Se busca a la etarra de «cara alegre» que iba con el asesino de Giménez Abad

La Fiscalía reclama a la Policía un retrato robot de la terrorista para evitar la prescripción dentro de dos años. Cinco testigos relataron a los agentes que «Ata» huyó ese día acompañado de una mujer

El retrato robot de «Ata» realizado por la Policía
El retrato robot de «Ata» realizado por la Policía

Mujer de unos 30 años, delgada, 1’65 cm., media melena morena con coleta. Vestía pantalón negro y cazadora del mismo color y ocultaba el rostro con un gorro o pamela de color blanco. Cinco de los nueve testigos que describieron al etarra que asesinó de tres disparos al presidente del PP de Aragón, el senador Manuel Giménez Abad, el 6 de mayo de 2001 en Zaragoza relataron en su día a la Policía que el terrorista huyó acompañado de una mujer. «Una mujer normal y corriente», como la describió uno de los testigos presenciales. Pero 18 años después, cuando el juez de la Audiencia Nacional Santiago Pedraz ha procesado recientemente como autor de los disparos al ex dirigente de ETA Mikel Carrera Sarobe, «Ata», de la supuesta terrorista nada se sabe.

La Fiscalía de la Audiencia Nacional, que dirige Jesús Alonso, es consciente de que dentro de menos de dos años, en mayo de 2021, el delito habrá prescrito y la responsabilidad penal de la misteriosa acompañante del asesino se habrá extinguido. Para evitarlo, solo queda practicar alguna diligencia que interrumpiera esa prescripción. De ahí que la Fiscalía se afane por encontrar alguna pista que permita indagar en la identidad de la presunta etarra. Con ese objetivo, según ha podido saber LA RAZÓN de fuentes fiscales, el Ministerio Público ha pedido a la Policía que le facilite el retrato robot que se realizó de la mujer tras el atentado, si es que existe, porque lo cierto es que ese retrato no está incorporado a las diligencias en las que Pedraz investiga el asesinato de Giménez Abad. Además, la fiscal del caso, Ángela Gómez-Rodulfo, reclama también un informe que detalle las terroristas de la banda criminal identificadas policialmente como integrantes o colaboradoras de los «comandos» de ETA que actuaban en Aragón y Cataluña en esas fechas, para tratar así de poner nombre y apellidos a la acompañante del autor material del asesinato del senador del Partido Popular, uno de los más de 300 atentados mortales de la organización terrorista que siguen sin esclarecerse. «Vamos a hacer todo lo que sea posible», aseguran las fuentes consultadas. «Por nosotros no va a quedar», subrayan.

Dos de los testigos que vieron a esa mujer aseguraron a los agentes días después del atentado que no consiguieron verle la cara. El testimonio más revelador es el que aportaron dos de los cuatro jóvenes que circulaban con un Citroen ZX con matrícula de Madrid a unos metros de donde se produjo el atentado, a quienes la Policía localizó tras publicar una nota en el Heraldo de Aragón solicitando la colaboración ciudadana para identificarlos después de que algunos testigos se hubieran referido a ellos en sus declaraciones. La publicación surtió efecto porque ese mismo día, el 12 de mayo de 2001, tres de sus ocupantes (el cuarto se encontraba de viaje) se pusieron en contacto con la Policía.

En sus declaraciones policiales y ante el instructor, el juez de la Audiencia Nacional Guillermo Ruiz Polanco, y el fiscal Alonso, los jóvenes contaron que cuando estaban parados en un semáforo escucharon tres detonaciones y al reanudar la marcha vieron a un hombre cruzar la calle Cortes de Aragón en dirección a la calle Princesa «caminando muy deprisa». Los cuatro vieron a una chica huir con él, pero son dos de ellos quienes aportan más datos. Tras ver a la víctima en el suelo y al terrorista huyendo por el lado derecho de la calle del Carmen, explicó uno de esos testigos presenciales, se dirigieron al lugar del crimen y llamaron al 091. Pararon el coche en una esquina y dos de ellos decidieron salir detrás del sospechoso, «que se unió a una chica». Uno pudo ver cómo el etarra le daba algo a la mujer antes de continuar juntos su huida hasta la avenida Goya, donde se separaron, pues el terrorista huyó por la calle Antonio María Claret. Pero según contó al juez no pudo verle la cara a la mujer.

