Los tres minutos más largos de Doña Cristina

Doña Cristina aguantó con entereza, sentada entre los acusados, la sucesión de fotos antes de comenzar el juicio

La Infanta llegó la primera a la sede del tribunal, junto a sus abogados, a la par que Iñaki Urdangarín y su letrado.
La Infanta llegó la primera a la sede del tribunal, junto a sus abogados, a la par que Iñaki Urdangarín y su letrado.

Doña Cristina aguantó con entereza, sentada entre los acusados, la sucesión de fotos antes de comenzar el juicio.

Durante esos tres minutos largos (tres y treinta segundos, apuntó después una compañera reloj en mano), únicamente se escuchaban en la sala de vistas los sucesivos disparos de las tres cámaras de fotos de la Agencia Efe encargadas de captar las únicas imágenes que perdurarán de la primera sesión del juicio del «caso Nóos». Sentada en la última fila, como estaba previsto, Doña Cristina aguantó el tipo sin pestañear, mirada al frente, en uno de los momentos más duros de su vida, aunque la ausencia de gestos no denotase el mal trago. La Infanta, curtida en miles de actos oficiales, mantuvo la compostura en todo momento e, impasible, siguió los pormenores de la vista oral a través de la pantalla de plasma que tenía situada a su izquierda.

Llegó la primera a la sede del tribunal, junto a sus abogados, a la par que Iñaki Urdangarín y su letrado, y juntos entraron en la sala de vistas pasadas las nueve de la mañana, tras esperar casi tres cuartos de hora en una estancia contigua reservada a los acusados y a las defensas. A su derecha ya estaban sentados los 17 periodistas que iban a seguir el juicio a escasos tres metros de ella. En ningún momento desvió la mirada hacia ese flanco derecho.

Sentada con las manos juntas sobre las piernas permaneció toda la sesión, con un fular al cuello (que se quitó en el primer receso por el tremendo calor que hacía en la sala hasta que el aire acondicionado ahuyentó los sofocos) y el bolso debajo de su asiento. Seguramente se fijó muy pronto en el retrato de su hermano, Felipe VI, situado justo enfrente, detrás del tribunal.

Nada más llegar, intercambió unas palabras de cortesía con Salvador Trinxet, el ex asesor fiscal del Instituto Nóos, que se sentaba a su izquierda. Nada especial. Tres asientos más allá, su marido departía unos minutos con su antiguo socio Diego Torres, quien no se ha cansado de aportar correos electrónicos a la causa, a través de su abogado, para intentar comprometer la posición procesal de Urdangarín y su esposa.

Muy seria, con un maquillaje mínimo, parece tranquila cuando la presidenta del tribunal declara el comienzo de la vista, una vez pasado el suplicio de la sesión fotográfica y tras unos minutos de calma chicha a la espera de la llegada de un letrado rezagado. Sin pestañear, escucha las acusaciones que le imputa Manos Limpias y los ocho años de cárcel que pide para ella, al igual que han hecho antes los demás procesados. Un metro por delante, a su derecha, un policía está sentado durante toda la vista junto a Miguel Ángel Bonet, ex responsable del departamento jurídico del Instituto Balear de Turismo (Ibatur), el único acusado en prisión (en su caso, por otra causa), tal y como marca el protocolo penitenciario.

Mirando al frente, impertérrita, no descuida ni una leve mueca a medida que las horas se suceden. El primer receso le da un respiro. A la vuelta, veinte minutos después, intercambia unas palabras con el ex vicealcalde de Valencia Alfonso Grau, que se sienta junto a Trinxet, y le coloca bien la chaqueta sobre el respaldo de la silla a la ex responsable de Madrid 2016 Mercedes Coghen, a quien tiene delante junto a la esposa de Diego Torres, con la que en ningún momento habla.

Casi a las tres de la tarde, aprovechando el parón para comer, Doña Cristina abandona la sala de vistas junto a su esposo. El tribunal anuncia la reanudación para las cuatro y media. Dos minutos antes está sentada en su sitio esperando la llegada de las magistradas. La sesión vespertina, con la interminable sucesión de peticiones de prueba y los pronunciamientos de las partes, resulta anodina, pero Doña Cristina mantiene el tipo como si apenas llevase unos minutos en la sala. Las horas se suceden y, con idéntica disciplina, escucha cómo el tribunal da el visto bueno a que los acusados puedan ausentarse del juicio desde finales de febrero hasta su conclusión, cuando deban ejercer su derecho a la última palabra. Es una buena noticia, pero tampoco ahora deja traslucir gesto alguno que denote su estado de ánimo.