Historia de la prehistoria

La oligarquía catalana desde el siglo XVII ha llevado el conflicto a Cataluña usando al pueblo y a las instituciones en su propio beneficio.

La oligarquía catalana desde el siglo XVII ha llevado el conflicto a Cataluña usando al pueblo y a las instituciones en su propio beneficio, y siempre a costa de un parte de su población y traicionando las normas que habían jurado defender.

En 1640, la Iglesia, los municipios y la clase dirigente catalana animaron a la revuelta de los segadors contra la Monarquía. La excusa fue el alojamiento de los Tercios, cuyo coste económico no querían soportar, y menos aún el plan del conde duque de Olivares de que todos los reinos –no solo Castilla– contribuyeran por igual al esfuerzo militar y fiscal. El clero enardeció los ánimos campesinos. El resultado fue el «Corpus de Sangre»: entraron en Barcelona el 7 de junio de 1640 para liberar al diputado Tamarit, opuesto a los Tercios, y asesinaron al virrey, a funcionarios y a miembros de la Audiencia. En plena revuelta, Pau Claris, al frente de la Diputación del General, proclamó la República catalana. Pero la revuelta social le ahogó, y en una semana pidió la unión a Francia.

Toda la oligarquía se volvió filofrancesa hasta que comprobó que el absolutismo francés era más duro que la unión hispana. En la reincorporación a la Monarquía en 1652, esos oligarcas dijeron que era la vuelta del «hijo pródigo». A partir de entonces consiguieron unas ventajas comerciales y un trato de favor en detrimento de otras regiones españolas, que convirtió aquel territorio en el más rico.

Aquello no consiguió la lealtad de la oligarquía. Felipe V juró los fueros en Barcelona, el 4 de octubre de 1701, y abrió las Cortes catalanas. El acuerdo dio lugar a las «constituciones» por las que el Principado quedó más favorecido que nunca. Pero las noticias de la guerra indicaban vencedor al bando austracista. Entonces, la oligarquía catalana negoció un cambio de bando en Génova en junio de 1705. Esto provocó la guerra civil en Cataluña entre vigatans –que apoyaban a Carlos–, y los borbónicos – apodados botifler–. Ese perjurio lo pagaron con la abolición de las «constituciones» en 1714.

A pesar de esto, continuaron los privilegios económicos con la burguesía catalana. Ese interés hizo que se desentendiera de los intentos de Estado catalán en 1873, bien solventados por el Ejecutivo con reparto de suculentos cargos públicos. El fracaso de aquellas intentonas hizo que los literatos fijaran su proyecto identitario en las tradiciones, lo que casaba bien con la Cataluña rural. Esas comarcas estaban ganadas al lema «Dios, patria, fueros, rey» desde hacía sesenta años.

El federalismo se unió al tradicionalismo para crear un movimiento cultural en la década de 1880. Era la Renaixença. La burguesía barcelonesa pretendió fijar su identidad en el idioma, el románico, y una reinterpretación histórica de sus instituciones. Se articuló en periódicos, tomó instituciones culturales, y pasó a la segunda fase: convertirse en una organización política para llegar a las instituciones y catalanizar a las masas.

Era preciso, decía Prat de la Riba, ocultar las diferencias ideológicas para conseguir un movimiento nacional que obtuviera el autogobierno, y fundó en 1901 la Lliga Regionalista. Aprovecharon la crisis del problema de España generado por el «Desastre del 98» y el declive de los partidos tradicionales para ofertar el catalanismo político como la solución para reorganizar el Estado. El resultado fue la Mancomunidad de Cataluña en 1914, que en dos años se les quedó pequeña. Por eso, en 1917 organizaron un golpe con una Asamblea de Parlamentarios que obligara a reformar la Constitución. Sólo buscaban fortalecer su poder oligárquico, porque en 1923, la Lliga de Cambó aceptó el golpe de Primo de Rivera.

Esto no quitó para que los nacionalistas estuvieran en el Pacto de San Sebastián en 1930, con republicanos y socialistas, para derribar la Monarquía. Así ocurrió el 14 de abril de 1931. Companys tomó a la fuerza el Ayuntamiento, y proclamó la República. Sin embargo, Macià, líder de ERC, traicionó el Pactó, desdijo a Companys, y proclamó el Estado catalán de la Federación ibérica. El Gobierno Provisional cedió, y antes de que se consultara al pueblo y se reunieran Cortes se permitió a ERC diseñar un Estatuto a su gusto y someterlo a referéndum.

Esas cesiones sólo sirvieron para que ERC creyera que ellos eran la autonomía e incluso la República. Por eso dieron un golpe el 6 de octubre de 1934, tras organizar un «Ejército catalán» con Mossos y Somatens, y atrincherarse en el Palacio de la Generalidad y el Ayuntamiento de Barcelona. De poco valió, Lerroux proclamó el estado de guerra y ordenó a Batet que rindiera a los golpistas. Lo hizo sin esfuerzo. Sabía que la presencia de las fuerzas militares acabaría con los golpistas huyendo por las alcantarillas o rindiéndose, como así fue. Los golpistas fueron a la cárcel, pero el gobierno frentepopulista los amnistió.

El golpe de Estado de julio del año 1936 permitió que la Generalidad asumiera formalmente el poder en su territorio, pero aquello se saldó en 1937 con una guerra civil dentro de la guerra civil. Finalmente, Negrín, harto, suspendió el autogobierno, y el mismo Azaña renegó de los catalanistas.

Josep Tarradellas, que vivió aquel desastre, comprendió la trampa del independentismo, volvió en el año1977, negoció con Suárez y restauró la autonomía. Sin embargo, muy pronto, en 1980, se dio cuenta de que el proyecto de Pujol y su CiU era catalanizar a las masas y aprovechar las instituciones para avanzar en el autogobierno hasta la independencia, como así ha sido, de momento.