Madrid: a la espera del tándem perfecto

Dos nombres brillan con luz propia para presidir el Partido Popular madrileño: Soraya Sáenz de Santamaría y Pablo Casado. «Ahora no podemos cometer un solo error con el sucesor», reconocen dirigentes de Génova.

Casado y Sáenz de Santamaría irán al acto de Sol
Casado y Sáenz de Santamaría irán al acto de Sol

Dos nombres brillan con luz propia para presidir el Partido Popular madrileño: Soraya Saénz de Santamaría y Pablo Casado. «Ahora no podemos cometer un solo error con el sucesor», reconocen dirigentes de Génova.

La frase corre ya como la pólvora por todos los sectores del Partido Popular madrileño: «Es el cambio y el tándem perfecto». Destinatarios, Soraya y Pablo, un dúo que genera ilusión tras una semana de lacerante infarto, en medio de incertidumbres, quinielas y apuestas varias. Un veterano dirigente de la organización más poderosa del partido define muy bien la situación. El «cifuentismo» sólo existió en las prebendas del Gobierno de la Comunidad, pero en la estructura de un PP fuertemente jerárquico, en los distritos municipales donde de verdad se cuece la política y se cautiva el vecino, voto a voto, el «marianismo» prevalece. Quiere ello decir que las órdenes de Génova trece se asumen sin rechistar y que a los coletazos, con nombres incluidos, de la ya fuera de juego Cristina Cifuentes, les quedan días. «Necesitamos líderes con prestigio, solvencia y experiencia». Es el mensaje que estos días lanzan los presidentes de distritos en Madrid, el mayor caladero de electores a la dirección nacional de un partido que, en palabras de Mariano Rajoy, inicia una nueva etapa.

Ante el fuerte morbo que hoy despierta la tradicional recepción en la Puerta del Sol, con una presidenta que ya es historia, un sucesor en funciones, y las encuestas en el revuelo, dos nombres brillan con luz propia: Soraya Sáenz de Santamaría y Pablo Casado. Nadie sabe si por intereses espúreos o por otros motivos aireados cada día más, lo cierto es que ambos representan una imagen limpia e ilusionante para los suyos. Y tal vez, incluso para otros, porque de las encuestas en Génova no se fían ni un pelo. «Estamos así sin candidatos, habrá que ver cómo remontamos cuando los tengamos», dicen altos dirigentes del PP expertos en la «cocina» demoscópica. Niegan, muy convencidos, ese divulgado «sorpasso» de Ciudadanos, comparado con el que su día tuvo Podemos, que amenazaba con liderar por completo la izquierda, y cayó después en picado. Una cosa es anunciar qué se vota, y otra bien distinta, votar en la urna. Del dicho al hecho media un trecho.

Según fuentes del PP madrileño, todo un movimiento de base, desde los distritos locales, se ha puesto en marcha en estos últimos días. Y han trasladado un mensaje muy claro a la dirección nacional: el «cifuentismo» es ya historia, el «marianismo» está vigente. En las bases se ven muy bien los nombres de Soraya Sáenz de Santamaría y Pablo Casado para esta nueva etapa, junto al del actual portavoz del grupo parlamentario en la Asamblea madrileña, Enrique Ossorio. Un perfil discreto de un hombre que ya fue consejero de Economía con Ignacio González, pero que despierta bastantes menos recelos que otros «cifuentistas» acreditados como Ángel Garrido, Rosalía Gonzalo o Jaime González Taboada. «Ahora no podemos cometer un solo error», reconocen dirigentes de Génova al analizar con lupa hasta el paroxismo cualquier figura sucesoria.

El PP, en este Dos de Mayo morboso, intenso y atípico, saca pecho frente a Ciudadanos. «La gente se desengaña con quien no ha gobernado nunca», advierten frente a los vaivenes de la formación naranja de Albert Rivera. Y defienden su banquillo, a expensas de lo que finalmente decida Mariano Rajoy. Soraya Sáenz de Santamaría acude este año a la recepción de la Real Casa de Correos sin variar su agenda, como siempre lo ha hecho desde que es diputada por Madrid. Desde que llegó a la Vicepresidencia del Gobierno todos en el círculo interior del líder del PP daban por sentado que era un valor en alza. Esta mujer menuda, muy inquieta, sagaz, vitalista, simpática y con enorme capacidad de trabajo, se ganó desde el primer momento la confianza de su jefe. Corría el año dos mil y Soraya empezó a hacerse con las riendas de la Administración Pública, que nunca ha dejado. Pablo Casado, el joven que trabajó con Aznar y se integró después en el «marianismo puro, ha sabido superar en las últimas semanas con creces los coletazos no ya de un fuego amigo, sino las antorchas, candentes e interesadas, de una noche de cuchillos largos».

Buena gestión, limpieza, experiencia y ganas de patearse los barrios sin descanso. Madrid no está para bromas de artificio y el PP quiere levantar cabeza. Las encuestas no les preocupan más allá de la inmediatez de un momento caliente, sin candidatos, frente a lo que ellos llaman «sonrisas de marketing». ¿Hacen algo el señor Aguado y la señora Villacís aparte de reírse ante una cámara?, advierten en la cúpula del PP madrileño. ¿Dónde acreditan su buena gestión de gobierno?, añaden con cierta saña. Hoy es la fiesta grande madrileña y los rumores están servidos. Mariano Rajoy, fiel a su estilo de templanza, ha pasado el fin de semana entre los escarpados desfiladeros de Ronda y la sobriedad del norte burgalés. Sabido es que sus buenas caminatas le despejan la mente y a buen seguro tiene ya clara su apuesta.

Una buena mezcla para meditar y no cometer errores que sus millones de votantes, ahora muchos ocultos por las últimas vergüenzas tan pésimamente gestionadas, no le perdonarían. Es lo que desde Moncloa y Génova transmiten: un voto claramente escondido, entre los rescoldos del escándalo Cifuentes, unas encuestas engañosas porque no existen, de momento, candidatos. Bajo los lienzos de Goya y la historia de un Madrid político ahora convulsionado, todos a la espera del tándem perfecto.