La «grandeur» del presidente rey

El presidente francés, Emmanuel Macron, y el líder sueco, Vladimir Putin, en el palacio de Versalles
El presidente francés, Emmanuel Macron, y el líder sueco, Vladimir Putin, en el palacio de Versalles

Desde que ganó las elecciones presidenciales hace menos de un mes, el joven Emmanuel Macron no ha dejado nada al azar. Ha mostrado un dominio magistral de los tiempos y de la puesta en escena. El primer ejemplo fue la elección de las vanguardistas pirámides de cristal del Museo de Louvre para celebrar con voluntarios y seguidores su victoria la noche del 7 de mayo. En el mismo acto, no pasó desapercibida la elección del Himno de Europa y de La Marsellesa para iniciar y terminar su discurso, respectivamente. Un mensaje claro de cuáles serán sus prioridades durante este quinquenato en el Elíseo. Institución a la que aspira a devolver toda su liturgia y autoridad.

Una semana después, recorrió los Campos Elíseos en sus primer desfile como presidente de la República en un vehículo militar. Una imagen que aludía directamente a la “grandeur” francesa, pero también a la fortaleza con la que aspira a dirigir la política exterior de un país que es la quinta economía del mundo, cuenta con disuasión nuclear y dispone de derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Macron, un neófito de la política, ha superado con nota sus primeros encuentros internacionales con los líderes de Estados Unidos y Rusia con una habilidad propia del actor de teatro que fue en su adolescencia. A Donald Trump le sorprendió con un apretón de manos con el que, según reconoció más tarde, buscaba insistir en que “hay que mostrar que no se hacen pequeñas concesiones, incluso simbólicas”.

El lunes pasado, recibió con todo el boato monárquico en el Palacio de Versalles a un Vladimir Putin que tuvo que escuchar en público los reproches del presidente francés sobre la intoxicación de los medios de comunicación del Kremlin durante la campaña, la situación deleznable que soportan los homosexuales en Chechenia o la injerencia rusa en Ucrania. “Yo no creo en la diplomacia de la invectiva pública, pero en mis diálogos bilaterales, no dejaré pasar nada, así es como uno se hace respetar”, resumía Macron su visión de la política exterior en el “Journal du Dimanche”.

Firmeza y diálogo son las consignas que resumen la nueva diplomacia macronista. Una síntesis entre la “grandeur” del general De Gaulle y el control de los tiempos de François Mitterrand. Francia se erige como un actor global dispuesto a colaborar con el resto de actores internacionales, pero sin renunciar a sus valores y sus intereses. Y todo ello, aderezado por un bien mayor: la refundación de una Europa en horas bajas. La canciller de Alemania, Angela Merkel, la primera líder internacional con la que se reunió Macron tras llegar al Elíseo, no oculta su entusiasmo por el nuevo presidente francés. “Lo adora. No deja de tocarle, los hombros, la espalda, y eso no suele ser común en ella”, escribía el enviado especial del diario “Libération” a la cumbre del G-7 en Sicilia.

pgarcia@larazon.es