Los niños salvados que se convirtieron en verdugos etarras

Cándido Azpiazu asesinó a Ramón Baglietto, que había evitado que fuera atropellado por un camión, y Manuel Miner , rescatado por la Guardia Civil en un tiroteo con ETA, terminó en el “Comando Madrid”

La polémica suscitada con el cartel sobre la serie que se ha rodado tomando como base la novela «Patria» ha traído de nuevo a la actualidad los cuatro decenios de terror que protagonizó ETA, con historias en las que la cobardía, la traición y la ingratitud precedían a los atentados que después cometía la banda terrorista.

La escena de la mujer que llora ante su marido abatido no responde a un atentado concreto, pero refleja la realidad de tantos otros. Por no salir del ámbito territorial en el que se desarrolla la novela, la localidad guipuzcoana de Hernani, cabe recordar el asesinato, el 6 de septiembre de 1983, de Arturo Quintanilla Salas, propietario de un bar. Subía a su coche tras salir del establecimiento de su propiedad, el bar «José Mari»; su único delito fue no haberse sometido al chantaje terrorista conocido como «impuesto revolucionario». La banda le pidió diez millones de pesetas y Arturo, como tantos otros empresarios, viajó a Francia para saber las razones por las que se le exigía a él, al dueño de un bar, una cantidad tan grande. No lo consiguió. El día del atentado viajaba con su mujer y su hija y, en el momento de arrancar el coche, se acercó otro desde el que le dispararon. Arturo fue alcanzado mortalmente, pero, milagrosamente, las mujeres salvaron la vida. El matrimonio tenía otros dos hijos. Nacido en Burgos, Arturo Quintanilla residía en Hernani desde niño. Por el atentado fue condenado José Antonio Pagola Cortajarena. Debía indemnizar a las víctimas con 12 millones de pesetas, dos más que los que exigía ETA .

Este atentado, perpetrado en un pueblo absolutamente dominado por el brazo político de la banda, que no movió un dedo en favor del burgalés asesinado ni por su familia, da idea del ambiente que se ha vivido en el País Vasco y Navarra, con una parte de la población absolutamente fanatizada y que ha producido casos de ingratitud como los que se relatan a continuación.

ETA asesinó a Ramón Baglietto Martínez el 12 de mayo de 1980, pero la historia de este crimen se remonta al 21 de septiembre de 1962, dieciocho años atrás. Su «delito», ser militante de Unión de Centro Democrático (UCD), el partido de Adolfo Suárez, que ganó dos veces las elecciones generales.

Lo ocurrido fue narrado por su hermano Pedro María en la película «Trece entre mil» (2005), de Iñaki Arteta y ha sido recogido en el libro «Vidas Rotas»: «en el año 1962, mi hermano estaba precisamente aquí, en la puerta de la tienda que tenía, cuando se dio cuenta de que venía una señora con un niño en brazos y otro agarrado de la mano. Éste llevaba una pelota, y en un momento dado se le escurrió de la mano, por lo que el niño salió corriendo. En ese momento venía un camión pesado y la madre, instintivamente, fue a proteger al chaval. Mi hermano, perplejo, no tuvo tiempo nada más que de quitarle el niño que llevaba en brazos y de observar con horror cómo la madre y el niño morían aplastados por el camión. Lo patético de esta historia es que el niño que quedó en sus brazos aquel día, el niño a quien él salvó la vida, fue precisamente quien, dieciocho años después, atentó contra su vida pegándole un tiro en la sien». Se llama Cándido Azpiazu.

Ramón Baglietto fue asesinado en el Alto de Azcárate, cuando regresaba a su domicilio de Azcoitia desde la tienda de muebles que regentaba en la vecina localidad de Elgoibar. La víctima circulaba en su automóvil, un Seat 124, cuando varios miembros de un «comando» etarra lo ametrallaron desde otro vehículo. Tras comprobar que estaba aún vivo, pese a que el automóvil se estrelló contra un árbol, lo remataron con disparos a bocajarro.

Pedro María le había advertido a su hermano: «Oye, Ramón, tienes que tener cuidado, porque fíjate tú lo que le ha pasado (acababan de atentar contra un amigo, también militante de UCD), y me dijo: «Bah, a mí en esa cuesta no me pillan». «Tenía la impresión de que le seguían, que le llevaban siguiendo varios días. Incluso a mi cuñada, a su mujer, María Pilar, le dijo el nombre de la persona que le estaba siguiendo […]. Cuando se dio cuenta de que Cándido venía detrás, en el coche, aceleró y le sacó una gran ventaja. Pero estos lo tenían todo bien organizado, porque en la siguiente curva estaban otros dos miembros del comando, bien armados, y cuando se quiso dar cuenta notó que le disparaban en el coche y dos balas se le incrustaron en el pecho, y violentamente chocó contra un árbol […]. No sabemos si Ramón estaba muerto o solo inconsciente, pero los terroristas no querían tener dudas. Entonces, Cándido aparcó tranquilamente, empuñó una pistola marca de la casa, 9 milímetros parabellum, apuntó fríamente a la sien de mi hermano y disparó».

