La narcociudad de La Línea

Los traficantes de hachís han convertido los barrios en «zonas de confort» donde «Los Pantojos» o «Los Castaños» imponen su ley

Uno de los fusiles de asalto que portan los narcotraficantes de la Línea
Uno de los fusiles de asalto que portan los narcotraficantes de la Línea

Los traficantes de hachís han convertido los barrios en «zonas de confort» donde «Los Pantojos» o «Los Castaños» imponen su ley.

El problema es claro: los malos tienen más medios que los buenos y, lógicamente, van por delante. Así resume un especialista la situación que se da en La Línea de la Concepción y Algeciras, con el problema del narcotráfico de hachís desde Marruecos. Se ha convertido en un mal endémico, del que viven miles de personas y que aporta a la zona una fuente de ingresos, de la que se benefician unos pocos pero que, progresivamente (porque el problema va a más) impregna cada día a otros sectores de la sociedad.

Los narcotraficantes están agrupados en unas 15 bandas, varias de las cuales tienen más de 60 integrantes. Pero cuentan con cientos de colaboradores. Entre las más «renombradas» están las de «Los Castaños» y «Los Pantoja», algunos de cuyos miembros están en búsqueda y captura. «Sabemos que a veces están aquí en territorio español, y cuando huelen el peligro de ser detenidos, se van en una de sus lanchas rápidas a Marruecos, en un viaje que dura poco más de dos horas», dicen expertos consultados por LA RAZÓN. Hay otros clanes, tan peligrosos como los citados, pero no se les nombra por razones operativas.

900 euros el «duro»

El narcotráfico en el Campo de Gibraltar no tiene nada que ver con el de hace diez años. La crisis económica, que en la zona tuvo especial incidencia, hizo que los delincuentes, mientras se producía una cierta dejadez por parte de las autoridades, aprovecharan para perfeccionar sus métodos, infraestructuras y su seguridad.

Lo primero que hay que subrayar, según las citadas fuentes, es que es un delito que no está suficientemente castigado. Los narcos viven convencidos de que nunca los van a coger, pero que si eso ocurre, con los equipos de abogados y lo ilícitos que se les logren imputar, pueden estar unos tres años en la cárcel. Con el dinero que se gana merece la pena el riesgo. Detrás de todo esto está el negocio del hachís, que en la costa española se cotiza a 900 euros el «duro», de mayor pureza, y a 1.200 el polen. Ya en otras partes de Europa, el precio alcanza los 4.000 euros por kilo.

En segundo lugar, los narcos se dieron cuenta que era el momento de perfeccionar los métodos, tanto materiales como de actuación. Recientemente, fue descubierto un sistema de radares para detectar los movimientos policiales. En las zonas en las que actúan, cuentan con decenas de individuos que desde lugares estratégicos realizan esas mismas vigilancias; otros fotografían las matrículas de cualquier coche sospechoso de pertenecer a las Fuerzas de Seguridad del Estado y pasan las imágenes por redes privadas al tiempo que dan aviso de lo que ocurre. Si los coches van en solitario, llaman a otros compinches y los apedrean. Esto ocurre sobre todo en los barrios de La Atunara y San Bernardo de la Línea. Los desembarcos de las lanchas dotadas de tres potentes motores fuera borda, denominadas popularmente «gomas», unos diez cada día, son preparados minuciosamente. A los vigilantes desde las azoteas se unen numerosos motoristas que recorren la costa para descubrir la presencia policial. Una vez declarada la zona «limpia», se produce el desembarco.

En las cercanías hay uno o dos todo terreno de gran potencia, robados por los narcos, cuya misión es embestir a los coches policiales en caso de que aparezcan y propiciar que puedan completar la descarga y la huida.

Conforme pasan los meses, crece la agresividad. Ahora, algo impensable hace años, llevan armas, incluso fusiles de asalto Kalashnikov, lo que justifican para no ser robados por bandas de la competencia. Pero en cualquier momento, el objetivo de un disparo puede ser un Policía y entonces vendrán las lamentaciones.

La droga va a parar a «guarderías» y las lanchas, si no emprenden rápido regreso a Marruecos, a naves del mismo Campo de Gibraltar; o son fondeadas en los puertos de la zona, ya que están legalizadas como embarcaciones deportivas para la alta velocidad. Que no hayan participado en ninguna competición, parece que es un detalle sin importancia por lo que los expertos que consultó este periódico recomiendan que sea dictada una legislación que prohíba su uso. Una vez dotadas de aparatos de telefonía, navegación, radio, GPS, etcétera, cada lancha cuesta 200.000 euros.

Los años de la crisis han permitido a los narcotraficantes convertir en «zonas de confort», controladas por ellos, determinados enclaves de los barrios de La Atunara y San Bernardo.

A este respecto, los expertos subrayan la necesidad de destinar más efectivos de Policía y Guardia Civil al Campo de Gibraltar (300 y 300, que incluyan refuerzo de las unidades de información y creación de nuevas compañías de intervención) para acabar con estas «zonas de confort» y que los narcotraficantes tengan que buscar otros lugares de desembarque donde sea más fácil detenerles.

Lo que no puede ser es que para entrar en esas zonas haya que hacerlo con una «legión» de efectivos, ya que, en caso contrario, la respuesta con pedradas o choques provocados está garantizada. Además, hay que tener medios técnicos superiores a los de los malos y prohibir las «gomas» de alta velocidad.

Testaferros

En este ambiente, no es de extrañar que se produzcan hechos inauditos como el «rescate» de un narco por parte de un grupo de 20 encapuchados mientras, protegido por la Policía, le atendían en un hospital; o el robo de una narcolancha de un depósito judicial en Conil de la Frontera. Son dos pruebas de la existencia de las «zonas de confort» con las que hay que acabar y del «poderío» de los narcotraficantes... Además, está el problema social de unas localidades en la que hay mucho paro.

Las autoridades tienen que darse cuenta –agregan los expertos–que el joven que da el paso para unirse a las bandas no tiene vuelta atrás posible, por lo que será un delincuente toda su vida. Los narcos cuentan con testaferros para lavar el dinero. La cercana Gibraltar u otros paraísos fiscales, aunque hayan sido usados en algunos casos, no son los preferidos. Concesionarios de coches, agencias de viajes, inmuebles, comercios, etcétera, son adquiridos a través de estos testaferros.

En los barrios en los que se asientan, los malos imponen su marca. Se ganan a la población mediante regalos y favores con lo que garantizan la ley del silencio. A lo que no renuncian es a la ostentación.