Preparado para la hora del relevo

Ha sido apoyo y sustituto del Rey en su enfermedad y ha tapado los huecos de las Infantas

Don Felipe ha llevado la imagen de la Corona por todo el Mundo. Como jefe de los tres Ejércitos, ha viajado para estar  con los soldados desplazados a conflictos bélicos. Como representante del Estado, trabaja por mantener las buenas relaciones con Iberoamérica y la Unión Europea. Como deportista, acompaña a los combinados nacionales en muchas citas internacionales
Don Felipe ha llevado la imagen de la Corona por todo el Mundo. Como jefe de los tres Ejércitos, ha viajado para estar con los soldados desplazados a conflictos bélicos. Como representante del Estado, trabaja por mantener las buenas relaciones con Iberoamérica y la Unión Europea. Como deportista, acompaña a los combinados nacionales en muchas citas internacionales

Sucedió hace ya quince años. El Príncipe de Asturias se disponía a cumplir 30 años y a «El Semanal», la revista en la que entonces trabajaba, se le ocurrió organizar un encuentro con españoles que, como él, eran de la quinta del 68. En el grupo, bastante singular, había toreros como Manuel Benítez, escritores como Félix Romeo, deportistas como el decatleta Antonio Peñalver, cantantes, periodistas, cocineros, un parado... Algunos conocidos, pero la mayoría no.

Recuerdo que, cuando íbamos en un pequeño autobús, con todos ellos, por los montes de El Pardo, sobre todo las chicas, preguntaban por cuestiones de protocolo, sobre cómo debían tratarlo. Poco podíamos decirles. No sabíamos lo que podía dar de sí aquel encuentro. El tiempo previsto, además, era bastante limitado.

El caso es que llegamos a La Zarzuela, formamos la fila, salió el Príncipe y nos saludó a todos. Posó para foto de familia y pareció que aquello estaba finiquitado. Y fue entonces cuando, roto el protocolo, comenzó un diálogo informal. A Pilar Jurado, que entonces formaba parte del coro del Real, le preguntó:

–¿Y tú que haces?

–Soy cantante de ópera.

–Eso no te lo crees ni tú. No tienes pinta...

–Pues sí, ya sé que no soy muy gorda, pero ahora estoy cantando con el coro del Real.

–¡Qué va! A ver, cántanos algo.

–¿Aquí?

–¿Dónde si no? Si quieres salimos al jardín...

–No, no. Mejor aquí, que hay mejor sonoridad.

Y soltó un chorro de voz que hizo que algún escolta abriera la puerta del salón de audiencias para ver lo que pasaba. Luego vinieron los aplausos y la broma a Manuel Benítez sobre lo difícil que lo teníamos para echarle un toro, o siquiera una vaquilla en aquel salón; las bromas con Peñalver, medalla de plata olímpica en Barcelona...

Al volver de aquel «cumpleaños», los asistentes –algunos habían mostrado sus reticencias a aceptar la invitación– comentaban sorprendidos la buena impresión que les había producido el Príncipe. Y recuerdo que la conclusión que ya saqué entonces era que don Felipe ganaba mucho en las distancias cortas. Y también que no entendía muy bien por qué la agenda del Príncipe carecía de este tipo de encuentros.

Han pasado quince años. Y, cosas del destino, hace apenas unos días volvimos algunos de aquellos protagonistas al salón de audiencias. Formábamos parte de un jurado que había seleccionado, entre más de cien dibujos finalistas realizados por niños de entre 8 y 12 años, a los ganadores de un concurso organizado por la Infancia Misionera. Don Felipe estaba acompañado de la Princesa de Asturias y la audiencia, como entonces, se prolongó hasta casi los cuarenta minutos. Los padres de los tres niños premiados y sus hermanos pusieron una nota de color y simpatía, y don Braulio Rodríguez, arzobispo de Toledo y Primado de España, el empaque de su púrpura y negro. Los regalos a las Infantas Leonor y Sofía fueron dos huchas de cerámica, que eran las cabezas de un niño chino y otro negro. De aquellas que había en las escuelas. Fue un rato agradable que, quizá también por la presencia de Pilar Jurado –hoy afamada cantante y compositora­ de óperas– me hizo recordar aquel otro momento. Y se lo recordé al Príncipe: «Sí, ha llovido mucho...» contestó como si hiciera una eternidad de todo aquello. ¡Y realmente lo parece!

Don Felipe va a cumplir 45 años. Y sí, las cosas han cambiado. Se ha casado, ha tenido dos hijas... Pero no ha sido el sino los Reyes y las Infantas los que más han sufrido. La Monarquía vive una crisis impensable hace unos años y España atraviesa otras cuantas más, que han hecho cambiar el escenario de aquel salón de audiencias.

Pero si analizamos la actividad desarrollada por el Príncipe durante los últimos años, encontramos una actividad permanente que no ha conocido descanso ni siquiera en verano. Se han pateado España, han conocido sus empresas, pueblos e instituciones; ha representado a Don Juan Carlos en muchos actos en el extranjero; y todo ello, con acierto y éxito. Ha sustituido al Rey con motivo de su enfermedad y ha tapado los huecos que las Infantas han dejado al retirarse parcial o totalmente de la vida pública. Pero debe seguir en esa tarea. Podría argumentarse que, en algunos de estos próximos viajes, podría recibir en su culo la patada que algunos querrían dar a la Monarquía por otros motivos, pero la Jefatura del Estado no es para los que se guarecen cuando llueve. La presencia de Doña Leticia también conviene al Príncipe. Pero no sólo por su popularidad. Es el momento de ganarse el favor de esas personas que aún no les conocen o que desconfían más y que, por tanto, no pueden valorar siquiera su papel de herederos del trono.

Don Juan Carlos, al margen de especulaciones, con motivo de su 75 cumpleaños ha dejado claro que, de momento, no piensa renunciar a la Jefatura del Estado, pero también ha dicho que tenemos al Príncipe mejor preparado de la historia, quizá también de Europa. Razón de más para aprovechar el tiempo y seguir conociendo y ayudando a los españoles.

Carácter firme

La firma-rúbrica es ágil y de ritmo moderado, lo que revela siempre rapidez mental, inteligencia, atención sostenida y, finalmente, reflexión como respuesta frente ante al medio. En general, la composición refleja una actitud cercana y cordial frente a los otros y despojada de protocolos. Existe orgullo y reserva al observar la ejecución y la dimensión de la inicial que compone el nombre que, junto a la presión del grafismo, revela vitalidad, decisión y un carácter firme. Los ángulos trazados hacia la izquierda refuerzan esta idea, reflejando una actitud exigente consigo mismo, responsable y autocrítica. La rúbrica enmarca el nombre con trazos horizontales, que van hacia la derecha y que antes retroceden, reflejando iniciativa madurada desde la reflexión y la observación anticipada, dotando de aplomo a la personalidad. Necesidad de consecución de metas y objetivos antes planificados. Ambición contenida, basada en un enfoque realista, que da prioridad a la razón antes que a la emoción. Carlos Rodríguez Díaz del Instituto de Psicografología