Duran: el adiós del mediador

Presentó ayer su dimisión al frente de Unió pero quiere seguir trabajando en la sombra por recuperar el centro en España

Durán se aleja de la primera fila de la política
Durán se aleja de la primera fila de la política

Presentó ayer su dimisión al frente de Unió pero quiere seguir trabajando en la sombra por recuperar el centro en España

Trabajar en la sombra por recuperar el centro y evitar que este país descarrile. Es la reflexión que hacía Josep Antoni Duran Lleida poco antes de presentar su dimisión al frente de Unió Democrática de Cataluña. Hace días que tenía meditada la decisión, tras los resultados del 27-S y el 20-D. Fechas que hicieron mella en un político de raza, con más de treinta años en el Congreso de los Diputados, dónde fue uno de los mejores oradores, hábil negociador y brillante parlamentario. El eterno hombre-puente entre Cataluña y Madrid, admirado por los suyos, envidiado por Artur Mas y Convergència, con quienes a pesar de todo mantuvo una relación de lealtad hasta el final, y respetado por sus adversarios. Duran fue el único portavoz de CIU que alcanzó acuerdos con Felipe, Aznar, Zapatero, Rubalcaba y Rajoy. El gran interlocutor para el encaje de Cataluña en el resto de España y a quien, inexplicablemente, las últimas urnas le dieron la espalda. Con él se va un auténtico señor de la política con mayúsculas.

Si hay alguien desde los años de la transición que ha vivido todos los momentos decisivos ese es Duran. Llegó al Congreso en el año 1982 y de inmediato marcó estilo. Su cuidada imagen, perfil moderado y titánico esfuerzo por la negociación le situaron en las encuestas como el político mejor valorado. Catalanista moderado, batutó el grupo parlamentario de CIU con firmeza y astucia, en un juego de equilibrios con sus socios convergentes. Una soterrada batalla que se acrecentó al designar Jordi Pujol como sucesor a Artur Mas. En los años del post-pujolismo en sectores políticos y económicos de Cataluña circulaba una frase: «Después de Convergència, Unió». Era el deseo de que el líder democristiano asumiera el liderazgo del nacionalismo catalán. Pero las presiones e intereses del clan pujolista ungieron como «hereu» a Mas, cuyo desastroso legado a la vista está, y Duran quedó como número dos de la Federación.

Entonces se volcó en el Congreso, forjó un grupo parlamentario de enorme influencia, clave en todos los proyectos legislativos y con todos los gobiernos, del color ideológico que fueran. Escoltado siempre por su mano derecha, el veterano e incansable diputado Josep Sánchez-Llibre, tejió un equipo de trabajo con resultados tangibles y que tan buen rédito le dio a Cataluña. En Madrid, tuvo enorme influencia en círculos económicos y diplomáticos, hasta ser presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores. Nunca ocultó su oposición a la independencia y se desgañitó en reclamar una solución pactada para el conflicto catalán. Pero sus socios se radicalizaron bajo el separatismo y en Madrid no se le escuchó cómo debía. Duran lo intentó hasta el final, concurrió como partido en las autonómicas y él mismo al frente de las generales. No logró su objetivo y la noche del 20-D lamentó con tristeza: «Me he partido la cara por Cataluña y ahora me dan la espalda». La política tiene momentos crueles, y este era uno de ellos.

Quienes bien le conocemos, sabemos que en su vida personal hay un antes y un después de aquel duro golpe, el día que le diagnosticaron un tumor en el pulmón al inicio de la campaña electoral de 2008. Recuerdo bien lo que me dijo entonces: «Mi familia piensa que soy hipocondríaco, tal vez, me reconozco algo sufridor, con un carácter parecido al de mi madre». Afrontó la prueba con fe y coraje, le operaron con éxito y celeridad, y a una semana de la intervención, con varias grapas en el cuerpo, se incorporó a aquella campaña con la convicción interior de dedicar más tiempo a su familia. Sus cuatro mujeres, Marta la esposa, y sus tres hijas, y suavizar su afilado perfeccionismo. Duran es un hombre muy exigente consigo mismo y sus colaboradores, aunque también sabe relajarse con amigos y la música. Es un buen bailarín, se emociona con Los Beatles, Eric Clapton o la clásica de Bach, y ha llegado a cantar las famosas «habaneras», de las que otro de sus eternos hombres de confianza, Jordi Casas, es un auténtico campeón. Frente a quienes le tildan de «lobista» o interesado, tiene algo irrevocable. Llegó al poder sin linaje, herencias o apellidos ilustres. Un auténtico «self made man», a quien nadie le regaló nada. Un animal político, treinta y tres años en el Congreso y una carrera en la que ha superado miles de obstáculos.

La última legislatura fue terrible, sobre todo desde que Artur Mas se echó al monte con la hoja de ruta secesionista. Nunca tuvieron una especial química personal, pero se aguantaban mutuamente y Duran fue leal hasta el final. Los diputados convergentes, a quienes siempre respetó y dio mucho juego, le segaban la hierba y hacían imposible la convivencia. Tensada la cuerda al máximo, la federación de CIU se rompió y los democristianos de Unió iniciaron su aventura en solitario. Duran, Sánchez-Llibre, Ramón Espadaler, Jordi Casas y otros muchos se dejaron la piel, pero Cataluña había entrado en una senda de locura disparatada. Por coherencia personal, ha querido dar un paso atrás, deja sus cargos ejecutivos en el partido, pero seguirá trabajando por lo que cree: «Ahora, más liberado, seguiré buscando el centro político», dice sin titubeos.

Con su medio adiós, se va un todo un señor de la política dialogante. Elegante en las formas, rotundo en el fondo, un «dandi» que pudo ser el líder del nacionalismo catalán y ministro de Exteriores de España. Lo primero se lo arrebató el fanatismo convergente y Jordi Pujol, de quien jamás ha proferido una mala palabra a pesar de los escándalos de corrupción. A lo segundo dijo no, cuando José María Aznar le hizo llegar la oferta. Con Duran Lleida se va también un estilo de hacer política, sin rehuir un debate, con oratoria esmerada, sin temor a espinosas negociaciones, convincente pero sin una palabra altisonante. Y quienes vimos el espectáculo del otro día en el Congreso, en esta nueva legislatura, solo podemos concluir algo: «¡Cómo le vamos a echar de menos!».