El debate de los pensadores

La RazónLa Razón

Varios intelectuales responden a preguntas planteadas por LA RAZÓN sobre la situación económica y política de España y opinan sobre las preocupaciones actuales de los españoles.

Estas son las preguntas planteadas por LA RAZÓN

1. ¿En qué situación está España como nación?

2. ¿Cómo percibe el estado económico y político del país?

3. ¿Cómo cree que viven los españoles el momento actual y cuáles son las preocupaciones dominantes?

4. ¿Qué le preocupa más de España en estos momentos?

5. ¿Qué se le puede pedir al Gobierno, a la clase política y a la ciudadanía para mejorar?

Fernando Sánchez Dragó / Escritor

«Mientras no haya despido libre no bajará el paro»

1. Lamento ser tan pesimista, pero España es en estos momentos como el pez de «El viejo y el mar», adentellado por sus congéneres (los nacionalismos) y atado a la obra muerta de una embarcación (la Unión Europea) que va a la deriva zarandeada por una galerna. La galerna es la formidable crisis política, económica, social y moral que señala el irreversible final de una época –la de la socialdemocracia y el Estado del Bienestar– y el también irreversible declive de una región del mundo –Europa– que se ha suicidado. España ya no es una nación. Dejó de serlo cuando entramos, sin organizar ni tan siquiera el paripé de un referéndum, en la UE y aceptamos el trágala del euro. El concepto de nación, si no va acompañado por el de soberanía, es un «flatus vocis». No pasa día sin que no quede patente. El ejemplo más vistoso es el de la doctrina Parot, pero los hay a raudales. ¿Qué diablos pinta, por ejemplo, la comisaria europea de no sé qué en lo concerniente a la actuación de la Guardia Civil en el asalto de los inmigrantes a Melilla?

2. El económico es muy, muy, muy malo. Yo, por poner otro ejemplo, ya casi no puedo encender la calefacción. Y si eso me pasa a mí, imagine lo que les pasará a otros. Puede que la macroeconomía, como nos dicen, mejore, pero eso no tiene nada que ver con el nivel de vida y el poder adquisitivo del hombre de la calle. La Bolsa, la prima de riesgo y todas esas mandangas son camelos monumentales que se basan en el delirio de que el dinero, y no el trabajo, puede producir riqueza. Mientras no haya despido libre, como lo hay en Estados Unidos y en medio mundo, no bajará el paro. Y si hay paro, no hay trabajo; y si no hay trabajo, no hay riqueza. En cuanto a la política... ¡Bah! Lo de siempre. Moros y cristianos, patriotas y afrancesados, carlistas y liberales, monárquicos y republicanos, colchoneros y merengues, derechas e izquierdas (¡qué anacronismo!). España es un país tribal, tan invertebrado como lo describió Ortega. Villanueva de Arriba y Villanueva de Abajo. García Lorca lo clavó: «Aquí pasó lo de siempre: / murieron cuatro romanos y cinco cartagineses». Ninguna frase resume mejor la historia de España.

3. ¡Pues capeando el temporal y yéndose a tomar cortos de cerveza a la taberna de enfrente! Cortos, porque ya no pueden pagarse una caña. Eso sí: sin dar golpe. ¿España? No. Zangania y Cigarria. ¡Ah! Y Caconia. ¿Preocupaciones dominantes? Pues muy distintas a las que los políticos suponen y nos imponen. La dominante es la de quién ganará el partido del domingo, la de qué comadres se tirarán del moño en los programas de la telecaca y la de adónde irán el próximo puente. Quizá irrite a la gente lo de Cataluña, lo de las oleadas de inmigrantes, lo del griterío callejero, pero tampoco tanto. He acuñado un eslogan: «España, siesta, fiesta e Iniesta».

