Opinión

Una década a la basura

Imagen de una estelada gigante en la Diada del año pasado en Barcelona.
Imagen de una estelada gigante en la Diada del año pasado en Barcelona.DPA vía Europa PressDPA vía Europa Press

En el año dos mil doce, Artur Mas nos sorprendió a gran parte de los catalanes reivindicando un Estado propio para nuestra región. Lo dijo desde Cataluña y luego afirmó que iría a Madrid a explicarlo. Yo entonces vivía allí y esperé con enorme curiosidad el viaje de Artur. Vino rápidamente y sus explicaciones fueron penosas: lo que decía olía a improvisación, a rabieta exigiendo el cupo y a ausencia de una estrategia clara de futuro que contemplara los escenarios de un giro de política tan importante como ese. Al final, uno llegaba a la conclusión de que lo más firme y seguro era que su partido había perdido la alcaldía de Barcelona en favor de Ada Colau, se había dejado 60 escaños por el camino en el gobierno regional, tenía las sedes embargadas por casos de corrupción (caso Palau) y a varios de sus dirigentes encarcelados o investigados por casos de corrupción. Esos eran los hechos y, como piedra fundacional para la creación de un Estado, francamente eran tan poco fiables como la situación actual de Laura Borràs.

Así que Artur Mas viajaba de aquí para allá con sus delirantes propuestas, exhibiendo una ele mayúscula tatuada en su frente. Pero cuando volví a habitar Cataluña en el año 2014 comprobé con sorpresa que no era esa la percepción que algunas capas de la sociedad catalana (particularmente las que ingresaban entre dos mil y cinco mil euros al mes) tenían. La televisión regional se había convertido en una maquinaria de populismo que ensalzaba las banderías e ignoraba como si no existiera a la mitad de la población regional. Azuzaba a la otra mitad a supuestas desobediencias civiles que en realidad eran desobediencias institucionales disfrazadas. Había en el separatismo un supremacismo autosatisfecho que menospreciaba todo lo ajeno a él y que pensaba que no necesitaba planes organizados porque los que pensaban diferentes a ellos debían ser todos tan tontos que desfilarían dócilmente a sus exigencias silbando «El puente sobre el río Kwai».

En noviembre de aquel año se hicieron a sí mismos una consulta no vinculante que no sirvió de nada y encima se ensució con el uso de caudales públicos de todos. Esa primera consulta ya puso de relieve los choques de la corte de Mas con la realidad: cuando el Tribunal Constitucional envió una providencia avisando que las empresas a cargo del erario público no podían seguir con sus tareas de desarrollo informáticos de recuento de votos para una consulta privada, Felip Puig, compañero de Mas, de quién dependían esos departamentos, se lavó las manos y ante la exigencia de Mas de hacer algo, Francesc Homs, para hacer méritos desde el departamento de presidencia, escribió una desafortunada carta a la empresa informática -encargándoles que prosiguieran con su labor- que luego le obligaría a sentarse en el banquillo ante un juez.

Las cosas no mejoraron en las siguientes elecciones autonómicas en 2015, que Mas se empeñó en plantearlas como un plebiscito sobre la independencia y, de nuevo, volvió a perder por cincuenta mil votos. A pesar de toda esa realidad, el independentismo se lanzó cuesta abajo hacia los tristes sucesos del año 2017, ocupando para sus ideas equipamientos públicos que nos pertenecían a todos los catalanes e intentando publicitar como opresión y tortura el desalojo de los mismos. Lo cierto es que había sido mucho peor el desalojo de la plaza Cataluña que hizo el gobierno regional de Mas cuando los indignados de 2011 (121 heridos de 200 acampados) con lo cual, comparativamente en proporción, la actuación de los servicios de seguridad centrales fue modélica y quirúrgica, motivo por el cual el gobierno regional intentó hinchar la cifra de damnificados incluyendo a los atendidos por ataques de pánico y ansiedad. El despropósito final fueron los tristes hechos del 6, 7 y 8 de setiembre donde los diputados separatistas intentaron despojar de sus derechos jurídicos a sus compañeros y a sus representados para imponer unas leyes muy parecidas a las leyes habilitantes del nazismo al principio del ascenso de Hitler.

Nos permitió ver buenos discursos de Iceta y de Coscubiela, serios y precisos, como los de Pedret y Fernández, del PSC y PP respectivamente, aparte de la firmeza institucional de Xavier Muro, secretario general del Parlament o de Antonio Bayona, letrado mayor del Consell de Garanties del Parlament. Un mes y medio después, Puigdemont proclamaba la ya conocida independencia cuántica y salía ridículamente en el maletero de un coche. Esas grotescas frivolidades y las algaradas callejeras de chavales extremistas es todo el bagaje que el «procés» ha dejado en Cataluña, sin contar la parte negativa de los desperfectos económicos, sociales, culturales y de prestigio que ha provocado.

A pesar de todo, quieren repetirlo. Las CUP llevan en su programa un nuevo referéndum para 2023. Qué linces.