El drama no terminó con el asesinato. Su viuda, Pilar Elías, una mujer valiente donde las haya, siguió la trayectoria política de su marido y fue elegida concejal por el Partido Popular en el Ayuntamiento de Azcoitia.

Cándido Azpiazu Beristain y Juan Ignacio Ziazolazigorraga Larrañaga fueron condenados a 49 años de cárcel por el crimen, así como a indemnizar a los herederos de la víctima con diez millones de pesetas. Salieron en libertad a los 12 años, gracias al Código Penal del franquismo y porque poco menos que se habían apartado de ETA. Está por ver.

Por si no bastaba con la sangre derramada por Ramón, a Azpiazu no se le ocurrió otra cosa que abrir un negocio de cristalería junto a la casa de Pilar Elías. Verdugo y víctima se cruzaban cada día. Y el dinero de la sentencia sin pagar. Por fin, la Audiencia Nacional ordenó la subasta del negocio y la esposa de Azpiazu se quedó con la tienda por una cantidad sensiblemente menor a la indemnización establecida. Fue en 2008. Pero, en aquellos años de terror, ¿quién iba a ir a pujar por la cristalería? El niño que fue salvado de la muerte se convirtió en el asesino de su benefactor. El mundo al revés.

Aquella noche, Manuel Miner, de 8 años, durmió, junto a sus hermanos, en el cuartel de Inchaurrondo, en el domicilio del entonces comandante Enrique Rodríguez Galindo, donde les atendieron hasta que unos familiares se hicieron cargo de ellos. La Guardia Civil les había salvado la vida en el tiroteo en el que fue desarticulado, en Hernani, en la calle de Navarra, 16, tercero B, el ·comando» que dirigía el siniestro pistolero Jesús María Zabarte Arregui, «Garratz». Con el paso del tiempo, aquel niño terminó formando parte del «comando Madrid» de ETA. Y, entre sus objetivos, figuraban los miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado, a las que tanto debía; su vida, nada más y nada menos.

Galindo, que, como jefe del Servicio de Información de la Comandancia de Guipúzcoa, dirigió la operación, lo cuenta en su libro «Mi vida contra ETA», publicado por la editorial Planeta.

Al entrar en el piso, tras ser derribada la puerta, «en un pequeño recibidor, (estaban) una pareja, hombre y mujer, con un niño de unos diez años, completamente aterrorizados». Tras iniciarse un tiroteo con los etarras, «se oyó el grito de la mujer que era retirada de allí junto a su marido y su hijo: mis niños, mis niños. Todo había ocurrido en escasos segundos. Ella estaba al principio de la escalera, donde se quedó clavada, con los brazos extendidos, ajena a los proyectiles que, con regular ángulo de tiro, procedente de aquella tercera habitación, rebotaban no muy lejos de donde se encontraba. En ese momento, la segunda puerta se abrió y quedaron perfilados en el umbral un niño y una niña, cogidos fuertemente de la mano, con los ojos abiertos, espantados. El chico tendría unos ocho años (Manuel); ella era menor. Se estremecían violentamente a cada ráfaga de disparos que, a menos de un metro, desde la siguiente puerta, una o varias personas dirigían contra nosotros. La situación no era dramática, era infernal. Aquellos dos niños petrificados en medio de un violento tiroteo que aún no había podido ser evaluado. y, al fondo, un guardia herido, que pedía auxilio y del que nos separaba una barrera de fuego infranqueable. El grito de la madre tocó el corazón de los que allí estábamos. Dos guardias enardecidos, despreciando el peligro, se lanzaron hacia los niños y los sacaron de aquel infierno con la velocidad de un relámpago. La madre, que había presenciado la escena, plantada a dos metros de la puerta, abrazó fuertemente a sus hijos. Vi su mirada, fugazmente, agradecida, y bajó con los demás a la seguridad de la calle y de un coche que los iba a recoger para trasladarlos a la Comandancia. Todos respiramos a pesar de que el intercambio de disparos era intensísimo».

Tres historias. Hay más. Simpatizantes de ETA que vigilaban a sus vecinos para informar a la banda de sus movimientos y que pudieran ser asesinados; denuncias falsas de ser «txibatos» de las Fuerzas de Seguridad por simple envidia, para que fueran eliminados; escenas terribles de guardias asesinados, tendidos en el suelo, en medio de inmensos charcos de sangre hasta que llegara el juez para levantar los cadáveres; la viuda del general Atarés, de la Benemérita, que corrió aquella fría Nochebuena de 1985 en Pamplona, para abrazar el cadáver de su marido; el niño que vagó por las calles durante horas tras ver cómo asesinaban a su padre, un policía...y tantas y tantas historias que algunos quieren hacer olvidar o contar al revés. No puede haber equidistancia entre verdugos y víctimas. Sería la mayor de las injusticias.