Si no sale en televisión, no existe

Con más de un 20% de indecisos, el debate de Atresmedia será definitivo. Las redes sociales jugarán un papel vital por primera vez

Nixon contra Kennedy. El demócrata ganó el primer debate político televisado de la historia, en 1960
Nixon contra Kennedy. El demócrata ganó el primer debate político televisado de la historia, en 1960

Con más de un 20% de indecisos, el debate de Atresmedia será definitivo. Las redes sociales jugarán un papel vital por primera vez

Los debates en televisión son trascendentales. En la última década, al menos, un 15% del electorado español decide su voto durante la campaña electoral. No hace falta remontarse al Nixon vs. Kennedy de 1962, en el que la mejor adaptación al nuevo medio dio la victoria al demócrata. Felipe González ganó a Aznar las elecciones de 1993 por el segundo debate electoral, aquellas en que el PSOE venció por tan sólo 300.000 votos. En esa ocasión, Javier Arenas y Txiki Benegas lo pactaron todo: el tipo de plano televisivo, la iluminación, la temperatura del estudio, el bloque de temas, el minutaje, o el que se hiciera sentado y no de pie.

Aznar no quiso debatir en las elecciones de 1996 y 2000, ya fuera por no arriesgarse, en el primer caso debido al varapalo de 1993, o por no necesitarlo, en el año 2000. Quince años después, en 2008, los dos grandes candidatos a La Moncloa, Rajoy y Zapatero, se vieron las caras en televisión. El socialista supo comunicar mejor que el popular, y así lo atestiguaron los sondeos posteriores, en los que se consideraba a Zapatero como ganador por una gran distancia.

12 millones de espectadores

Pero el debate más significativo de aquella campaña de 2008 fue el que mantuvieron Pedro Solbes, entonces ministro de Economía, y Manuel Pizarro, economista de prestigio fichado por el PP para plantar cara al socialista. Mientras el primero sacaba gráficos, hablaba de «desaceleración económica» y ocultaba la verdad de la crisis, el segundo no acertó con la comunicación. Pizarro falló en el estilo, en el lenguaje no verbal y en el paraverbal; es decir, no consiguió transmitir con su imagen y gestos que el mensaje, tan contundente como cierto, fuera creíble. Y no se puede fallar en un «cara a cara» ante doce millones de espectadores cuando hay un 19% de indecisos.

La volatilidad del voto está disparada en estas elecciones de 2015. Más de un 20% de los españoles no sabe a quién otorgará finalmente su confianza el 20-D. La campaña electoral, por tanto, es básica, y el debate entre Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, o el de mañana en Atresmedia, resultarán seguramente definitivos. De entrada, el PP ha reducido la competencia, más grande ahora que en 2011, al exigir un debate a dos, no a cuatro. Y ha ganado la batalla de la imagen, ya que la gran baza electoral de Rajoy es la experiencia de gestión, la gobernabilidad frente a la incertidumbre, frente a un Pedro Sánchez sin bagaje de gobierno y que ha pactado con Podemos en ayuntamientos y autonomías. De esta manera, y equiparados en los otros grandes temas de discusión como la corrupción, la lucha contra el terrorismo yihadista, o el independentismo en Cataluña, Rajoy parte con ventaja.

Ésta será la primera vez, además, en que las redes sociales jugarán un papel importante. De haber existido en 2008 como hoy, las falsedades de Solbes habrían sido denunciadas inmediatamente en Twitter. Pero no hay que llevarse a engaño: los debates en las redes se hacen entre convencidos de uno y otro lado, no siendo ya una ventaja competitiva de ninguno. Estos nuevos canales de comunicación no sustituyen al tradicional, la televisión, sino que lo complementan, multiplicando las voces, los mensajes y, por qué no decirlo, el ruido.

La lucha en internet

Los tuiteros podemitas –«bots» y «trolls» incluidos– llenarán la red de mensajes despectivos, agresivos y degradantes contra ambos candidatos del «régimen» y del injustamente denostado bipartidismo. Los comunicadores de Ciudadanos criticaran a Rajoy y Sánchez, y expondrán al tiempo sus eslóganes y propuestas. Mientras, populares y socialistas jalearán a los suyos en un debate inocuo, lleno de ruido y furia. Porque lo decisivo se estará jugando en la televisión, que marca su propio lenguaje, y donde el estilo es el mensaje. La comunicación electoral es desde hace décadas un espectáculo televisivo, en el que las redes sociales son un complemento, no una alternativa. Esto es especialmente claro si pensamos que la mayor parte del electorado del PP, su núcleo duro, ese que Rajoy quiere y necesita recuperar, es ajeno aún a las nuevas tecnologías y al nuevo lenguaje.

La personalización y el peso del liderazgo en la política convierten el debate televisivo entre candidatos en la mejor confrontación de las posturas electorales y así es valorado por espectadores, comentaristas y analistas. Nada ha cambiado: lo que no sale en televisión, no existe.