Política

La heroína perdida

Cercana, combativa y osada, es la historia de una justiciera contra todo y todos, sin tener presente que en política se cambia de héroe a villano en apenas un paso.

Cercana, combativa y osada, es la historia de una justiciera contra todo y todos, sin tener presente que en política se cambia de héroe a villano en apenas un paso.

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Era atractiva, cercana, combativa y algo osada. Una mujer muy echada «palante», según decían quienes la conocieron en sus inicios políticos. Pero nada hay peor en la vida pública que ir de sobrada y éste ha sido el gran error de Cristina Cifuentes Cuencas, cuyo triste final es de película. Su llegada a la Puerta del Sol la cambió por completo, rodeada de un núcleo duro que, a la vista está, le ha resultado nefasto. Encumbrada y jaleada con desbocado fervor por unos pocos, dejó de hablar con sus amigos de siempre, silenció su móvil antaño receptivo, emprendió una cruzada contra sus antiguos mentores, y hasta se creyó con ínfulas para suceder a Mariano Rajoy. Ese sanedrín de fieles le halagaba los oídos a diario, sin darse cuenta de que en los partidos
–máxime en el centro-derecha–, las envidias y dentelladas disparan sin compasión. Cristina se erigió en una heroína justiciera contra todo y contra todos, en medio de un rumbo perdido y olvidando que ello le pasaría factura. La historia demuestra que, en política, de héroes a villanos solo hay un paso.

Llegó a Alianza Popular con tan sólo dieciséis años y se afilió a Nuevas Generaciones. Desde entonces, Cristina Cifuentes tuvo una carrera meteórica en el PP de Madrid, cuyas entretelas conoce como nadie. La presidenta madrileña subió como la espuma en un PP controlado con mano férrea por Esperanza Aguirre, hasta que un día María Dolores de Cospedal la llamó para sugerirle nombrar a una mujer como delegada del Gobierno en Madrid. Esperanza, de quien ahora Cristina renegaba, la escogió para el cargo. Desde allí, la mujer de silueta espigada, coleta rubia, verbo encendido y pasos a veces poco meditados, se convirtió en una especie de mirlo blanco para el PP madrileño. Bajo la estela de combatir la corrupción, cambió de amistades, fustigó a los antiguos dirigentes y quiso borrar de un plumazo sus más de treinta años de militancia en la formación que durante tantos años gobernó con enorme poder y holgada mayoría absoluta la Comunidad de Madrid.

Y los dardos comenzaron a salir. El primero, el de Francisco Granados fue un duro bofetón y la colocó en una situación inesperada. Lejos de diseñar una estrategia inteligente, serena, se agitó y escudó en el núcleo duro que la defendía con pasión, mientras otros en el partido denunciaban su ambición y deslealtades. A pesar de su pasado en AP, siempre fue de moderna, agnóstica y abanderada de causas «progres» como el matrimonio gay. Una chica adelantada a su tiempo, algo «rojilla» y sobrada, en opinión de sus críticos. Por el contrario, para sus leales, era incluso la mejor situada para suceder a Mariano Rajoy. Pero en política, como en todo en la vida, es difícil borrar a los protectores del pasado. Y Cifuentes tuvo tres de gran voltaje: Alberto Ruiz- Gallardón, Ignacio González y Esperanza Aguirre, quienes la auparon en diferentes momentos. Retirados Gallardón y Aguirre de la escena pública, defenestrado Ignacio González, ella no tuvo reparos en renegar de algunas actuaciones y convertirse en el mayor azote contra los asuntos turbios de su partido. Era una especie de guerrillera feroz, olvidando a quienes en otros tiempos la ayudaron.

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«Es una víctima. Sufre una auténtica cacería por valiente». Era el latiguillo de sus leales hasta el escándalo del «mastergate», que no pudo manejar con peor torpeza. Lejos de dar un paso atrás, se atrincheró aún más, ignorando que en estos casos te investigan hasta «el día de tu primera comunión», en palabras de un alto dirigente del PP. Su huida sin freno, su resistencia numantina, se la han llevado por delante. Tal vez Cristina pudo ser todo en el PP, pero su actitud demuestra que la discreción y prudencia son a veces más rentables que el ataque a los antiguos compañeros. Sabido es que no hay peor cuña que la de la misma madera, y ya dice un refrán que cuando todos se conocen los riesgos a correr deben ser mínimos. Cristina fue intrépida, osada y presurosa, sin atisbar que en esta fauna política los lobos heridos quieren morder la presa. Unos la veneraban como lideresa implacable contra la corrupción, otros no la perdonaron olvidar tan pronto sus apoyos de antaño y, además, pretender aparentar que era una neófita recién llegada al partido.

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Su pasado, hasta ahora limpio, es el que es sin discusión. Su presente estaba entre las cuerdas y ella misma, junto a sus fervorines, ha contribuido a apretar la soga. Lo que no lograron las acusaciones de un bravucón como Paco Granados, ni el culebrón de un máster académico pésimamente gestionado, lo ha hecho un vídeo demoledor. Con ello se cumple la máxima de que, en política, la menor chorrada puede fulminarte. Sin hacer leña del árbol caído, éste ha sido el peor final, el broche más triste que nunca Cristina Cifuentes pudo imaginar.