Política

Moncloa maneja encuestas que dan al PSOE 145 escaños si repiten las elecciones

Pedro Sánchez empieza a parecerse a Mariano Rajoy, a quien los propios socialistas reprochaban su proverbial «cachaza» política.

Pedro Sánchez empieza a parecerse a Mariano Rajoy, a quien los propios socialistas reprochaban su proverbial «cachaza» política.

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Los cálculos partidistas, las maniobras tácticas, los globos sonda, los movimientos de menor cuantía –en definitiva, alargar el tiempo– han llevado a Pedro Sánchez a ser fiel al viejo principio de que quien resiste, gana. En eso, al menos, este presidente empieza a parecerse a Rajoy, a quien los propios socialistas reprochaban su proverbial «cachaza» política. El propio líder del PSOE parece estos días ser un firme exponente de esa vieja máxima del italiano Mario Andreotti sobre las urgencias en política: «El poder desgasta, pero mucho más desgasta la oposición». De momento, el candidato a la investidura, seguro de sus posibilidades –ahora o en octubre– ha decidido no volverle la cara a Iglesias («mantenerle el pulso», tal como se dice desde La Moncloa), haciendo valer que solo a él le dan los números para garantizar la gobernabilidad. El entorno del líder socialista asiste al choque con Iglesias intentando mantener la calma, al menos en apariencia. Pero, claro, la inquietud va por dentro, y crece en proporción directa al miedo a abochornar de nuevo a los españoles de a pie con un regreso en meses a las urnas.

Sin embargo, para el presidente del Gobierno en funciones, según trasladan colaboradores bien informados, «lejos de acabar nada, ahora, de verdad, empieza todo». El plan de Sánchez «sigue su rumbo», afirman. Simple: someterse a la investidura, con o sin respaldos. De hecho, mañana, despejada ya su agenda internacional tras sus viajes a Japón y Bruselas, se reunirá con la presidenta del Congreso de los Diputados, Meritxell Batet, para poner por fin en rojo esa fecha en el calendario. El presidente aparece enrocado con tener un nuevo Gabinete este mismo mes, toda vez –sostienen cercanos – que siempre creyó que este proceso iría más rápido. La actual interinidad sirve para dejar descubiertas sus pocas cartas.

Mientras, en Ferraz son conscientes de que Podemos «está cociéndose en su propia salsa»: creen que Pablo Iglesias terminará por dar marcha atrás. El vértigo de ir a otras elecciones con el sambenito además de haber impedido que arrancase un Gobierno socialista es inaguantable. Demasiado lastre para un partido tan ideologizado haber sido obstáculo para que la izquierda llegue al Gobierno. En 2015 ya tuvo su coste cuando la formación morada estaba «fuerte vitalmente». Ahora sería insalvable para una formación tumbada en el diván. De paso, también se observa por el rabillo del ojo a Albert Rivera y su disidencia interna. En La Moncloa, más allá de frotarse las manos, aspiran a que las sacudidas en el seno de la formación naranja vayan en aumento, sobre todo si los críticos de Rivera se topan con una investidura fallida. En ese caso, las exigencias a su líder para que abriese la puerta a una abstención por responsabilidad de Estado –lo sabe bien el secretario general del PSOE porque las sufrió en sus carnes– serían «insistentes» e «insufribles». Además, para qué andarse con rodeos, Sánchez ni olvida ni perdona a Rivera su última negativa a reunirse con él y más aún que filtrase su portazo. Lejos, por tanto, la reedición del «pacto del abrazo». El PSOE desea hacer pagar al presidente de Ciudadanos el veto que ha impuesto al socialismo.

Entretanto, el equipo presidencial va barajando un buen puñado de fechas para la investidura y preparando papeles para afrontarla, sin dejar de sacar pecho ante unas encuestas internas que catapultarían al PSOE por encima de 145 escaños y situarían al PP moviéndose entre 85 y 90 diputados, con un leve retroceso de Cs, y la debacle de los partidos en los extremos Podemos y de Vox.

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La tentación de forzar las elecciones siempre está presente en el núcleo duro de Sánchez. Sobre todo cuando se ponen sobre la mesa vaticinios tan halagüeños como los que salen de los sondeos, aunque el roto a los españoles, con una nueva convocatoria electoral, fuese descomunal. Pero –confiesan— «las urnas las carga el diablo» y fiarse de las encuestas, cuando a los ciudadanos se les ve cada día más hartos de política después de tanta campaña desde 2015, es casi suicida.

Con todo, entre unas cosas y otras, ha llegado julio. Se han consumido más de dos meses desde que Sánchez venciese en las elecciones del 28-A. Y como dice un importante estratega monclovita: «Se terminó el tiempo para jugar de farol». Ahora toca a cada uno mostrar sus cartas. Buenas o malas.

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