Opinión

Que les quiten lo “bailao”

Mucha paridad y cuota laboral, pero la trayectoria de la cúpula morada desmiente su postureo ideológico

Antonio Martín Beaumont

Siempre me ha sorprendido el afán adoctrinador de Unidas Podemos. En realidad, más que un partido, son casi una secta de esas que, gracias a la libertad religiosa reinante, dictan los más mínimos detalles a los fieles, hasta el punto de nublar su mente. Tampoco pasa desapercibida su obsesión revisionista o ese adanismo típico de quienes se topan con la sorpresa infantil y advierten a los demás, pobres idiotas, del camino correcto por el que transcurrir en la vida.

Quedémonos como botón de muestra con los «peligros» de comer chuletones o con las campañitas para enseñarnos con qué muñecos deben jugar nuestros niños, pasando por las fiestas tradicionales a las que es bueno o no es bueno acudir o las fórmulas majaderas de preparar un táper con comida de casa para no sentarnos en un establecimiento hostelero a tomar el menú del día. No va más. Este verano, ese afán didáctico de los morados ha llegado al punto de «educar» al Rey diciéndole cuándo debe ponerse de pie al paso de la supuesta espada de Simón Bolívar.

Pues bien: «Consejos vendo que para mí no tengo». Porque el «talibanismo» con el que los dirigentes del partido de Ione Belarra e Irene Montero defienden el mantra de la «igualdad» y el feminismo «empoderado» casa mal con sus hechos. Mucha paridad y cuota laboral, pero la trayectoria de la cúpula morada desmiente su postureo ideológico. Bastan unos datos, como los que hoy publica LA RAZÓN de la mano de Rocío Esteban, para retratar al partido que nos «cogobierna». Y bien recientes, además, aunque las cifras igualmente reproduzcan las de años anteriores. En 2021, entre dirigentes orgánicos, trabajadores del partido, cargos públicos y parlamentarios municipales, estatales y europeos, Podemos tenía 260 empleados con nómina: 141 hombres y 119 mujeres. ¿Paridad? Más aún: los adalides de la reforma laboral, «linchadores» de los «malvados» empresarios, apenas firmaron entre sus empleados 60 contratos indefinidos, es decir, 200 de 260 fueron temporales. Pura coherencia.

Puede que años atrás, después de aquel 15-M de donde partió el proyecto político de Pablo Iglesias, cuando millones de personas siguieron con ilusión el mensaje de acabar con la «casta política» y reverdecer la democracia para que los «descamisados» pusiesen en su sitio al «capitalismo opresor», sus mensajes calaran en una amplia capa social harta con los manejos de gastados «políticos profesionales». Pero en 2022, con lo que ha llovido y hemos vivido, los dirigentes de esa «nueva política» no engañan a casi nadie. Y los últimos resultados electorales así lo van certificando, desde Madrid hasta Andalucía, pasando por Galicia, País Vasco y Castilla y León. El Podemos del piso de alquiler de Pablo Iglesias en Vallecas es hoy el partido del chalet de Galapagar y el turismo «selfie» por Nueva York, «gratis total», de Irene Montero con sus amigas.

El Podemos de las cuotas económicas de los círculos y la limitación de los salarios de sus cargos es ahora el de las cohortes de asesores, subvenciones y prebendas, a cargo del erario público, de Ione Belarra, Irene Montero o Alberto Garzón. El de los coches oficiales, los reservados en los restaurantes y los escoltas con pinganillo. Los alegatos comunistas de la hemeroteca de Yolanda Díaz se han transformado en viajes en Falcon militar al Vaticano, vestidos de marca y audiencias con el Papa. ¡Quién se lo iba a decir a todos esos «fundadores» morados que se dejaron las pestañas para crear un proyecto en el que creían, y del que uno tras otro han ido saltando, escandalizados con el oportunismo de quienes hoy han ennegrecido el paisaje que se comprometieron a aclarar!

Llegará septiembre y los ministros de Unidas Podemos intentarán pescar en el río revuelto de un invierno incierto y en la desesperación de cientos de miles de familias que no pueden llegar a fin de mes. Muchas engordarán las colas del hambre. Y Belarra, Díaz, Montero o Garzón seguirán hablando de salario mínimo, de ingreso vital, de pobres y ricos y de escudos sociales. Es el populismo de la gestualidad. Y algunos les seguirán creyendo. Aunque, a medida que pasa el tiempo, cada vez menos. Porque es imposible ocultar que el «asalto a los cielos» era pillar sueldazos públicos y moquetas ministeriales.