La «marea» desinteresada de Colón

Rosa Folch, la madre de Desireé, una de las niñas de Álcasser; los padres de Sandra Palo y el padre de Marta del Castillo, acudieron ayer a la concentración de Colón
Rosa Folch, la madre de Desireé, una de las niñas de Álcasser; los padres de Sandra Palo y el padre de Marta del Castillo, acudieron ayer a la concentración de Colón

En la acera izquierda de Colón, según se baja de Génova, el toldillo de un quiosco retrata una época: «We live in Financial Times». Tiempos financieros, de economías, de cuentas... La «biblia salmón» (y seguramente el quiosquero de Colón) adoptó este lema en 2007, aún durante las vacas gordas. Hoy, a pesar del entorno –las torres, las sedes bancarias, las aseguradoras...–, podría chirriar tanto optimismo «yuppie». Pero todo lo contrario: más que nunca, éstos son tiempos de economías, de cuentas de la vieja, de ingeniería dineraria. Todos miran por y para lo suyo y nadie da duros por pesetas.

En Colón y por todo Madrid, fin de semana tras fin de semana, la gente reclama para sí lo que los políticos, la coyuntura, el viento o lo que quiera que sea se llevó por delante. Los sindicatos defienden con uñas su estatus, los maestros su jornal, los desahuciados su casa, los preferentistas su jubilación... Son tiempos financieros; cada cual mira a su bolsillo.

A las 11 de la mañana ya eran más de uno, de dos y de mil los que se arracimaban en torno al quiosco de Colón. A ojo, no más del 5 por ciento de ellos –y de los miles que se juntaron luego– han visto de cerca el horror azotar al vecino, el padre o el hermano. No saben, más que por empatía, lo que es levantar de las rodillas el cuerpo barbarizado de un compañero, sentir a diario el tiro en la nuca que le dieron a uno a cuenta de su padre o de su primo o enterrar el cadáver mancillado de una hija. Los manifestantes de ayer no pedían para ellos, lisa y llanamente porque pedían un intangible, algo que ni se compra ni se vende: Justicia. Una «marea» descastada, desinteresada, altruista, gratuita...

Mientras, a escasos metros, batas blancas y sindicalistas se unían velando por lo suyo en Cibeles, como vienen haciendo de un tiempo a esta parte (y nadie duda de su derecho). Por un momento, ambas «mareas» se rozaron, pero la cosa no podía confluir hacia nada. Es más, aquello chirrió y la política (los intereses, las castas, las cuentas...) entraron de mala manera en lo que aspiraba a ser exclusivamente una reivindicación de la memoria y la justicia. La vida y el bolsillo no cotizan en la misma balanza, por más que nos duela el segundo.

La «Parot» de Antonio

«No soltéis a Barrabás», exigía una pancarta mientras un grupo de señoras de Logroño se apeaba de un autobús improvisado, pues, a diferencia de otras ocasiones, la manifestación de ayer surgió de manera visceral tras conocerse el desenlace de la «Parot». Al dolor de las víctimas se sumaron, sin apenas tiempo para logística, miles de «indignados» a los que aqueja un dolor ajeno: el de Mari Mar Blanco o Ángeles Pedraza, el de Ángeles Casasola o Ana Díaz, pero también el de Antonio del Castillo o la madre de Sandra Palo, representantes de la «otra Parot», la de los violadores y los asesinos desalmados.

El agradecimiento de las víctimas hacia el apoyo recibido por estos espontáneos altruistas centró más de un discurso ayer en Colón. Pues las víctimas se bastan para sostener ellas solas la memoria, pero únicamente la complicidad de la sociedad puede mantener vivo el recuerdo frente a futuras amenazas y redirigir el presente hacia el cumplimiento íntegro de la justicia. «No permitiremos que blanqueen su historial», claman.

Sólo la lejanía comulga con el olvido: de ahí que la sentencia que vacía de históricos etarras las cárceles haya venido de Estrasburgo, a 1.640 kilómetros de la plaza de Colón y un poco menos del corazón del País Vasco; de ahí que alejarse moral, física o éticamente de los que dejaron su vida por no se sabe bien qué tierras de Utopía permita olvidar los crímenes y, por tanto, ayude a los terroristas a reescribir la historia de este país. «No queremos venganza, sólo justicia». Así es: la venganza es el saldo de una cuenta, el cobro de la minuta; la justicia, en cambio, es dejar claro que el dinero (la vida) es tuyo... y te lo birlaron.