatura debe ser forzada a quedarse sin sus referentes en lugares ajenos ni con personas desconocidas en contra de su voluntad, y menos aún si presenta ansiedad por este hecho.

La llegada a la escuela, generalmente en torno a los tres años, debería ser un período de tiempo (ni rígido ni preestablecido) para que las niñas y los niños se acomoden completamente a esta situación. Debería ser un período de tiempo en el que la madre (o, en su defecto, otro miembro de la familia) pueda acompañar haciendo de puente hacia las nuevas rutinas hasta que las menores se sientan suficientemente preparadas y seguras en sus nuevos vínculos. La adaptación puede darse por completada cuando la criatura establece un vínculo con (al menos) una igual y con una adulta cuidadora referente. Y se puede tardar desde algunos días hasta meses, dependiendo de cada caso, sus necesidades y particularidades.

Si no podemos llegar a esto, deberíamos al menos ser personas honestas y reconocer nuestras limitaciones, a la vez que nos planteemos cómo superarlas. Deberíamos investigar las dificultades de los centros educativos y de sus estructuras, al tiempo que procuramos encontrar soluciones. Lo que no deberíamos hacer, y eso sí que lo hacemos, es responsabilizar y cargar a las niñas y a los niños, ni a sus familias, ni a la sociedad (esto puede ser válido para una charla de bar, sin embargo cuando se trata de temas tan importantes es conveniente que seamos serias y nos pongamos manos a la obra con elevada conciencia y profesionalidad).

¿Qué sucede con las niñas y los niños cuando la adaptación no funciona como se espera? Se tiende a pensar que son consentidas o exageradas y, además, se minimiza su emocionalidad. Es fácil seguir pensando que como son personas pequeñas son menos válidas, aunque no sea así. Estamos ante la que es la época más sensible en el desarrollo del ser humano y hay que estar a la altura. Es preciso poder atender individualmente este momento tan especial, para no caer en el tremendo error de tratar al alumnado como si fuera un rebaño. ¿Y con las familias? Generalmente consienten y se someten por el bien de sus hijas e hijos, respondiendo así ante la autoridad competente (en este caso, el centro y las profesionales que lo habitan). Si muestran temor o presentan quejas, suelen ser silenciadas y tachadas de desmesuradas y, cómo no, de sobreprotectoras. Es fácil silenciar a las familias, son muchos los años de sumisión y obediencia ciega a la autoridad que han tragado. ¿Y con las maestras? Las formaciones oficiales no tienen en cuenta las necesidades psico-bio-emocionales de la infancia así que ni las detectan. Cuando son conscientes de ellas, por los motivos que sean, suelen tener dos opciones: tragar con lo que hay, hacer coraza, ignorar las necesidades de las criaturas y seguir adelante, esto será a costa de su salud (el síndrome “burnout” se ceba en profesiones relacionadas con la educación y la salud, especialmente en las que atienden a otras personas); o intentar un difícil cambio en su día a día, para que sea más respetuoso y coherente. Con el centro como entidad y con las representantes de las instituciones educativas no hace falta preguntarse qué pasa respecto a la adaptación porque no pasa nada, ni se enteran, están por otras cosas que nada tienen que ver con las necesidades de la infancia.

Intentaré aportar algunas ideas que podrían ser útiles para que los protocolos de adaptación en las escuelas de infantil (tres a cinco años) puedan ser más saludables y efectivos:

- Formación y acompañamiento profesional. Es imprescindible conocer qué pasa con el alumnado en lo que a la adaptación se refiere y que puedan acudir a personas cualificadas para resolver dificultades cuando se den. La maestra que está al cargo del grupo no puede atender las adaptaciones, deberá hacerlo otra profesional o, en función del número de componentes del grupo, varias.

- Acompañamiento familiar. Explicar en qué consistirá la adaptación y asistir al proceso. Establecer pautas concretas y claras para que el proceso sea comprendido. Encuentros periódicos mientras dure el proceso para explicar su evolución. Contacto cercano, clarificador e ilustrativo para una verdadera coeducación.

- Espacio familiar. Es preciso arreglar un espacio común, abierto y cercano a las aulas de las menores, de uso para los componentes de las familias que actúen como referente en la adaptación, al que las criaturas puedan acceder cuando lo necesiten. La familia es un referente y un apoyo emocional para las niñas y niños, al que deben poder acceder cuando lo necesiten, hasta que sientan la seguridad del vínculo en el nuevo ambiente y con las nuevas acompañantes.

- Y, por supuesto, dedicarle el tiempo necesario. Debería ser todo el primer año el que se destinara a la adaptación. Algunas criaturas en muy poco tiempo se sentirán seguras y preparadas para quedarse solas, otras necesitarán más tiempo. No importa, no es mejor quien adapta en menos tiempo. Lo mejor es dar el tiempo a cada persona para llevar a buen puerto sus procesos.

Rebecca Sánchez – Psicóloga y Coordinadora en EAM

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