Iglesias apretará más a Sánchez sin romper la coalición

El vicepresidente morado seguirá usando La Moncloa para radicalizar su posición porque sus sondeos dicen que mejora en voto

El vicepresidente Pablo Iglesias durante una sesión de control al Gobierno en el Senado
El vicepresidente Pablo Iglesias durante una sesión de control al Gobierno en el SenadoMariscalEFE

Podemos seguirá manteniendo la presión sobre el PSOE. No tiene ninguna intención de romper el acuerdo de coalición, pero sí de reforzar la tensión porque, según sus análisis demoscópicos, la estrategia de clara diferenciación les está viniendo bien electoralmente.

Sus datos dicen que han recuperado «algo» de intención de voto en los dos últimos meses, y el plan es continuar utilizando la plataforma de La Moncloa para garantizar la supervivencia del partido en un contexto electoral complicado y en el que la marca no ha salido bien parada de las citas territoriales en las urnas. La idea socialista de que Podemos rebajaría la tensión interna en el Gobierno después de la negociación de los Presupuestos y, luego, una vez que pasasen las elecciones catalanas, se queda en un mero espejismo porque la intención del líder morado, Pablo Iglesias, es sostener este pulso, en una actitud de oposición estructural dentro del Ejecutivo: es su arma para mantenerse en el Gobierno sin que el coste de pisar «moqueta» suponga la aniquilación electoral del partido.

En la travesía hacia el poder, Podemos ya ha salido muy magullado y en la actualidad tiene una presencia residual en la mayor parte de las comunidades autónomas. Fuera de Moncloa no hay nada, y por eso al vicepresidente Iglesias no se le pasa por la cabeza ser coherente con las discrepancias totales que manifiesta en cuestiones nucleares de la acción de gobierno y pasar, por tanto, a la oposición. Ni a medio ni a largo plazo. Al contrario, su voluntad es de permanencia y, quien interprete en la ya obscena escenificación de la discrepancia una prueba de que se prepara el camino de la ruptura, se equivoca, según confirma la cúpula morada.

Si el PSOE quiere ruptura, tendrá que ser el ejecutor, «y asumir las consecuencias», porque Iglesias no dejará el Gobierno hasta que no haya una necesidad electoral inminente.

Como informó este periódico el pasado viernes, los socios del Gobierno, con el PNV a la cabeza, sí observan que la relación entre PSOE y Podemos evoluciona hacia un camino de ruptura a medio plazo. Y apuntan a elecciones el próximo año, en lo que sería un movimiento del lado socialista, aprovechando una buena encuesta, para buscar otros cuatro años de poder y no verse sometidos a un examen electoral en el momento más duro de la gestión de los daños económicos y sociales de la crisis.

Este año es de transición porque la crisis sanitaria está todavía latente, y la vacunación masiva y los fondos europeos ayudarán al jefe del Ejecutivo a mantener un mensaje en positivo que ponga sordina al paro y al deterioro de la actividad económica.

Al PSOE le interesa centrar su mensaje, sin dejar escapar votante hacia Podemos, porque es el único camino por el que entienden que pueden ampliar su base electoral para las próximas generales. Y Sánchez peleará por ese centro, al mismo tiempo que Iglesias avanza en su pelea hacia la radicalidad por la izquierda, con La Moncloa en almoneda.

A Iglesias no le importa no gobernar. Ni ejercer tampoco ninguna función de coordinación interna dentro del Gabinete. Ni que no participe en la gestión de los problemas de España. El primer caso de Gobierno de coalición nacional está sentando el precedente de dos partidos que utilizan las dependencias del Consejo de Ministros para distintos usos, tan dispares como los intereses electorales que les separan. Tampoco es que haya mucha diferencia con lo que ocurre en otros gobiernos autonómicos de coalición, como el madrileño, si bien en ellos miden mucho más las formas.

Aunque provoque la sublevación de los ministros socialistas, en el entorno de Sánchez creen que pueden permitirse que Iglesias «mantenga su activismo, su posición de agitador y disidente, de censor de los periodistas y de ejecutor republicano», en tanto la geometría variable les permita mantener la estabilidad inestable con la que se mueve el Gobierno. Y, sobre todo, en tanto que no perjudique a la relación con Bruselas y al desembolso de fondos europeos, de los que depende la supervivencia financiera del país.

De hecho, a Sánchez incluso le ayuda a centrarse tener un socio que propugna «la revolución desde el coche oficial», como le afean en el PSOE. «Que provoca conflictos imaginarios y que jalea la violencia y los disturbios». Pero su línea roja es agotar la cohabitación antes de que la situación se dé la vuelta en contra de las siglas socialistas, que serán las únicas que tendrán que asumir el coste de la reformas o decisiones impopulares que se deriven de la crisis.

Sánchez sabe que Iglesias será su primer enemigo cuando lleguen de verdad «las malas», y en ese cálculo de los tiempos es dónde se juegan el pulso electoral los dos partidos de la coalición.

Ciudadanos

De momento, el PSOE no ha hecho ningún intento de aproximarse a Ciudadanos para buscar alternativas a la radicalidad morada. Sí dicen en el partido del Gobierno que empieza una nueva etapa política, sin elecciones a medio plazo, y que su obligación es actuar «como partido de Estado» y esto debe abrir la puerta a buscar acuerdos con PP y Ciudadanos, y no sólo con los socios de la investidura.

Ese equilibrio teórico ya se ha demostrado prácticamente imposible de sostener en la práctica en lo que va de Legislatura. Pero con los Presupuestos ya aprobados, la ventaja del PSOE es que Podemos «ha perdido poder», aunque siga gritando en la plaza pública, y esto les otorga –argumentan– un mayor margen para permitirse una imagen más moderada.

Una posición que Sánchez necesita reafirmar ante Bruselas en una negociación que no está cerrada, y en la que tienen pendiente concretar mucho más las reformas que ofrecerán a la Unión Europea como garantía para que sigan liberándose fondos de reconstrucción hacia la economía española.