Lluís Llach: «La estaca» opresora

La última polémica de Lluís Llach es un buen ejemplo de artista que se lanza a político de manera un tanto cándida y se mete en trifulcas para las que no está preparado.

Lluís Llach tenía 20 años cuando compuso «La Estaca», ahora a sus 69 años es diputado de Juntos por el Sí
Lluís Llach tenía 20 años cuando compuso «La Estaca», ahora a sus 69 años es diputado de Juntos por el Sí

La última polémica de Lluís Llach es un buen ejemplo de artista que se lanza a político de manera un tanto cándida y se mete en trifulcas para las que no está preparado.

Hoy en día, los principales intermediarios entre la realidad y el público son los periodistas y los políticos. La realidad del mundo moderno es muy compleja y hay que intentar explicarla con prudencia, no simplificándola apresuradamente. Se requiere cierta habilidad para no meterse en ninguno de los innumerables charcos y jardines de la actual política española. Y no somos los músicos precisamente los más capacitados para desempeñar esa tarea. Las preguntas de la gente en los mítines públicos te pueden llevar a laberintos dialécticos mucho más complicados que cualquier armonía de séptima aumentada. El artista que se lanza de una manera un tanto cándida a político, se mete muchas veces en trifulcas para las que probablemente no está preparado. Eso es lo que parece haberle sucedido con sus desafortunadas declaraciones a Lluís Llach.

Dudo que haya sido una verdadera vocación política lo que ha llevado a Llach a sentarse en un escaño. Más bien parece una especie de inquietud social –o lo que él siente como tal– que debería realizarse a través de un proyecto soñado. Su falta de preparación jurídica le ha perjudicado, porque para explicar la compleja verdad a sus votantes les tendría que haber dicho de entrada que cualquier ley de desconexión será recurrida por el Constitucional, quedando mientras tanto suspendida, con lo cual el panorama que quería pintar en sus declaraciones nunca podrá darse.

Un día, uno dice una de esas cosas que suenan, fuera de contexto, a amenaza, a supremacismo, a cosa fea. Y los medios empiezan a rebotarlo consiguiendo que el olor a hez te persiga toda la vida. Lo cual es injusto. Porque Lluís Llach no tiene ni cuernos, ni rabo, ni debe ser satanizado a estas alturas. Pero lo terrible es el fondo inquietante que late en esos ingenuos patinazos. Lo peor es la manera cómo esos deslices visualizan el enojoso semillero de imposición, de falta de respeto, que sólo pueden generar en el fondo del cerebro ese tipo de pensamientos. Ideas que por un momento nos parecen generales y vulgares, hasta que se psicoanalizan de pie.

De hecho, la imprudencia verbal de Llach, es una buena muestra de lo que el proceso independentista les está haciendo a muchos de mis paisanos catalanes. Algo que quería empezar como simpático proyecto de libertad se ha degradado ante la realidad y, al verse estresado por las exigencias de ésta, muestra una lúgubre voluntad de imposición y coerción. Finalmente, no ha beneficiado moralmente al propio autor que «La Estaca» pasara de convertirse de canción protesta a himno litúrgico. Su propio himno al cruzarse con sus desafortunadas declaraciones le convierte a él, de cara a un gran número de público, en esa misma Estaca opresora, en el gran inquisidor. Y le sucede justo cuando envejecemos, que es cuando se nos pone cara de feos y malos. Eso puede llevar a que las jóvenes generaciones lo vean únicamente como un tipo siniestro, un mandamás huidizo. Flaco favor le hace Puigdemont cuando, para defenderlo, recuerda el pasado en que el cantautor fue reprimido y sancionado. Por culpa de esa defensa, quién no conoce bien el asunto podría pensar que lo qué mueve a Llach es el rencor y el deseo de revancha. Y no hay tal.

Lluís Llach ha sido un escritor de grandes canciones populares, perjudicado quizá porque la ideología ambiente que le rodeaba necesitaba convencerle que estaba destinado a escribir grandes obras musicales contemporáneas de calado histórico. Escribió «La Estaca», que se convirtió en himno de liberación en muchos países, sin saber apenas quien la había compuesto. Escribió «La Gallineta», que fue la primera coda musical al motivo, tan difundido posteriormente de «España nos roba». Musicó también a Cavafis en «Viaje a Itaca» (una buena canción pop inflada quizá con arreglos orquestales banales) y lo hizo interpretando los primeros versos en clave independentista soterrada. De una manera oblicua, identificaba el periplo vital de autoconocimiento, común a todo humano, con la búsqueda de una patria y una nación catalana. Pero también escribió pequeñas y preciosas joyas de la música popular como «Barco de Grecia» o «Hace falta que nazcan flores cada instante». Quizá es ese el Llach más sintético, más antipedante; el más valioso.

Lo cierto es que partió a Itaca hace muchos años sólo con un mapa del Mediterráneo y posiblemente, cuando el proceso independentista ha tenido que adentrarse en océanos más grandes, ha extraviado la carta de navegación, la brújula y el sextante. Alguien que ha hecho tan controvertida interpretación hermenéutica de Cavafis creo que se puede entender perfectamente que andará marcado por ella toda la vida. Es lo que tenemos los artistas, que muchas veces terminamos devorados por nuestras propias creaciones. O, más bien, por la mitología en torno al autor que ellas mismas han creado entre el público.

Lo triste de toda la situación es que mucha gente que antes lo respetaba está empezando a cogerle manía y ese Llach que se sube ahora a un escenario para dar explicaciones políticas sonrojantes puede hacer olvidar al que se subía para emocionar con canciones. De ahí a pensar que nos hallamos ante el enésimo caso de final de trayecto creativo sólo hay un paso que la demagogia y el populismo suelen dar con facilidad. Esperemos que, cuando el catalanismo despierte y se aperciba de ese hecho, no vayan a pensar que tienen que hacer algo al respecto, y sólo se les ocurra la enésima operación promocional respaldada con medios públicos regionales, es decir, con dinero de todos, incluidos los impuestos de los funcionarios a los que ha inquietado. El descrédito ha de combatirse con iniciativas individuales, no con promoción de fondos públicos.