Del periodismo a la Casa Real: una constante y dura transformación

Desde que decidió casarse con Don Felipe, Doña Letizia se ha esforzado en aprender para adaptarse a su nueva vida

Varias imágenes de Doña Letizia, desde la petición de mano en 2003 a las últimas vacaciones con sus hijas
Varias imágenes de Doña Letizia, desde la petición de mano en 2003 a las últimas vacaciones con sus hijas FOTO: Agencias La Razón

Desde que la periodista Letizia Ortiz apareció junto al Príncipe de Asturias, en el otoño de 2003, en la residencia del heredero de la Corona próxima al Palacio de la Zarzuela para anunciar que estaban juntos, enamorados y dispuestos a enfrentar una vida en común, han pasado casi dos décadas. En ese tiempo, la reportera brillante y dispuesta a comerse el mundo dentro de su carrera periodística y aspirante a desempeñar su tarea profesional de forma perfecta ha vivido una permanente evolución, a lo largo de diversas etapas, en las que ha ido transformándose hasta alcanzar la madurez que se produce al cumplir 50 años. Es ya medio siglo de existencia, una cifra respetable para echar la mirada hacia atrás y hacer un balance de su paso de reportera a Reina.

Por amor, las personas son capaces de hacer todo o casi todo, o así lo creen cuando dan un paso que va a cambiar su vida de una forma integral. Por eso, porque estaba segura de amar al Príncipe y de que él también estaba totalmente enamorado, ella aceptó su propuesta de compartir su vida con él. Pero, al mismo tiempo, intuyó que la adaptación que iba a tener que llevar a cabo iba a ser larga y compleja y eso llevó a Letizia a pensar bien lo que iba a hacer.

A la actual Reina le costó tomar la decisión de dar un paso adelante para introducirse en un mundo que desde fuera aparentaba ser menos complicado y complejo de lo que luego se encontró. Nadie está preparado para afrontar tantos cambios de golpe: dejar su oficio de periodista que ella amaba tanto, entrar en la intimidad de una familia perteneciente a la realeza de hace siglos, adaptarse a sus costumbres protocolarias que a cualquiera le pueden parecer absurdas y rancias y, lo más importante, ganarse el cariño y el respeto de los Reyes Juan Carlos y Sofía, así como el de sus cuñadas las Infantas Elena y Cristina. Ella llegó con toda su ilusión y fuerza de voluntad a aprender todo lo necesario para convertirse en una esposa digna del rango que iba a adquirir como Princesa de Asturias. Provista de un cuaderno y un bolígrafo, recorrió todos los departamentos y despachos cuyos responsables sostienen el funcionamiento de la Jefatura del Estado. Perfeccionó su inglés adaptándolo a ese puesto que le aguardaba en cuanto se convirtiera en cónyuge del heredero de la Corona. Aprendió la historia de la familia de su prometido desde que los Borbones pasaron a ser la dinastía reinante en España. Cambió su armario de arriba abajo para adaptar su estilo informal y desenfadado al que se supone que debía usar una futura princesa. Todo lo hizo con tesón y voluntad, como ella actuaba siempre hasta ese momento y con la aspiración de llegar a ser una cónyuge del Príncipe de Asturias perfecta. Pero es cierto que ella, cuando veía cosas que no le agradaban, decía tímidamente que a lo mejor estaba bien cambiarlas para adaptarse a tiempos más actuales. Y eso no gustó a los que no son amigos de transformar nada.

La maternidad

La maternidad cambió a la ya Princesa de Asturias. Consciente de que su hija aseguraba la continuidad de la cadena dinástica, ella se volcó en su papel de madre. La alimentó con leche materna, adaptó sus actividades oficiales al horario de las tomas de su hija, vivió con mucha intensidad su papel maternal primero con la Infanta Leonor y después con la Infanta Sofía. Después del nacimiento de la segunda, cerró el capítulo de tener más hijos, una decisión que hay que suponer relacionada con el artículo de la Constitución que determina que el varón tiene preferencia sobre la mujer a la hora de heredar el trono español.

En pleno embarazo de Sofía, la Princesa Letizia vivió un episodio que dio un giro de 180 grados a su vida: la muerte de su hermana Érika, que puso fin a su existencia de forma inesperada. Un suceso trágico que sumió a la hoy Reina en una tristeza infinita y que se relacionó de alguna manera con la presión mediática que sufrió la familia de doña Letizia al casarse con el Príncipe Felipe. A partir de ese momento ella decidió proteger a sus padres y hermana, apoyó una batalla perdida que emprendió su hermana Telma para defender su intimidad y rechazar el acoso mediático que sufría sólo por el hecho de ser un familiar de la Princesa. Poco se ha sabido a partir de entonces de la familia Ortiz Rocasolano, que no han hecho declaraciones a los medios nunca a pesar de que algunos reporteros lo han seguido intentando y han obtenido fotos sin permiso.

Después de casi 20 años juntos, y 8 ya como Reina, doña Letizia ha afianzado su carácter y ha logrado cambiar algunos hábitos que antes existían con los Reyes Juan Carlos y Sofía. Ella solo acompaña al Rey Felipe en algunos actos de mayor trascendencia pero, en general, pone todo su potencial en las actividades que ha elegido como prioritarias: la educación, la salud, la alimentación y la cultura. No quiere ser lo que se entiende como una mujer florero que está junto a su marido sin más tarea que la de, según ella, adornar. Entiende su trabajo como la de una alta funcionaria del Estado que debe cumplir con una tarea de representación pero que tiene derecho a descansar el fin de semana para dedicarlo a su familia, especialmente a sus hijas. Ha luchado con uñas y dientes para que sus hijas Leonor y Sofía disfrutaran de su infancia como unas niñas normales y no sufrieran una sobreexposición mediática que les habría hecho sentirse agobiadas. Y cuida su imagen siempre que acompaña al Rey, su marido, en los viajes de Estado para estar a la altura de los miembros de otras Casas Reales, algo que quedó patente en las visitas a Japón y al Reino Unido donde se mostró perfecta ante los emperadores nipones en los actos de entronización de Naruhito o ante la recién fallecida Reina Isabel II del Reino Unido.

Una decisión importante para la Princesa fue su voluntad de mejorar su aspecto físico. En un momento determinado, Doña Letizia pensó que su nariz era demasiado prominente y que eso distorsionaba su buena imagen de cara a los medios, lo que le llevó a operarse y corregir ese defecto que estaba relacionado, según fuentes del Palacio de la Zarzuela, con una desviación del tabique nasal que le dificultaba la respiración. A pesar de que fue muy criticada por esta operación, ella ha mantenido su decisión de mejorar su aspecto físico, algo que hacen hoy en día muchas mujeres, para hacer desaparecer las huellas del paso del tiempo.

Lo que no se puede negar es que la Reina se ocupa de mantener una buena forma física, lo que le debe costar bastantes horas de entrenamiento en el gimnasio que tienen en su residencia: el Pabellón situado en el recinto del Monte de El Pardo. Doña Letizia demuestra en esa constancia su fuerza de voluntad y anhelo de perfección que la acompaña desde que era niña y que tiene el riesgo de que, si no se cumple, pueda crear cierta frustración. Pero a ella, está claro, todos sus esfuerzos la compensan.