4. La triste evidencia de que el pueblo se ha transformado en plebe (plebe es pueblo sin educar; pueblo es plebe educada). El brutal deterioro de la enseñanza y las cerriles campañas contra el ministro Wert, que tanto ha hecho para sanearla. La inmigración indiscriminada (un país, para serlo, requiere un mínimo de homogeneidad, como sucede en Japón). La aristofobia y la envidia. Los horarios. La permanencia en Europa y el mantenimiento del euro. La apabullante mole del Estado y del funcionariado. El buenismo estúpido de los progres y de la izquierda. La dictadura de la corrección política. Los zombis de la telebasura. El huracán de infantilismo y frivolidad. Los juguetitos tecnológicos. Los todólogos de las tertulias. Las manifestaciones y los escraches. El exceso de politización. El atragantón de burocracia. La inexistencia de vacíos legales, que son los respiraderos de la sociedad. Los abusos del fisco. El control, el control, el control... Casi todo está prohibido y lo que no lo está lo estará dentro de poco. La corrupción me importa menos, pues la doy por inevitable en un país donde el modelo a imitar es el del pícaro.

5. A los ciudadanos, nada. El españolito no tiene arreglo. Siempre es fiel a sí mismo. Al Gobierno, que elimine los impuestos directos, que suprima las subvenciones, que cierre unos cuantos ministerios, que no negocie, que gobierne, que recupere el principio de autoridad (sin él todo se vuelve autoritarismo), que privatice, que convierta el Estado en la increíble institución menguante, que legalice las drogas, que reduzca el número de las embajadas, que no nos dé lecciones de moralina ni se meta en nuestras vidas privadas, que elimine todas las autonomías menos la catalana, la vasca, la gallega y la canaria, que autorice el despido libre y reduzca los gastos sociales, que expulse o impida la entrada a los ilegales, que se vaya de Europa... Y a la clase política, que se despolitice, que renuncie a organizarse en partidos, que convierta los sindicatos en clubes sostenidos por sus socios, que sustituya la democracia partidocrática por la presidencialista, que enmiende la Constitución y que sea lo más políticamente incorrecta posible.

José Manuel Sánchez Ron /Científico

«Pediría una reforma electoral y listas abiertas»

1. En una situación extremadamente compleja y oscura; esquizofrénica, casi podríamos decir. Por un lado, la unidad de España como nación se encuentra en entredicho, principalmente por los movimientos separatistas provenientes de Cataluña. Tampoco ayuda la confusión que, sobre todo, en el ámbito administrativo, de reparto y manejo de competencias, existe en el Estado de las Autonomías, que reclama desde hace tiempo una revisión profunda, sin que ello signifique, por supuesto, una vuelta a la centralización que atenazó durante siglos la historia de España. Por otro lado, la gran esperanza que durante los años que siguieron a la Transición significó el proyecto de una gran, coherente y solidaria Europa parece estar resquebrajándose: en la hora de las dificultades, carentes de políticos – como Konrad Adenauer, Willy Brandt, Helmut Kohl, François Mitterand o Felipe González– que creían en Europa y que sabían transmitir esa idea, el sueño paneuropeo ya no lo es tanto.

2. La economía parece que está repuntando, pero no lo suficiente para resolver ese gran estigma que es el paro. Existe, al menos entre la ciudadanía, la bien fundada sospecha de que esa mejora repercutirá sobre todo en las clases o grupos que ya disponían de más medios económicos. El argumento, por supuesto, es que son esos grupos –los empresarios y bancos, en especial– los que «mueven» la economía, la macroeconomía. Siendo esto cierto en el mundo globalizado en el que vivimos, un sistema sociopolítico que se asiente en semejantes desigualdades «estructurales» seguramente es intrínsicamente inestable. En cuanto al estado político del país, lo resumiría en tres palabras: desesperanza, desconcierto e irritación. Desesperanza porque no vislumbro una solución al clima político, una mejora en la calidad –incluyendo la intelectual– de los líderes. Desconcierto e irritación ante la rampante corrupción y ante la situación de disgregación potencial de la nación española reclamada desde Cataluña.

