La «kale borroka» catalana

El independentismo catalán de carácter violento, como pasó en su día con el del País Vasco, cuenta con una cobertura política que trata de minimizar su peligrosidad. A los del norte se les llegó a llamar los «chicos de la gasolina» (Javier Arzallus, presidente del PNV); y a los de Cataluña se les presenta como víctimas de operaciones montadas para criminalizarlos desde el centralismo español. Da igual lo que hagan: que corten vías de comunicación durante horas, con los consiguientes daños económicos; que lancen artefactos contra edificios oficiales; que realicen escraches frente a acuartelamientos de las Fuerzas de Seguridad, en los que habitan decenas de menores de edad, a los que tratan de amedrentar; que persigan por la calle a los políticos «españolistas»; que dibujen dianas con sus nombres...Todo está permitido, ya que desde las propias instituciones se les presenta como unos «patriotas» que reaccionan ante la opresión que sufre el pueblo catalán y, para colmo, les convierten en auténtica «avanzadilla». El problema de «dar cuerda» a estos individuos, de respaldarlos públicamente, es que, de alguna manera, se les empuja a ser cada día más osados, todo dentro del ambiente de fanatización que les caracteriza. Su objetivo, es una obviedad, es hacerse oír, cada día con más fuerza. Pero si no lo consiguen, al menos con los resultados que pretenden, se sienten empujados a dar pasos hacia adelante, en una espiral de violencia. Si no se frena, puede tener resultados fatales para los ciudadanos pacíficos, que son la mayoría. La Guardia Civil de Cataluña realizó ayer un gran servicio para garantizar la paz de todos ellos, en una acción preventiva con el fin de abortar unos planes que, según todos los indicios, estaban en marcha. Invertir ahora la carga de la prueba y culpar a la Benemérita por cumplir con su obligación de mantener el orden y la ley, convierte al que lo hace en cómplice.