Sociedad

Universidad

Lo que hemos aprendido de la era covid

Tenemos que hacer una institución más moderna, accesible y social, pero preparada a un futuro globalizado

Varios alumnos esperan a comenzar los exámenes en el aula de examen de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense
Varios alumnos esperan a comenzar los exámenes en el aula de examen de la Facultad de Derecho de la Universidad ComplutenseEduardo ParraEuropa Press

Las universidades son pilares fundamentales de las sociedades democráticas basadas en el conocimiento, y son fuerzas motrices clave del desarrollo intelectual, económico y social de las mismas. Las instituciones de educación superior han sido y son un componente vital del tejido social, científico, cultural y económico de España durante siglos, siendo, por lo general, instituciones ampliamente aceptadas y respetadas por la sociedad española.

Para contribuir a la contención de la pandemia de COVID-19, la gran mayoría de los países, incluyendo el nuestro, establecieron un cierre temporal, más o menos extenso, de las instituciones de educación superior en marzo de 2020, hecho que afectó a millones de estudiantes en todo el mundo, una situación sin precedentes.

Como consecuencia de lo anterior, en nuestro país, las universidades experimentaron cambios profundos en sus formas de enseñar, aprender, investigar, gestionar y, en general, en todas las áreas que son de su competencia. A ello se debe sumar el enorme impacto en la vida cotidiana de las comunidades universitarias, como ocurrió con la sociedad en general. La interrupción de las rutinas, los sucesivos confinamientos, las restricciones de movimiento, el distanciamiento físico, la reducción de las interacciones sociales y de la vida en los campus, además de la eliminación súbita de los métodos tradicionales de enseñanza y aprendizaje, provocaron una alteración en la forma de relacionarnos entre nosotros. La «vida universitaria» se redujo a mínimos. Se alteró la relación con y entre nuestro estudiantado y, también, con grupos de investigación de otras regiones y países (la ciencia y la transferencia modernas se basan en relaciones multilaterales), algo que perjudicó la formación y la investigación. En general, el COVID-19 y las medidas de contención que fueron adoptadas han creado desafíos únicos para el funcionamiento de las universidades que se han paliado con enormes esfuerzos y no pocas heridas.

Las universidades mostraron, como otros muchos sectores, la fragilidad ante lo inesperado. Las universidades españolas son, en esencia, presenciales, pese a que con los años se han potenciado múltiples y variadas herramientas virtuales como soporte de la enseñanza en los campus, pero no para su sustitución en la gran mayoría de los casos. Sin embargo, son muchas las variables a tener en consideración para poder transformar una cultura presencial a otra digital (lo que se hizo en aquellos duros meses fue, exclusivamente, una educación de emergencia en remoto). Sucesivamente se fueron tomando decisiones de forma urgente, reactiva, e, incluso, improvisada, en conformidad con las muchas veces apremiantes directrices de las autoridades competentes, y todo ello en un marco de incertidumbre y temor.

Sobre ese esfuerzo adaptativo podemos y tenemos que enfocar el futuro de una institución milenaria para hacerla más moderna, más accesible, más inclusiva, y, en definitiva, más social, pero, a la vez, más preparada para abordar un futuro dominado por la globalización. Por eso es importante resaltar el desafío asumido por todos los actores. De un lado, el profesorado, que mayoritariamente nunca había enseñado en remoto, y para el que esa brusca transición supuso incalculables horas de formación –autodidacta en muchos casos– y trabajo, rediseño de los objetivos académicos, perseverancia y vocación. De otro, el apoyo a distancia de los extraordinarios servicios informáticos de las universidades, y el resto del personal de administración y servicios, para responder a la complicada gestión docente y administrativa en modo exclusivamente telemático, procesos a los que también tuvieron que adaptarse con esfuerzo y tesón. Es decir, pudieron superar la innegable brecha digital existente en cuestión de días, algo que no se ha valorado debidamente. No olvidemos las labores ineludiblemente presenciales (cuidado de animales, células, plantas, mantenimiento de instalaciones, etc.) que se llevaron a cabo con no pocos riesgos y mucha dedicación. Y por último el estudiantado, que vivió con incertidumbre este periodo tan complejo y cambiante, encerrado en sus hogares y sin poder vivir sus campus. No olvidemos que algunas promociones han desarrollado casi la mitad de su formación en una situación irregular y casi inconcebible. La Universidad Complutense trató de dar el mejor apoyo, incluido el psicológico con nuestro extraordinario servicio PsiCall-UCM, a los miembros de su comunidad. Desde entonces, toda la actividad de las universidades se encuentra en proceso de revisión.

Como saldo positivo, esta pandemia ha acelerado el cambio en las universidades, y las lecciones aprendidas durante estos años han hecho que el binomio enseñanza-aprendizaje, además de la gestión académica e investigadora, progrese hacia una mayor eficiencia y, sobre todo, adaptabilidad. Las universidades y las personas que las componen son ahora más resilientes, es decir, poseen una mayor capacidad de superar las dificultades, prosperar frente a los desafíos y activar los recursos necesarios para superar los conflictos.

Pero hay un lado oscuro y un peligro cierto. Las universidades han aportado (pese a las ayudas puntuales de los diferentes gobiernos) muchos de sus ya de por sí escasos recursos a esta forma de trabajo para afrontar urgencias. Las universidades públicas españolas todavía no se han recuperado de las sucesivas crisis (la económica de 2008 y la de la COVID-19), y ha aparecido la recesión ocasionada por una guerra. La tentación de los gobiernos españoles, me temo, será, como se hizo en la recesión de la primera década de este siglo, desinvertir en educación superior y en ciencia (al contrario de lo que hicieron otros países que la superaron con mucha mayor rapidez). Si así fuera, si se desinvirtiera, se repetiría un error mayúsculo. De todo esto solamente se puede salir con una apuesta decidida por la educación en todos los niveles, incluida la superior, y por la investigación y la transferencia. Apostar por las universidades públicas es crear riqueza y justicia social, conocimiento y progreso, es, en definitiva, apostar por el futuro. La alternativa es un nuevo retroceso, que será más caro. ¿Podemos permitírnoslo?

Ahora que ha pasado la urgencia de aquellos primeros meses, este periodo de una cierta mayor calma ofrece una oportunidad histórica para que las universidades evolucionen para ayudar todavía más a las sociedades a transformarse. Al hacerlo, las universidades reforzarán su legitimidad como depositarias y protectoras independientes del conocimiento, la creatividad y el pensamiento crítico, salvaguardando su ya histórica capacidad para generar una investigación de calidad, y proporcionar al estudiantado y a la sociedad las habilidades y el conocimiento para poder desenvolverse ante los complejos desafíos y la incertidumbre a la que nos enfrentamos hoy, pero también para impulsar la transformación necesaria para dar forma al futuro común que queremos.