Los pactos radicales con Podemos dividen al PSOE

Veteranos del partido advierten del riesgo que conlleva para la estabilidad de España y para la supervivencia del PSOE pactar con la formación de Iglesias, que amenaza su hegemonía en el espectro ideológico de la izquierda

Históricos del partido alertan a Sánchez de que los acuerdos arriesgan la estabilidad de España. La federación andaluza cree que pueden sufrir un batacazo en las generales si se sigue esta política

Mucho han cambiado las cosas desde el primer Comité Federal que presidió Pedro Sánchez como secretario general del PSOE. Allá por septiembre de 2014, el nuevo líder, llamado a ser un revulsivo para el partido, dirigió su primer discurso a las huestes socialistas con una encendida intervención en la que el blanco de todas sus críticas fue la formación de Pablo Iglesias. Entonces, el sector andaluz salió al paso de sus declaraciones, sin querer sumarse al apelativo de «populistas» con el que les definía Sánchez, y sin cerrar la puerta de antemano a las posibles alianzas que pudieran forjarse tras las elecciones. Hoy el escenario es el inverso y del «no pactaremos ni con populares ni con populistas» ya no queda nada, pues el partido se divide entre alinearse con unos o con otros.

El PSOE ha sufrido una notable evolución en su estrategia postelectoral que no permite, sin embargo, unificar doctrina dentro del partido. Quienes antes se mostraban favorables a escuchar a Pablo Iglesias, reniegan ahora del «frentismo» al que aboca a los socialistas. La presidenta en funciones Susana Díaz defiende que su formación no puede ser «pasarela» para que Podemos toque poder y se inclina por dejar hacer a los populares en ayuntamientos cómo el de Cádiz, Málaga o Jerez, si a cambio ellos se abstienen en su investidura. «Más vale malo conocido que bueno por conocer». La tesis contraria la defiende, cómo no, el secretario general del PSOE, empeñado en desalojar al PP de las instituciones aunque para ello tenga que ir de la mano de quienes aspiran, a su vez, a desalojarles a ellos como referente de la izquierda. Así las cosas, Sánchez afronta una decisiva disyuntiva: conquistar poder territorial para su partido, aunque esto entrañe el grave riesgo de ceder a Podemos la hegemonía de partido de la oposición.

«El PSOE está en una encrucijada. Si pacta con el PP, se hunde el partido y si pacta con Podemos, se hunde España». Esta frase, atribuida al ex secretario general Alfredo Pérez Rubalcaba, expresa a la perfección el dilema que encaran los socialistas a cinco meses de las elecciones generales. Para afrontar este espacio temporal sin quemar sus recursos ni su credibilidad de cara al electorado, Sánchez ha trasladado la responsabilidad y la asunción de los pactos a sus barones territoriales. Los dirigentes regionales tendrán libertad, bajo los estándares que marca Ferraz, para forjar con independencia sus alianzas, atendiendo al principio de «lealtad» al proyecto socialista y a las circunstancias que marque el devenir de cada comunidad. Con la pelota en el tejado autonómico, los barones muestran cautela, no les ciega el poder territorial, que aspiran a consolidar con alianzas residuales. La tesis generalizada es que optarán por «acuerdos de investidura» con fuerzas de izquierda y abrirán los «pactos de gobernabilidad» a todas las opciones políticas, pues el objetivo es «para qué pactamos» y no «con quién» lo hacemos. En este sentido, la aspiración de candidatos como Javier Fernández –Asturias–, Guillermo Fernández Vara –Extremadura– o Emiliano García-Page –Castilla- La Mancha– es gobernar en minoría con apoyos puntuales hasta noviembre. «Es lo más razonable a la espera de las elecciones generales», comenta uno de ellos. Todos coinciden en que no gobernarán «a cualquier precio» y que sólo «harán renuncias sensatas» con el objetivo de formar «mayorías de progreso» que permitan ejecutivos estables. «Buscaremos pactos de Estado», reconoce Javier Fernández.

El PSOE es consciente de que en estas elecciones ostenta una posición de fuerza dentro de la izquierda, por ser la formación de este espectro político con más representación. «¿Tú ves a Podemos permitiendo que gobierne el PP en Castilla-La Mancha?», comenta un dirigente, sabedor de que en ciertas plazas los de Iglesias sólo pueden apoyarles si quieren acabar con la hegemonía popular. Este patrón no se reproduce en otros territorios como Aragón y la Comunidad Valenciana, donde Podemos mantiene un pulso abierto por el poder con el PSOE a pesar de no encontrarse en igualdad de condiciones, en cuanto a respaldo electoral. Aunque eviten quemarse en alianzas previas a las generales, existen voces dentro del partido que critican la estrategia de Sánchez con Podemos. Este sector, que también afea el excesivo triunfalismo con el que se han gestionado los datos de las últimas elecciones, entiende que el líder del PSOE no está siendo hábil en sus negociaciones con Pablo Iglesias. «No podemos entregar gratis Madrid», reconoce un ex dirigente a LA RAZÓN, preocupado por que el apoyo que Antonio Miguel Carmona proporcione a Manuela Carmena no tenga una contrapartida en otros territorios como Andalucía, donde Podemos obstaculiza desde hace meses la investidura de Susana Díaz. «Pablo está siendo más listo y como nos descuidemos nos van a comer la merienda», se lamenta.

Este planteamiento casa con la «preocupación» que desde el Gobierno sienten por lo que consideran una «deriva» del principal partido de la oposición hacia la izquierda radical. El jefe del Ejecutivo, Mariano Rajoy, que acusó a Sánchez de «sectarismo», entiende que el objetivo de los socialistas de formar «gobiernos progresistas», excluyendo de ellos al PP, daña los intereses de Españapor ser «profundamente antidemocrático».

Esta dualidad de opiniones no se limita únicamente a los dirigentes y cuadros medios del partido, también las bases están divididas ante el camino que tome el PSOE en los próximos meses. Para muestra, dos escenas vividas durante el Comité Federal del pasado 30 de mayo. Eustaquio, un nonagenario afincado en Pozuelo, cogió un autobús y caminó desde la plaza de España hasta Ferraz para mostrar a Sánchez su disconformidad por que el partido pacte con el PP –una información que dijo haber escuchado en la radio–. El líder del PSOE abandonó el cónclave socialista durante unos minutos para asegurar a este veterano militante que «con la derecha no pactaría nunca y que por gente como usted, les ganaremos en las próximas elecciones». Poco después de que Eustaquio abandonase la sede federal, otro simpatizante que transitaba frente a la misma, profirió al diputado vasco Eduardo Madina una serie de improperios ante la posibilidad de que los socialistas se alíen en algunas plazas con la formación de Pablo Iglesias: «Traidores, dijeron que no pactarían con Podemos y ahora mira».

El debate está servido y el objetivo es claro. El PSOE busca consolidarse como primera fuerza de la izquierda y volver a serlo también a nivel nacional. El éxito o el fracaso dependerá de lo certeros que sean los pasos y los pactos, en este sentido, de aquí a las elecciones generales. La encrucijada reside en la supervivencia del PSOE o en la estabilidad de España.