El 23-F de Felipe VI

Hoy le toca pasar por el mismo trance que su padre. Los retos parecen más, pero de nuevo sigue teniendo la ley y la mayoría de españoles y catalanes de su parte.

Hoy le toca pasar por el mismo trance que su padre. Los retos parecen más, pero de nuevo sigue teniendo la ley y la mayoría de españoles y catalanes de su parte.

Hablar en caliente puede ser un error, pero guardar silencio podría serlo también. Ayer había muchos que clamaban porque el Rey no fuera ajeno a lo que pasaba en Cataluña y se dirigiera a la nación. Que dijera algo. Que llamase a la tranquilidad. Y si hubiera hablado ayer, ¿qué carta le quedaba para el día de la eventual declaración de independencia? No: don Felipe debía guardar silencio. Ayer fue el día de los alborotadores, de la «kale borroka». Y quizá también el de tantas personas bienintencionadas que fueron a votar, pero no era el día de añadir más voces al griterío de las últimas horas. Había que escuchar. Y también actuar; para defender la Constitución. Pero la reflexión tiene que empezar hoy. Especialmente la de aquellos que han desafiado a la ley y han puesto a una parte del pueblo catalán en una situación imposible de gestionar. El Rey, como Jefe del Estado, no es ajeno a nada de lo que pasa. Tan no es ajeno que ha liberado su agenda semanal de cualquier acto y viaje para estar disponible. Para estar informado. Para hablar con unos y otros. Es lo que hizo ayer. Especialmente con el Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy.

No voy a repetir la idea de que don Felipe ha hablado y mucho a lo largo de los últimos días, meses y años. Pero sí quería añadir algo sobre el tono de sus intervenciones: han sido llamadas al consenso, al entendimiento, al diálogo, al respeto a la Constitución, a las instituciones y a la legalidad. Frente al griterío –también mediático– ha aportado la reflexión serena que no ha podido ser criticada ni siquiera por los alborotadores.

Pero el Rey, además es Jefe de las Fuerzas Armadas y, como principal misión, debe garantizar la unidad de la Patria; algo que un puñado de sediciosos está cuestionando estos días. Y una declaración en este sentido se producirá en breve. En ella no podrá «horrorizarse» como hizo Isabel II ante el referéndum escocés. Y no podrá hacerlo porque esta consulta no está pactada, y ha presentado unas anomalías formales y legales que han escandalizado a unos y enfadado a todos. Por eso lo que diga el Rey tendrá que ir en otra dirección. Ya no hablará de lo que nos une, o lo estupendo que nos irá a todos juntos, sino que no tendrá más remedio que defender nuestra Constitución violentada.

Mucho se ha escrito de aquel 23-F del Rey Juan Carlos. De cómo se fraguó en una afrenta en la Casa de Juntas de Gernika –un Parlamento autonómico legal– y acabó con un golpe militar contra la legalidad vigente.

Hay quien insiste en los distintos que son estos dos escenarios. A mi no me lo parecen. Una provocación parlamentaria –ésta del Parlament– ha propiciado un golpe –esta vez del Govern– contra toda legalidad. Y como no caben medias tintas ante los sediciosos, sean o vengan de donde vengan, el peso de la ley deberá caer sobre ellos.

Y quizá haya una coincidencia más. En aquel 23-F algunos militares se sintieron portavoces o brazo ejecutor de una necesidad imperiosa de España: poner orden en una escalada terrorista que parecía no tener fin. Esta vez, un grupo de políticos alentados por las circunstancias políticas aprovecharon las debilidades de los gobiernos centrales para imponer competencias que han acabado como ahora vemos. Alentaron esa especie entre la población gracias a una Educación que nunca debió cederse, unos medios de comunicación subvencionados, y una policía autonómica que no ha cumplido con la Ley. El resultado está a la vista. Costará más volver a la legalidad que lo que costó aquel otro golpe. Entonces no eran tantos los sediciosos. Ahora son más. O aparentan serlo por el ruido que hacen; pero cualquier decisión que se vaya a tomar en el futuro, o se hace desde la ley o estaremos como entonces.

Don Juan Carlos se fajó en aquel golpe. Entonces se ganó su prestigio. Hoy a don Felipe le toca pasar por el mismo trance. Los retos esta vez parecen más pero, de nuevo, sigue teniendo a la ley a la mayoría de españoles y catalanes de su parte.