El último tributo a la España del consenso

El adiós al ex presidente Suárez evocó los mejores tiempos de la Transición. Fueron horas de reencuentro y unidad para la política

Todo ayer fue Suárez. No hubo hueco más que para el recuerdo emocionado de quien pilotó con éxito el tránsito de un país roto y desgarrado a una nación en democracia y reconciliada. Sólo él, su figura y su recuerdo podían, propiciar –aunque fuera por unas horas– el encuentro y el consenso.

Todo ayer fue Suárez. No hubo hueco más que para el recuerdo emocionado de quien pilotó con éxito el tránsito de un país roto y desgarrado a una nación en democracia y reconciliada. Sólo él, su figura y su recuerdo podían, propiciar –aunque fuera por unas horas– el encuentro y el consenso. La despedida del primer presidente de Gobierno de nuestra democracia trajo al Palacio de San Jerónimo y a sus alrededores lo mejor de la Transición: una idea de la política en la que, como dijo el presidente del Congreso, Jesús Posada, el adversario no era el enemigo. Políticos de todos los signos y colores elogiaron su figura y su talante. Ya se sabe que, salvo excepciones, para el que se va todo son alabanzas, aunque es verdad que en este caso al antaño vilipendiado y despreciado por propios y ajenos le llegó el reconocimiento en vida. Lástima que para entonces él no recordara ya que fue el primer inquilino del Palacio de la Moncloa una vez restaurada la democracia.

El de ayer fue el último servicio, sin duda, que Adolfo Suárez prestó al consenso y a la unidad de la Transición. Su adiós evocó tiempos en lo que los esquemas de la política y la ciudadanía eran bien distintos. Y de ahí el vínculo entre el presidente Suárez y un pueblo agradecido a su contribución a la democracia, convertida en estos últimos cuatro días en referente del debate político y mediático. Añoranza de aquellos años en los que el interés de país se anteponía al de las siglas.

Sólo su despedida podía unir a los otros tres ex presidentes vivos de la etapa democrática, a quienes ayer se pudo ver conversar amigablemente antes de que la Capilla Ardiente instalada en el Salón de los Pasos Perdidos se abriera al público. Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero acudieron a primera hora de la mañana a la Cámara Baja para recibir junto al presidente, Mariano Rajoy, y los del Congreso y el Senado, entre otras autoridades del Estado, los restos mortales de quien les precedió en la jefatura del Gobierno. Mientras esperaban su llegada en la escalinata de los leones que precede a la puerta principal del Palacio, los cuatro estrecharon sus manos. También estuvieron la esposa de Rajoy, Elvira Fernández, y la de Zapatero, Sonsoles Espinosa, así como la de Aznar, Ana Botella, en su condición de alcaldesa de Madrid. Mientras esperaban la llegada del féretro y con posterioridad cruzaron comentarios González y Zapatero, pero también ambos con Aznar. Ninguno quiso, como muestra de respeto, hacer declaraciones a los periodistas al abandonar la Cámara Baja tras rendir homenaje a Suárez y dar el pésame a los familiares. Una escena que sí proyectaron ante las cámaras de televisión durante todo el día decenas de ex ministros, presidentes autonómicos, parlamentarios y distintas autoridades del Estado para poner como ejemplo a seguir y fuente de inspiración a Suárez por su capacidad de concordia y reconciliación.

Los primeros en llegar, sobre las 10:30 de la mañana, fueron Los Reyes y la Infanta Doña Elena. Para entonces ya presidía el féretro el Salón de los Pasos Perdidos, cuyas paredes amanecieron tapizadas de coronas de flores que llegaron de todas las instituciones. Hasta 120 registaron los servicios de la Cámara. La primera, la de María Dolores de Cospedal, que entró en el recinto parlamentario el domingo por la tarde.

El féretro, cubierto con la bandera de España y custodiado por un retén de honores de las Fuerzas Armadas, se situó delante de un gran crucifijo y otra enseña nacional con crespón negro. A los lados, una quincena de coronas enviadas por los Reyes de España y los Príncipes de Asturias, por el Gobierno de España, el presidente Mariano Rajoy y su esposa, Elvira Fernández, y el del Congreso de los Diputados, Jesús Posada. Un Don Juan Carlos emocionado colocó en un almohadón situado a los pies del féretro el Collar de la Real y Distinguida Orden de Carlos III, y entregó a la familia las Insignias del Collar de la Orden. «Es una gran pena», dijo antes de marchar de nuevo a La Zarzuela, tras permanecer casi media hora en la Capilla Ardiente. Luego, llegó el goteo permanente de personalidades para trasladar el pésame a la familia, que no abandonó un sólo segundo el velatorio. Ex ministros de la UCD, como José Pedro Pérez Llorca, Federico Mayor Zaragoza o Soledad Becerril; ex presidentes de la Cámara Baja como Fernando Alvarez de Mirada, Landelino Lavilla, Manuel Marín o José Bono; Miguel Herrero de Miñón, uno de los siete padres de la Carta Magna; los secretarios generales de CC OO y UGT... Especialmente emotivo fue el abrazo en el que Adolfo Suárez Illana, el primogénito del ex presidente, se fundió con la viuda y los hijos de Santiago Carrillo. Fue Suárez quien, después de casi cuarenta años, volvió a legalizar el PCE, en abril de 1977.

Pero quienes permanecieron durante todo el día junto a la familia e hicieron turnos para acompañarles fueron las direcciones de los grupos parlamentarios del Congreso, en especial el PP y el PSOE. Hasta para organizar los retenes hubo consenso. Alfonso Alonso y Soraya Rodríguez permanecieron durante horas.

Sobre las 7 de la tarde, el arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, ofició un responso por el alma del ex presidente. Tuvo palabras de consuelo y rezó un padrenuestro. Y durante ese tiempo se interrumpió la entrada de ciudadanos anónimos, que pese a las largas colas que rodeaban el perímetro del Congreso, desafiaron el frío y la lluvia para despedirse del político al que algunos recuerdan como el más solitario de los que ha dado la democracia. Impresionante el desfile, que pese a la caída de la noche seguía.

Así fue como España quiso despedir a un Suárez que pisó por última vez el Congreso como parlamentario el 25 de octubre de 1991, cuando presentó la renuncia al acta de diputado. Cinco años al frente del Gobierno de España y unos cuantos en la oposición, donde llegó a estar en el Grupo Mixto con Agustín Rodríguez Sahagín como único compañero de bancada. Ya retirado de la vida regresó a las mismas dependencias en las que plantó cara al golpista Tejero en 2002 con motivo del 25º aniversario de las primeras elecciones democráticas. Entonces él mismo recapituló ante los periodistas aquellos años de Transición que no volverán y que ayer evocaron otros en su recuerdo. Aquellos tiempos eran otros tiempos y no se atisba en el panorama una personalidad como la de aquel Adolfo Suárez.