3. Viven el momento actual con desesperanza, desconcierto e irritación. También, como a mí, les preocupa el paro y la corrupción. Se nos dice que la situación empieza a mejorar, pero cuando llega la hora de los pronósticos concretos, las cifras bailan, pero ninguna sitúa una reducción importante del paro en pocos años. Más aún, se dice, y creo que es verdad, que más allá de la actual crisis lo que vivimos es un cambio de paradigma, y que ya nada será igual en el futuro. De manera que, nos preguntamos, ¿cuál, cómo, será ese futuro, el de los mayores y, sobre todo, el de nuestros hijos?

4. Por supuesto, los jóvenes desempleados, que al carecer de fe en el futuro ven difícil sentir solidaridad con el presente de un país del que no pueden ser partícipes con su trabajo. Pero, en más de un sentido, me preocupan más todas esas personas, mayores de 40 o 45 años, que han perdido sus empleos y que aunque se esfuerzan por encontrar uno, probablemente –y ellos lo saben, o lo sospechan– nunca lo encontrarán. Los jóvenes pueden albergar esperanzas, esos adultos ya algo mayores, solo desesperanza teñida de desesperación.

5. No parece que existan soluciones rápidas, pero el Gobierno y la clase política podrían poner en marcha con rapidez algunas medidas reclamadas desde hace tiempo. Una que ayudaría a mejorar la relación entre clase política y ciudadanía sería una reforma electoral que incluyese un sistema de elección con listas abiertas. Ello ayudaría a evitar la permanencia en la política de personas que se mantienen en ella por solidaridad, o mejor, por obediencia gregaria al partido, no a los ciudadanos, a los que, se supone, representan. La recuperación de un clima propicio a pactos de Estado, que tan buen resultado dieron durante la Transición, sería, asimismo, deseable para evitar el cainismo que reina en la política de nuestro país.

A la ciudadanía, que no dispone, no nos engañemos, de demasiados recursos para hacer oír de manera efectiva su voz, plural, por otra parte, le pediría que entienda, en primer lugar, que aunque vivimos en una sociedad de derechos, también lo hacemos en una de deberes, lo que implica obligaciones, con los otros y con la suma de todos que es el Estado, además con el medio ambiente, el patrimonio que deberíamos dejar, en las mejores condiciones posibles a los que vendrán tras nosotros; no podemos aspirar a vivir derrochando recursos naturales. En segundo lugar, le pediría que sea crítica en sus solidaridades a cualquier ideología: las lealtades incondicionales nunca son buenas.

Luis Alberto de Cuenca /Escritor

«Hay partidos que hubiesen debido ser ilegalizados»

1. En una situación confusa, embarullada, injusta desde el punto de vista histórico. España es una nación desde la Constitución de 1812, puesto que la Europa de las naciones se originó en la Revolución francesa. Pero desde el Reino de Toledo visigótico, hace mil quinientos años, España —la Hispania romana, que incluye a los estados actuales de España y Portugal— se ha expresado históricamente como una unidad. Los Reyes Católicos formalizarían esa unidad desde el punto de vista moderno y el liberalismo decimonónico «nacionalizaría» la realidad española. Hoy son los movimientos nacionalistas periféricos, enemigos tradicionales de cuanto suene a liberal, los que están dinamitando esa unidad tan antigua y tan acrisolada.

2. En lo económico, los esfuerzos realizados a partir de 2012 están empezando a dar fruto (aunque todavía queda mucho camino por recorrer). Políticamente, estamos asistiendo a una cierta fragmentación de las opciones ideológicas, a derecha y a izquierda, lo cual puede traer consigo dificultades de gobernabilidad. Por no mencionar los problemas que traen consigo los secesionismos de siempre y el hecho de que haya partidos instalados en el poder que, en mi opinión, hubiesen debido ser ilegalizados.

3. El paro, desde luego, cuyo índice es uno de lo más altos, si no el mayor, de la Unión Europea. La preocupación dominante es, por lo tanto, para infinidad de españoles, encontrar un trabajo digno que les permita sobrevivir. Los demás temas preocupan de forma secundaria. En cuanto a la forma de vivir el momento actual, yo creo que la mayoría de los españoles vive el presente con enorme inquietud.

