¿Es una estafa o sucedió en realidad?

El filme, que continúa la moda de tratar casos reales y secretos de la historia de Estados Unidos, se presenta como uno de los favoritos de cara a los Oscar, que se entregarán en marzo, gracias al trabajo de sus cuatro protagonistas, todos aspirantes a lograr estatuilla. Ya queda menos.

En las historias de David O. Russell («Tres Reyes», «El luchador») se mezclan la verdad y la mentira hasta que sus fronteras se diluyen en puras apariencias. Tampoco se distingue entre la realidad y la ficción, porque, al fin y al cabo, ¿es el cine una copia de la realidad? Con estas historias como trampantojos se siente cómodo el realizador, cuya película suena en las quinielas como favorita en los Oscars (con 10 nominaciones). «La gran estafa americana», su séptimo filme, es otra historia sobre cosas que no son lo que parecen. La acción arranca cuando el estafador profesional Irving Rosenfeld, interpretado por un inmenso Christian Bale, lleva al agente del FBI Richie DiMaso (Bradley Cooper) a un museo y le muestra un Rembrandt que está en exhibición. «No es real» le espeta el timador al agente. «La copia es tan buena que resulta original para todos». Irving formula entonces una pregunta clave: «¿Quién es el maestro, el autor o el que lo falsifica?».

Un director de actores

Y eso que el primero que parece falsificado o camuflado es el protagonista, Christian Bale, bajo un bisoñé imposible y unos 20 kilos de más a golpe de donuts y hamburguesas con queso que no ocultan, en todo caso, su talento. «No sé que opinarán mis compañeros de reparto, pero a mi siempre me interesa lo que David está preparando. Sea lo que sea que escriba va a ser fascinante y memorable durante muchos años», comenta el actor en el Hotel Crosby de Nueva York. Y es que Russel es un gran director de director de actores. «Su forma de trabajar es dinámica, distinta, nada de lo que hace se puede adivinar», confiesa el americano, que está nominado al Oscar al mejor actor protagonista, igual que Bradley Cooper opta al de actor secundario, y sus compañeras Amy Adams y Jennifer Lawrence, aspiran a la estatuilla de actriz principal y secundaria, respectivamente. Pleno actoral.

La acción se desarrolla en los años 70 y utiliza la plataforma policiaca para contar una historia humana en la que nadie resulta ser lo que parece. El agente del FBI (Bradley Cooper) describe la inmadurez de su personaje: «En el exterior, todos los personajes son cangrejos de caparazón duro, pero en el interior se encuentra el alma que David extrae en cada uno de ellos. Es el espíritu del director el que habita en todos los protagonistas. Mi personaje, en particular, es un niño grande. Quise desaparecer en él y decidí peinarme a lo afro para que el público no me reconociera. Nos hemos aproximado a arquetipos de la década a través de la imagen física». «La gran estafa americana» narra una historia basada en hechos reales sobre el brillante estafador Irving Rosenfeld quien, junto a su también astuta y seductora pareja, Sydney Prosser (Amy Adams), se verá obligado a trabajar para un trastornado agente del FBI, Richie DiMaso, quien los introduce en el mundo de la mafia de Nueva Jersey y de Miami dentro de la «Operación Abscam», con la que se pretendía acabar con una red de corrupción en la que estaban implicados importantes políticos.

Género engañoso

«La gran estafa americana» se mueve con un ritmo ágil entre las sorpresas, saltándose los géneros, otro juego que nos plantea su director, que mezcla con velocidad los elementos narrativos e imprime giros a la acción para lograr ese tipo de suspense en clave de humor donde el drama se confunde con la comedia. «Es una ópera donde los personajes marcan el ritmo de la historia», comentaba el realizador, que ha intentado, según sus palabras, huir de la lucha mental entre sus personajes y, en vez de eso, acercarse a la comedia. El guión y la dirección se confabulan para crear complicidad con el espectador y confiar en la inteligencia del público. Christian Bale se declara, al contrario que Russell, «bastante alejado de la ópera, pero creo que la tragedia forma parte de la vida en muchos momentos. Las emociones viajan a través de nosotros en la vida cotidiana con la misma rapidez con que Russell las impone en sus películas. La naturaleza de esta historia, trágica, es lo que nos hace reír. Son emociones profundas en las que la vida tiene sentido», asegura el actor.

Popurrí de fuegos de artificio

Russell se dio a conocer en 1996 con «Flirteando con el desastre», una alocada y divertidísima comedia que se alzaba sobre las discretas interpretaciones de los protagonistas y que lanzó al cineasta neoyorquino al estrellato. En 1999, dio un golpe de autoridad con su ácida crítica a la intervención del ejército americano en la Guerra del Golfo, omitiendo maniqueísmos más propios de Michael Moore, y condimentando la cinta con un acertado toque satírico. Sin embargo, en 2004 dio su primer traspié con «Extrañas coincidencias», una pretenciosa estupidez con ínfulas de marcar una época en el género de la comedia que se quedó en un sonrojante «quiero y no puedo». En 2010 volvió a la senda del éxito con un encomiable trabajo en «The fighter», donde sólo un superlativo Bale hizo sombra a la labor del director. Transformando la precariedad de filmar cámara en mano en una ventaja tras esa presentación inicial de falso documental, ofrece un manual de dirección con unos planos secuencia que ayudaban al espectador a zambullirse en la trama; sólo unos combates de boxeo de cartón-piedra empañaron su tarea. En 2012 dio un paso atrás con «El lado bueno de las cosas», obra que se generalizó que sólo se sustentaba sobre el carisma del reparto, pues escondió hábilmente todas sus virtudes. Lo que aquí hace es disfrazar el acostumbrado manierismo de las películas románticas bajo una máscara de comedia fresca y diferente, pero el resultado es el de tantas otras películas del género. «La gran estafa...» no es más que un popurrí de fuegos de artificio: una historia que cuida tanto los detalles que se olvida de la trama. Tiene el carisma suficiente para convertirse en un director de referencia, pero deberá empezar por creérselo él mismo, informa borja díaz