Independencia: de unilateral a diferida

Puigdemont prolonga la crisis con una declaración suspendida. Exige diálogo al Gobierno a cambio de haber aplazado la ruptura

El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, concitó ayer toda la atención en el Parlament de Cataluña
El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, concitó ayer toda la atención en el Parlament de Cataluña

Puigdemont prolonga la crisis con una declaración suspendida. Exige diálogo al Gobierno a cambio de haber aplazado la ruptura

El día de la independencia de Cataluña no fue tal. Después de varios días soportando todo tipo de presiones tanto para culminar la secesión como para echar el freno de mano para no despeñar el autogobierno, el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, optó ayer por quedarse en el bordillo del abismo, al menos durante un tiempo. «Asumo el mandato del pueblo de que Cataluña se convierta en Estado independiente en forma de república», proclamó Puigdemont con aires de solemnidad en el Parlament y poniendo en pie a la bancada de Junts pel Sí. Pero bastó con fijarse en el gesto contrariado de los diputados de la CUP para comprobar que algo iba a torcerse en el bloque independentista. Y así fue porque, sólo un minuto después de anunciar que se ponía manos a la obra para consumar la independencia en cumplimiento del fatídico simulacro de referéndum del 1-O, el titular de la Generalitat suspendió los efectos del mencionado «mandato» para dar una oportunidad al diálogo. Todo ello ante la atónita mirada de los 1.000 periodistas acreditados en el Parlament, 400 extranjeros.

Con esta maniobra, de gran estilo convergente, Puigdemont incumple su propia ley del referéndum –suspendida por el Tribunal Constitucional–, ya que esta norma emplazaba al Parlament a efectuar una «declaración formal de la independencia de Cataluña» y deja también en el limbo la ley de transitoriedad jurídica –igualmente suspendida por el TC–. Nadie vio tal declaración de independencia en el Parlament, sino más bien el inicio del enésimo episodio del llamado «procés», el inacabable camino que transitan los partidos soberanistas desde hace al menos cinco años cuyo destino continúa siendo, eso sí, la secesión. Fuentes del PDeCAT no podían ocultar su satisfacción, ya que en el último instante lograron imponer sus formas de hacer política y lograron zafarse del precipicio al que empujaban la CUP, ANC y Òmnium.

La vía anunciada por el presidente de la Generalitat, es decir el anuncio de una independencia que por ahora se coloca en la nevera, sitúa a Cataluña tras los pasos de Eslovenia, el país balcánico que logró la independencia en 1991 después de un referéndum unilateral (y de un conflicto armado con Yugoslavia que acabó con la vida de más de 60 personas y con cientos de heridos). La suspensión temporal de la revolución protagonizada por el Govern de Puigdemont abre enormes grietas en el bloque independentista y coloca en el alambre la alianza de Junts pel Sí con la CUP, decepcionada por el gatillazo del president. ERC optó por mantener el tipo, aunque la secretaria general del partido republicana, Marta Rovira, no podía ocultar cierta incomodidad tras quedarse en ese extraño terreno al que Puigdemont acostumbra a llamar «preindependencia».

Soledad internacional

Fuentes soberanistas atribuyeron el «coitus interruptus» de Puigdemont a las exigencias de los actores internacionales con los que la Generalitat mantiene contactos para forzar una mediación. Las mismas fuentes quisieron negar, además, que el frenazo tuviera su origen en el temor a una catástrofe económica (más de 30 empresas han desplazado su sede social de Cataluña a otros puntos de España) y a una intervención de la autonomía por parte del Gobierno a través del artículo 155. «Creemos firmemente que el momento pide, no sólo una desescalada en la tensión, sino, sobre todo, una voluntad clara y comprometida para avanzar en las demandas del pueblo de Cataluña a partir del resultado del 1 de octubre; resultados que debemos tener en cuenta de manera imprescindible en la etapa de diálogo que estamos dispuestos a abrir», justificó Puigdemont. Pero el argumento sólo satisfizo a la órbita de Podemos y en parte al PSC.

Falta por ver si la suerte de armisticio temporal anunciado por Puigdemont tranquiliza al mundo económico de Cataluña, a cuyos protagonistas el president pidió «que continúen generando riqueza» en Cataluña. En este mismo punto minimizó los efectos de la decisión de numerosas empresas de trasladar el domicilio social a otras comunidades e incluso las acusó de «enturbiar el ambiente». A los partidos políticos «que contribuyan con sus palabras a rebajar la tensión» y al Gobierno le reclamó «que escuche» Y, finalmente, a la Unión Europea le suplicó que se «implique a fondo». «Estoy convencido de que si en los próximos días todo el mundo actúa con responsabilidad, el conflicto entre Cataluña y el Estado español se puede resolver de manera serena, acordada y respetando la voluntad de los ciudadanos. Por nosotros no quedará», dijo.

En el tramo final de su discurso, el presidente de la Generalitat trató de realizar su responsabilidad y disimular sus temblores y chantajes. «Hoy el Govern de Cataluña hace un gesto de responsabilidad y generosidad, y vuelve a extender la mano al diálogo. Estoy convencido de que, si en los próximos días todos actúan con la misma responsabilidad y cumplen con sus obligaciones, el conflicto entre Catalunya y el Estado español se puede resolver de manera serena», dijo. La sesión tan solo se alargó una hora porque Puigdemont evitó dar la réplica a los grupos de la oposición.