«Entramos juntos en 1986, él en Mossos y yo en Policía. Hoy cobra 700 euros más»

El inspector Rafael Jiménez, de 54 años, de los que 31 ha permanecido en el Cuerpo, es barcelonés y ha estado siempre destinado en la Ciudad Condal en distintas brigadas operativas.

El inspector Rafael Jiménez en un momento de la entrevista
El inspector Rafael Jiménez en un momento de la entrevista

El inspector Rafael Jiménez, de 54 años, de los que 31 ha permanecido en el Cuerpo, es barcelonés y ha estado siempre destinado en la Ciudad Condal en distintas brigadas operativas.

Duelen las diferencias salariales por el mismo, o mayor, trabajo, pero hay otras cosas que contribuyen a que ese sentimiento sea más profundo, como la falta de reconocimiento del trabajo realizado por Cataluña; de tratar de convertir al «bueno» en el «malo»; el desprecio en una palabra. Nuestro personaje de hoy es un barcelonés de 54 años, casado y con un hijo; en los 31 años que lleva en la Policía Nacional ha trabajado en la Ciudad Condal. Durante su tiempo libre ha escrito varios libros cuyos beneficios han ido a parar a fundaciones como El Casal del Raval y Acnur Cataluña. No hay odio ni resentimiento en sus palabras pero sí una cierta amargura por esa falta de reconocimiento que se ha producido. Se llama Rafael Jiménez.

Entraron en el mismo año, en 1986, Rafael en el Cuerpo Nacional de Policía, del que es inspector, y otros, incluso de su barrio, en los Mossos d’Esquadra. Los que han alcanzado ese empleo en el Cuerpo autonómico ganan 700 euros más que él al mes.

Jiménez es un policía por vocación familiar, ya que su padre lo era. En su día, fue destinado a Barcelona donde conoció a una catalana con la que se casó. Eran tiempos difíciles en los que tenía que completar su sueldo con trabajos de fotógrafo y cobrador.

Sin embargo, cada tarde, cuando regresaba a su casa, le contaba a su hijo Rafael las historias, para él auténticas aventuras, que le habían ocurrido ese día, unas para alegrarse y otras para llorar.

1986. Jiménez tiene en la mano las dos instancias, la del Cuerpo Nacional de Policía y la de los Mossos y opta sin dudarlo por la primera. Lejos estaban las diferencias salariales y de otro tipo que se producen ahora pero no tuvo ninguna duda. «Para ser policía hay que ser policía nacional y mil veces que naciera, lo volvería a ser».

Barrio Chino

Esa realidad, además de la diferencia antes citada, tiene un ejemplo que la ilustra: Rafael Jiménez vivía en el Barrio Chino, donde muchos chicos se echaban a perder por la delincuencia. Un amigo suyo y él optaron por hacerse hombres de bien, para prestar servicio a los demás, a la sociedad. Uno ingresó en los Mossos y nuestro entrevistado en la Escuela de Policía de Ávila (pertenece a la primera promoción que se formó allí).

En estos 31 años Rafael ha ascendido cuatro veces y es inspector, con el nivel A-1; su amigo es, de momento, sargento, ya que sólo ha ascendido dos veces, con el nivel C. Ganan prácticamente lo mismo pero es una falsa igualdad ya que el sueldo de Rafael hay que equipararlo, no con el del sargento, sino con el del inspector, con la diferencia de 700 euros antes citada, pese a tener el nivel B. ¿Cómo se ha llegado a esta situación? La Generalitat, salvo los tres años del tripartito, siempre ha estado en manos de los nacionalistas. Su empeño desde el primer momento fue el diseño de una policía integral, que estuviera bien pagada, agradecida con el Ejecutivo en una palabra. Lógicamente, los Mossos, que ahora son casi 17.000 agentes, fueron creciendo poco a poco y eran más fáciles los incrementos salariales para 1.000, 3.000, 6.000 funcionarios que para 100.000. Con el tiempo, el desfase fue creciendo hasta llegar a la situación actual, claramente discriminatoria para policías y guardias civiles.

Con todo, a Rafael Jiménez, que ha ocupado puestos en distintas brigadas, como la de Seguridad Ciudadana, Información, Científica y, actualmente, Extranjería, no es lo que más le duele la diferencia salarial, aunque reconoce que fue duro ver cómo sus compañeros de barrio de los Mossos llevaban a sus hijos a colegios privados y él, por motivos económicos, no lo pudo hacer.

Ingratitud

Lo que más le duele es la falta de reconocimiento de la mayoría de los políticos catalanes hacia la Guardia Civil y, en su caso, la Policía Nacional. Ocurrió el 1 de noviembre de 2005. La Policía Nacional tuvo que abandonar las comisarías de Barcelona que fueron ocupadas por los Mossos, cuyo despliegue en Cataluña se completó dos años después. No hubo ni un acto de agradecimiento por la labor que habían desempeñado. Una moción que presentó el PP para que el Parlament mostrara ese agradecimiento fue rechazada por los nacionalistas.

Recientemente, el cuerpo policial autonómico ha recibido de esa institución la medalla de honor por la desarticulación de la célula yihadista que cometió los atentados del 17-A. Años antes, la Brigada de Información de la Policía Nacional de Barcelona, a base de esfuerzos y con muy pocos medios, había desarticulado el «comando Barcelona», autor entre otros atentados del de Hipercor, el más sanguinario de los perpetrados por ETA. Tampoco hubo agradecimientos.

Ha escrito varios libros y el dinero obtenido lo ha destinado a entidades benéficas, como el Casal del Raval y a Acnur Cataluña. Sólo en un caso, el titulado «Barcelona Negra», editado por Planeta, el dinero fue para el Colegio de Huérfanos de la Policía.