España ahoga los pitos al Rey

Los aplausos al himno vencen a los abucheos al Rey en la final de la Copa en el Calderón. Las banderas españolas y las sevillistas primaron sobre las «esteladas» tras la polémica sobre la prohibición de los símbolos independentistas

Los aplausos al himno vencieron a los abucheos en la final de la Copa, donde cientos de aficionados mostraron la bandera nacional tras la polémica por la prohibición de las esteladas.

La final de la Copa del Rey se jugaba en el césped del Calderón pero también, lamentablemente, en el campo embarrado de la política. Desde hace un lustro, tal vez algo más, el Barcelona se ha tomado en serio el viejo apotegma de Vázquez Montalbán, cuando definió al club como «el ejército desarmado de Cataluña» y sus dirigentes lo han puesto impúdicamente al servicio de la causa nacionalista. Su rival, el Sevilla, está por completo despolitizado pero fue premiado hace unos años por la Asociación de Defensa de la Nación Española por jugar en el Camp Nou con una bandera española bien visible en su equipación.

Lo real y lo visible son dos universos distintos en un evento tan expuesto mediáticamente con un partido de fútbol. Una cosa es lo que se ve por televisión, o sea, y otra la que se percibe en los alrededores del estadio. Dos horas antes del comienzo, los aficionados confraternizan en perfecta armonía y el observador detallista puede contar, entre los culés, más banderas de España que «esteladas». No en vano, el barcelonismo es una fe con vocación universal y ni siquiera la miseria provinciana de sus dirigentes actuales arredra a los aficionados de Badajoz, Ceuta –con sus banderas autónomas blanquinegras– o de Qatar, sí, porque hasta grupitos de hinchas con chilaba, turbante y bufanda azulgrana palpaban el ambiente previo en el bar «El doblete».

Sin cámaras delante, es decir, a nadie le importaba una higa el circo de las banderas y lo más noticiable al respecto fue el pareado compuesto en el AVE por la infantería sevillista, coreado luego por las dos aficiones al unísono en la Plaza Mayor: «Menos “estelada” y más Cruzcampo helada». Pero la causa del separatismo maneja recursos casi ilimitados, a costa por ejemplo de minucias como la atención primaria en los hospitales catalanes, y sus agentes se preocuparon por sembrar de enseñas con estrella la mitad barcelonista del estadio. ¿Cómo? Por el sencillo procedimiento de repartir banderas, de modo que la realidad (la indiferencia total por la polémica) quedase sepultada por las imágenes de televisión emitidas a más de cien países. Así se escribe la historia.

El esperado momento de la Marcha Real fue bien resuelto con habilidad por la organización, decidida a que no se repitiera el bochorno del pasado año. Es cierto que medio estadio, la zona blanquirroja, acompañó los sones del Himno con el clásico «lolololo» y la otra mitad se dividió entre el respetuoso silencio y la pitada pero la tecnología pudo más: vencieron los miles de decibelios que tronaban por los altavoces. Una letra habría ahorrado problemas pero casi nadie se acuerda de la escrita por Pemán y además, el personal estaba más por cantar el «sevillista seré hasta la muerte» de El Arrebato.

Con una megafonía a volumen normal, tampoco se habría impuesto la silbatina, pese a que por definición es siempre más ruidosa. Sucede que el sevillismo, con una leve superioridad numérica, es una afición menos aburguesada que la barcelonista: el Barça juega varias finales al año y su gente se toma estas ocasiones como una (maravillosa) rutina. En el Sevilla, un habituado a la gloria en la última década, cunde la certeza de que esta era dorada pasará y sus hinchas disfrutan de cada momento como el condenado a muerte de su última cena. Si 7.000 sevillistas silenciaron al triple de ingleses el miércoles en Basilea, medio Vicente Calderón tenía claro que este partido, en la grada, se iba a ganar por goleada.

Y luego está el tema de las sensibilidades. El minuto 17 con 14 segundos, cuyos dígitos componen el año de la Diada, los barcelonistas prorrumpen cada partido en gritos de «in-de-pen-den-cia», recogidos ayer por la grada de enfrente con una total indiferencia. Tampoco se escuchó mucho, a decir verdad. Poco después, porque en Cataluña también existe la guasa, comenzaron los culés a cantar «mucho Betis eh», lo que el sevillismo se tomó como una intolerable provocación. Ahí sí reaccionaron como una sola alma, tirando de Manolo Escobar para rememorar su imperecedero «Que viva España», que no sonaba en un estadio desde que Kubala jugaba en juveniles. También se atrevieron unos cuantos con el más actual «yo soy español», poco seguido por el sector radical, que prefirió entonar el himno de Andalucía en versión nacionalista: cambiando en el estribillo la palabra «España» por «los pueblos». Como dijo Rafael el Gallo, «hay gente “pa’ tó».

Pese a lo relatado, la sensación es que los aficionados al fútbol son en general ajenos a otras lides. Diego Maradona, el más grande de todos los tiempos, hizo en una ocasión un ruego: «No manchen la pelota». Ayer, 55.000 espectadores fueron al Vicente Calderón a gozar y sufrir con su equipo. Lo demás, a despecho de quienes se empeñan en usarlo para sus fines bastardos, les daba muy igual.