Ciudadanos

Rivera ante el fantasma de Rosa Díez

Las intrigas internas y su hiperliderazgo lastran el proyecto del líder llamado a emular a Macron que puede acabar como su ex compañera de UPyD

Albert Rivera, en una imagen de archivo, ha hecho de su «no es no» a Sánchez el eje de su estratega política
Albert Rivera, en una imagen de archivo, ha hecho de su «no es no» a Sánchez el eje de su estratega políticalarazon

Cuando al filo de la medianoche del 28 de abril un eufórico Albert Rivera compareció en el patio central de la sede de Ciudadanos, en la madrileña calle de Alcalá, con todos sus dirigentes tan entusiasmados como él, poco podía imaginar que en sus filas se había instalado ya el amenazante germen de las intrigas políticas.

«A los que gobiernan los vamos a vigilar muy de cerca y los líderes de la oposición van a ser los diputados de Cs», clamó ante miles de sus simpatizantes, exultantes por el resultado. Mientras, en la calle Ferraz se oían los ecos del «¡Con Rivera, no!!, con el que las bases socialistas saludaban a Pedro Sánchez, vencedor de la noche electoral.

La cúpula del partido naranja no cabía de gozo. Tenía razones para ello. Pese a una campaña bipolar a izquierda y derecha, Rivera lograba un espectacular salto en el Congreso desde los 32 a los 57 diputados. Además, homogeneizaba su distribución territorial y se asentaba en su gran talón de Aquiles, la España rural. Era un partido viento en popa, reafirmado en su proyecto, limpio de las mochilas de la corrupción y unido como ninguno en el convulso escenario político nacional.

Con España varada en el egoísta juego táctico de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, y tras el paso adelante cosechado en las autonómicas y municipales -consiguiendo por fin alcaldías y entrando en gobiernos-, Cs estaba llamado a desarrollar su camino sin mayores sobresaltos.

Nada más lejos de la realidad. Cinco meses después de esa alegre noche electoral, Albert Rivera vive atrapado en su laberinto. En cierto modo, se encuentra encerrado en una «habitación de los espejos». Según dónde mire, puede ver el porvenir exitoso de su gran modelo francés -Emmanuel Macron y En Marche- y La Moncloa en el horizonte, o bien el «cadáver» de la UPyD de Rosa Díez, llegado para renovar la política española y víctima de intrigas internas, escaramuzas de corto vuelo y un hiperliderazgo que no facilitaba los consensos.

Rivera está sufriendo sus «semanas negras» con una cadena de deserciones de notables, revivida en las últimas horas con las discutibles reapariciones «estelares» del diputado Francisco de la Torre y de Javier Nart. Por cierto, ¡vaya forma de entender la «nueva política» la del mediático eurodiputado, que dice adiós a Ciudadanos y su proyecto pero se aferra a las generosas prebendas de su escaño! Cinco años por delante de «okupa» bien pagado.

Nadie duda ya (maniobras desestabilizadoras del PSOE incluidas) que Albert Rivera ha llegado a su particular encrucijada. Está metido en una maraña que le obliga tener que tomar decisiones. La principal y más urgente, qué quiere ser Ciudadanos «de mayor».

Su reto primordial es aclarar su rumbo, una vez que ha huido decididamente de la condición de partido-bisagra. Condición, por cierto, que tras pactar con el PSOE les habría permitido obtener mayor poder territorial y dejar al PP de Pablo Casado en una posición muy desairada, desalojándolo del poder, por ejemplo, en Madrid, Murcia y Castilla y León. Rivera decidió lo que decidió. Y no se puede decir que no lo haya hecho con firmeza. Ciertamente, en algunas ocasiones, de manera algo desabrida. Pero su veto o línea roja a Pedro Sánchez no puede engañar a nadie, menos aún a sus dirigentes. Ni siquiera a los que han dado el portazo o se rasgan las vestiduras ante los periodistas, eso sí, bajo la protección del anonimato, adoptando los peores vicios de la «vieja política».

¿Por qué los Pericay, Garicano, Roldán, Nart y De la Torre no reclamaron en la Ejecutiva desde el minuto uno un acercamiento al PSOE? Al revés, avalaron el «no es no» a Sánchez. Porque eso era lo que habían defendido ante sus votantes.

Pero Rivera no solo debe explicar detenidamente su negativa rotunda a colaborar con este socialismo entregado al populismo, al independentismo y hasta a los proetarras (con ese bochornoso gobierno Frankestein en Navarra); también debe aclarar cuál va a ser su relación con el PP allí donde gobiernan juntos.

Nadie va a pedir a Cs que se convierta en una muleta que sirva para tapar las conductas reprochables de sus coaligados. Eso está claro. Debe ser exigente con su compromiso con los votantes de «limpiar» las instituciones, tarea que antes hacía desde fuera y ahora le toca desempeñar desde dentro.

En ese sentido, ha de aclarar la decisión de Ignacio Aguado de apoyar la comisión de investigación solicitada por la izquierda para desgastar a la presidenta Isabel Díaz Ayuso en el caso Avalmadrid. ¿Compromiso por «levantar alfombras», caiga quien caiga, o pura estrategia partidista para deteriorar electoralmente a su socio de gobierno? Aquí está el quid de la cuestión que Rivera debe explicar mejor si desea que nadie se despiste y lo mire como desleal.

Albert Rivera ha evocado en numerosas ocasiones la figura de Adolfo Suárez. Hace casi cinco décadas, el político abulense supo ver que la regeneración, la modernización y el bienestar de España pasaban por unas siglas en el espacio político del «centro». La derecha de entonces cargaba con diversas y pesadas mochilas y la izquierda generaba, como hoy, demasiadas inquietudes. Acertó, al menos inicialmente, aunque en poco más de cinco años quedase sepultado, enfrascado en peleas cainitas, por la izquierda y la derecha.

Salvadas las distancias, si el líder de Cs hoy está convencido de que puede llevar hasta La Moncloa a su partido y su proyecto liberal e integrador, deberá salir cuanto antes del galimatías que hoy distorsiona su figura y su incierto futuro.