El sanedrín secreto

Cuando llegó al trono, Don Felipe no quería un enorme equipo «cerrado» de asesores y optó por uno cercano y experimentado

Los Reyes, junto a Jordi Gutiérrez (de espaldas) y Jaime Alfonsín (derecha)

No hace mucho tiempo nos referíamos al equipo de asesores que rodeaban a Felipe VI. A esa «guardia de Corps» que había hecho de la discreción su santo y seña. No es que las cosas hayan cambiado, pero han ocurrido algunos sucesos que han hecho cambiar las personas y los procedimientos.

¡Cómo cambian las cosas! No hace mucho tiempo nos referíamos al equipo de asesores que rodeaban a Felipe VI. A esa «guardia de Corps» que había hecho de la discreción su santo y seña. No es que las cosas hayan cambiado sustancialmente desde entonces, pero han ocurrido algunos sucesos –de todos conocidos– que han hecho cambiar las personas y los procedimientos.

Antes de atacar el tema me gustaría recordar algo que no se ha señalado en exceso. Felipe VI llegó al trono con un equipo que en realidad era un mini equipo de asesores. Estaba quizá bien para un Príncipe de Asturias y sus actos protocolarios, pero empezó a demostrarse muy limitado para las tareas de un Rey.

La salida del anterior Jefe de la Casa, Rafael Spottorno, salpicado por el escándalo de las «tarjetas black», estaba descontada, pero la sustitución por su hombre de toda la vida, Jaime Alfonsín, y la del nuevo director de Comunicación, Jordi Gutiérrez, tampoco resolvían el problema. Se necesitaba más personal, aunque tampoco una multitud. Una cosa era la intendencia de la Casa, el día a día, y otra la estrategia política del Jefe del Estado. Esa nueva necesidad contrastaba con otra idea que Don Felipe había puesto en marcha y quería mantener en el futuro: no quería una Corte –su padre nunca la tuvo–, pero tampoco una camarilla de amigos sin cargo que frecuentaran Zarzuela o la casa del nuevo Rey. Conocía y detestaba alguna de estas visitas habituales que se movían en el entorno de su padre y no quería repetir esos encuentros a media tarde con partida de mus incluida con invitados de turno ocasionales.

Seguía teniendo, eso sí, un grupo de amigos fieles de juventud que no le había fallado nunca. Nuca hasta que Javier López Madrid, compañero de Don Felipe en el colegio Los Rosales y «compi yogui» de Doña Letizia, se vio salpicado, primero por las «tarjetas Black», luego, por una denuncia por acoso y, finalmente, por su detención en el marco de la «operación Lezo», acusado de pagar un millón de euros en comisiones.

La reacción del Rey fue cerrar de nuevo filas en su entorno. La Reina había tenido también alguna experiencia parecida con algún familiar, libro incluido. Parecía que estar aislados siempre sería más prudente, pero el desafío catalán impuso unas obligaciones que no se podían pasar por alto. Se necesitaban ideas. Ideas y personas con experiencia. Y así se impuso la nueva receta de Alfonsín: más asesores, pero más alejados. Es decir, que ninguno estatus de tal. Y los mejor situados para no necesitar ese título eran los que ya habían tenido otro de mayor calado. Y comenzaron los contactos.

La idea de Alfonsín tampoco era nueva. En lugar de engordar un nuevo staff, o de dar entrada en el limitado búnker a más personas, cada tiempo, cada desafío necesitaba de personas diferentes en función de sus contactos y conocimientos. El propio Don Felipe había llegado a consultar con estos notables hasta cuestiones personales que afectaban a su futuro. Desde el primer vistazo a Cataluña surgieron dos nombres. Dos asesores fundamentales: Felipe González y Miquel Roca.

El sistema de trabajo sería el mismo de siempre. Pedir ideas. Don Felipe se fiaba de los dos –de su discreción– de la misma forma que se fiaba de la intuición de su padre, Don Juan Carlos, o de la toma a tierra que siempre añadía la Reina Doña Letizia. Y, por supuesto, del presidente Mariano Rajoy. El abanico se abrió puntualmente a Alfredo Pérez-Rubalcaba y a algún ilustre exministro que nunca saldrá en los papeles. Las llamadas de teléfono dieron así paso a las reuniones, a veces individuales y otras veces en grupo de este equipo de asesores que, entre otras muchas virtudes, conocían a los verdaderos protagonistas de aquel desafío y, sobre todo, que podían hacer discretas gestiones cuando las circunstancias lo requirieran. Así, el bunker dio paso al sanedrín: había que consultar, saber, moverse y, si fuera preciso, como también lo fue, actuar.

A estos asesores especiales se sumaban los tres habituales de la Casa: Jaime Alfonsín (61 años) se incorporó a la Zarzuela en diciembre de 1995, como jefe de la Secretaría de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias, es decir, que ha cumplido ya 18 años junto a Don Felipe. Conoce a fondo todo y a todos. Abogado del Estado, ha trabajado en Barclays Bank, Uría & Menéndez y ha sido profesor de Derecho en ICADE y en la Autónoma de Madrid. Su alergia hacia los políticos y periodistas es conocida. Pero los tiempos han cambiado y más que iban a cambiar.

El segundo hombre de la Casa en este sanedrín es Domingo Martínez Palomo (63). El actual secretario general –otro de los nombramientos de Don Felipe– ejercía desde 1996 como jefe del Gabinete de Planificación y Coordinación, un cargo dentro de la Secretaría, que le permitió conocer desde dentro su funcionamiento y equipo. Otro hombre de experiencia.

Otro estilo es el ya citado Jordi Gutiérrez, actual director de Comunicación. En 1993 se incorporó a la Casa de Su Majestad el Rey, como subdirector general de Relaciones con los Medios de Comunicación, pero salió en 2009 de forma abrupta para incorporarse como director de Comunicación de la organización patronal madrileña CEIM. Su regreso a la Casa en 2014 no sólo demostraba la confianza de los nuevos Reyes, sino que aventuraba cambios en la relación con los medios de comunicación. Cambio que, por lo demás, no se ha producido.

El famoso discurso del 3 de octubre pasado supuso la puesta de largo de este nuevo equipo. Y no solo en la elaboración del discurso, sino en las cuestiones que no debía abordar en el: toda una declaración de intenciones que iba marcar todo el reinado de Felipe VI. El éxito de aquella intervención ha demostrado algo más que evidente. Los asesores y expertos son el alma de esta nueva Zarzuela. Con una diferencia respecto a la anterior: nunca oiremos hablar de ellos.