4. Soy optimista en lo que atañe a la recuperación económica. Será lenta, pero en economía los ciclos son inevitables, de modo que, más tarde o más temprano —más temprano que tarde— saldremos de la crisis. Los separatismos me preocupan especialmente, sobre todo porque están alimentados por posiciones conceptuales de carácter sentimental, y los sentimientos, por aberrantes e involutivos que sean, resultan difíciles de combatir por medio de la razón.

5. Al Gobierno, que recuerde que ha sido elegido por mayoría absoluta y que lo fue para reformar «de fond en comble» (como dicen los franceses) un país que amenazaba ruina. A la clase política, que recupere el adjetivo «ejemplar», el mismo que acompañó a las novelitas de Cervantes, un adjetivo que debería acompañarla siempre. A los ciudadanos, que lean a diario el bíblico libro de Job, el mejor de los manuales de autoayuda al que puede recurrirse en estos momentos.

Leopoldo Abadía/Analista económico

«Hay que examinar en qué gastan las autonomías»

1. Está en lo que siempre ha sido: una nación de segunda fila, ahora integrada en la Unión Europea, con las ventajas e inconvenientes que ello trae consigo. Al ser una nación europea, está sometida a las directrices de la UE, que es quien realmente manda en España.

2. Estado económico: A) Luchando por cumplir los objetivos de déficit que acordamos en Maastricht. En 2011 estábamos en 91.000 millones y nos hemos comprometido a llegar a 30.000 millones en 2016. Eso se consigue aumentando los ingresos y recortando gastos. Si el aumento de ingresos se hace aumentando los impuestos, nos molesta. Si se hace vendiendo algo (eso es privatizar), a algunos les molesta. Si se hace recortando gastos, tampoco nos gusta. B) Tenemos una deuda de 961.555 millones, equivalente prácticamente al Producto Interior Bruto. Los intereses de esa deuda aumentan el déficit. Ahora han bajado porque la prima de riesgo ha bajado, debido a que los inversores perciben que nos estamos portando bien. Estado político: el modelo autonómico nos fue bien para pasar de una situación a otra. Ahora hay que meterse a fondo a examinar en qué gastan el dinero las autonomías, porque las 17 nacioncitas que forman España constituyen un modelo de Estado insostenible.

3. Los españoles viven el momento actual: A) Con una falta de credibilidad absoluta hacia los partidos políticos, que da la impresión de que piensan sólo en sí mismos y no en España. B) Con desconcierto ante los numerosos casos de corrupción que se descubren a diario. C) Con mucha preocupación por el paro. D) Los empresarios, con mucha preocupación por sus problemas de financiación.

4. Dos cosas: el modelo autonómico y la actuación de los bancos, que se han constituido en un bloque cerrado en sí mismo, intentando cumplir con las exigencias europeas y olvidándose de hacer de bancos.

5. Al Gobierno: explicar claramente dónde vamos: A) A Europa. B) A Reducir el déficit. C) A reducir la deuda. D) A ayudar a las empresas, suministrándoles financiación normal para proyectos normales, con el objetivo de que, poco a poco, se reduzca el paro. E) A revisar los gastos de todas las CC AA, diputaciones, ayuntamientos y organismos similares, para, sin contemplaciones partidistas, hacer un modelo de Estado propio de una nación pobre, que es lo que somos. A la clase política: A) Que se planteen, uno por uno, si es verdad que son «servidores del pueblo» y no personas que se sirven del pueblo. Hay políticos decentes que, externamente, pueden quedar «sepultados» por los indecentes. A la ciudadanía: A) Que exija a sus gobernantes honradez y una definición clara de en qué se van a gastar el poco dinero que tenemos. B) Que recuerden los dos principios fundamentales de la economía: «No se puede estirar el brazo más que la manga» y «De donde no hay, no se puede sacar».