Desde Sarrià: La pastelería Foix no cierra, la revolución no triunfa

Barrio burgués por excelencia y de mayoría nacionalista asiste con distancia a la «revolta catalana». Pasea el espíritu de Gaziel, que narró el desastre de octubre de 1934.

La Pastelería Foix fue regentada por el poeta catalán más importante del siglo XX, J. V. Foix
La Pastelería Foix fue regentada por el poeta catalán más importante del siglo XX, J. V. Foix

Barrio burgués por excelencia y de mayoría nacionalista asiste con distancia a la «revolta catalana». Pasea el espíritu de Gaziel, que narró el desastre de octubre de 1934.

Las banderas lucen de otra manera en Sarrià, menos agresivamente, como si no fuera con ellos. Este barrio de la zona alta –en Barcelona, «zona alta» define tanto la condición geográfica como la renta y la consideración social– tiene aire de balneario, de sanatorio de reposo, con sus calles pequeñas, silenciosas, al que los vecinos salen con discreción y sin alardes de posesión: todo el mundo viste casual, sobre todo el domingo. Las banderitas esteladas parecen delicadas miniaturas, también esas pancartas pidiendo democracia –si tanta es la carencia, ¿por qué han esperado tanto?– favorecen el estilo «fin de siècle» y de «envelat» de pueblo, con todo el respeto. Después de todo, Sarrià fue una villa independiente de Barcelona desde 1921, en contra de la voluntad de sus vecinos. Echo en falta los «domassos», tan distinguidos, colgados de los balcones, como se pedía hacer antes de la autonomía, cuando se corría más riesgo que ahora, cuando el mayor atrevimiento de los nacionalistas –no digamos de los independentistas– era ir de excursión a Montserrat, un lugar seguro.

Dedico la mañana a pasear por Sarrià para apaciguar el lógico alarmismo de que estamos en mitad de una revolución, la «revolta catalana». Subo lentamente Major de Sarrià y al comprobar que la Pastelería Foix está abierta y que los escaparates resplandecen en la luz ceniza de esta mañana de lluvia pensé que la revolución no había triunfado, puede que ingenuamente. Entro en el establecimiento y compruebo que todo está en orden: en las vitrinas están esos delicados chocolatitos, «petxines», «encenalls», «catànies», «pedres brunes». El busto de bronce del poeta J. V. Foix mira el comercio con la misma distancia con que miró a lo lejos la ciudad.

Foix, el pastelero al que los jóvenes poetas visitaban en la propia tienda con devoción y la ilusión de que pudiese leer sus poemas, también fue joven y tuvo sus veleidades musolinianas –sus críticos le llamaban «foixiste»–, algo que no ha mermado que haya sido considerado con todo derecho el mayor poeta en lengua catalana del siglo XX. Como debe ser. Por menos, o sólo por haber nacido en Sevilla y morir en el exilio, a Antonio Machado se le ha llegado abrir un sumario en Sabadell acusándole de franquista, como siempre. Sarrià tiene, como cualquier otro lugar del mundo próspero, esas contradicciones, aunque podríamos llamarlo cobardía. A unas cuantas manzanas, se formaba una larga cola para votar en la Escuela Orlandai, lo que no debe extrañar porque Junts pel Sí, los que lideran la independencia, ganó las elecciones autonómicas con el 43,69%, uno de los índices más altos de la ciudad. Gente de orden que hacía cola para votar con el mismo semblante con el que espera el turno en la pastelería.

En mi visita a Sarrià pesaba mucho la experiencia de Gaziel, uno de nuestros grandes periodistas españoles del siglo XX, vecino del barrio y testigo como director de «La Vanguardia» de los sucesos del 6 de octubre de 1934. De nuevo la «revolta catalana» contra la legalidad del Estado, en aquella ocasión de la República, el Estado Catalán. Cuando Gaziel escucha en la radio la proclama de Companys se queda horrorizado. «Mientras escucho me parece como si estuviera soñando. Eso es, ni más ni menos, una declaración de guerra. ¡Y una declaración de guerra –que equivale a jugárselo todo, audazmente, temerariamente– en el preciso instante en que Cataluña , tras largos siglos de sumisión había logrado una posición incomparable dentro de España hasta erigirse en su verdadero arbitro!», escribió.

Se pregunta amargamente si vale la pena todo lo sucedido, los muertos y el desastre posterior, todo por una República Catalana. No sirvió de nada. Sólo para alertarnos de la tendencia de los dirigentes políticos catalanes al suicidio. Y da algunas claves que hoy deberían escucharse: «Nada de lo que ha ocurrido –y que cuantos más días pasan, tanto más inverosímil, tanto más absurdo e injustificable parece– habría podido ocurrir, si hubiésemos tenido un verdadero presidente de la Generalitat, un auténtico Presidente de Cataluña, de los catalanes todos.