Su compañero también se percató de la presencia de una chica en la escena del atentado y le sorprendió su actitud, «como que no quería saber nada del asunto». En principio no le prestó atención, pero luego se dio cuenta de que «iba con el individuo que disparó», que aceleraba su paso y con quien se unió «a mitad de calle». La mujer «se volvió dos veces» y se les quedó mirando. El testigo la define como «una chica robusta, con los carrillos regordetes» y aunque no recordaba su fisonomía, si matizó que era «una cara alegre». Su sensación fue «que se conocían». «Se adivinaba que iba con él», dijo, aunque «no llegaron a andar juntos en ningún momento».

Otro de los jóvenes, el conductor del vehículo, contó que la chica «les pasó por delante, pero no vieron la pistola en ningún momento». Pasó por delante de ellos, recordó, «tranquilamente» y luego «aceleró su paso y se reunió con el individuo que disparó al final de la calle». Iba, detalló, «muy bien vestida, con una especie de pamela pequeña y una cinta alrededor».

Otra testigo también reparó en la presencia de esa mujer y cuando pasó al lado de los jóvenes que estaban alertando a la Policía y les escuchó, sin saber con quién hablaban, describirla y precisar dónde se encontraba, «pensó que querían hacerle algo» a la joven que iba delante de ella por la acera caminando muy rápido y girándose repetidamente hacia el cruce». Temerosa de que le pudieran hacer algo también a ella, empezó a caminar rápidamente y vio cómo, a mitad de calle del Carmen, la mujer «se quitó el gorro blanco y se lo introdujo en el bolsillo soltándose la coleta que llevaba y dejándose el pelo suelto». Al llegar al cruce con la avenida Goya, recordó en su declaración policial 24 horas después del atentado, la joven «empezó a correr y cruzó la avenida sorteando los coches». Al llegar al otro lado, «se juntó con un hombre que llegó también y ambos corrieron huyendo» en dirección a la plaza San Francisco, en la zona universitaria de la capital aragonesa.

Quien no refiere en ningún momento la presencia de la mujer es Borja, el hijo de Giménez Abad, que acompañaba a su padre a un partido del Real Zaragoza en la Romareda cuando se produjo el atentado. Él, según aseguró a la Policía dos días después del atentado, no vio a nadie más «en la acera donde ocurrieron los hechos, ni vio correr a ninguna otra persona además del que efectuó los disparos».

Pero los testimonios prestados por esos cinco testigos son suficientes para que en las primeras diligencias tras el asesinato conste que en el atentado «como mínimo actúan dos personas en la comisión del mismo, un hombre y una mujer», que según se reseña huye por la calle Princesa y la del Carmen hasta la avenida Goya, «donde se juntan ambos huyendo por dicha calle».

El rastro de la joven se pierde allí. Dieciocho años después, nada se sabe de su identidad, sobre la que la Fiscalía de la Audiencia Nacional intenta arrojar luz a contrarreloj.

El Perfil

Mikel Kabikoitz Carrera Sarobeo, alias “Ata” ex jefe militar de ETA, es uno de los terroristas más sanguinarios y temidos de la banda. Se encargó personalmente de planear la serie de atentados que en julio y agosto de 2009 sembraron el pánico en Mallorca y acabaron con la vida de los guardia civiles Diego Salvá Lezaún y Carlos Sáenz de Tejada.

Además, Francia le condenó a cadena perpetua, con 22 años de cumplimiento mínimo, por el asesinato en 2007 de los guardias civiles Raúl Centeno y Fernando Trapero en Capbreton.