Las relaciones España-EE UU: Seguimos siendo diferentes

Madrid se echó a la calle en 1959 para recibir al primer presidente de EE UU en visitar España, Eisenhower

El atentado de Dallas sólo ha acortado la visita. Si la llega a cancelar, hubiera rozado el insulto. España habría sido prácticamente el único aliado de Estados Unidos no visitado por el añorado Obama y, con las notables excepciones del no menos carismático Kennedy y de su sucesor Johnson, el único que no había pisado un presidente estadounidense. Varios de ellos han estado aquí, entre palmas y pitos. Quien abrió plaza, Eisenhower, sólo oyó palmas, ovaciones incluso. En 1959, el régimen de Franco no estaba para abucheos de ningún tipo al hombre que rompía definitivamente nuestro aislamiento. Por otra parte, el presidente americano era una figura apreciada mundialmente, un artífice militar de la victoria en la Guerra Mundial, partidario del desarme, había parado las veleidades imperialistas de sus aliados Francia y Gran Bretaña en la guerra de Suez... El pueblo madrileño, alentado por el Gobierno, se echó masivamente a la calle.

Cuando la comitiva en coche descubierto en el que iba Eisenhower con un Franco orondo, embocó la Gran Vía, los gritos de «Ike, Ike», apelativo cariñoso con el que se conocía al americano, atronaban ensordecedoramente la calle y encantaron al presidente cuando el embajador Pinies, intérprete dentro del vehículo, le explicó que los españoles pronunciaban mal su apodo. La satisfacción de Eisenhower fue también visible en la cena en el Palacio Real, y hasta pareció bastante contento de haber conocido a Franco, un político del que su antecesor, Truman, no quería ni hablar. Ike manifestó en Torrejon que lamentaba que la visita hubiera sido tan corta, y Franco estaba ufano. El americano, viniendo, había sucumbido a los argumentos de sus sucesores: estamos en Guerra Fría con los totalitarios sovieticos, Franco es decididamente anticomunista y tiene quizás el mejor solar de Europa para nuestras bases y para un repliegue ante un ataque de la URSS. Para los demócratas españoles, la visita fue un mazazo. Ahora, Franco, con el abrazo del yanqui y el atisbado despegue económico, se eternizaría. Así fue.

Vinieron luego otros, Nixon, versado en política exterior y derechista, cuando ya se quería cambiar el convenio de las bases; el insípido Ford, a comprobar en el 75, con un Franco muy debilitado, que la alianza persistía y que el general español dejaba una clase media sólida, como le tranquilizaban sus asesores en momentos en que el izquierdismo antiamericano asomaba preocupantemente las orejas con la Revolución portuguesa. Cárter, a pesar de su equidistancia en el problema de Medio Oriente, lo que gustaría a Suárez y nuestros medios, dejó poca huella el 80.

Más ruidosa fue la vista de Ronald Reagan, en el 85. Si era de derechas y, además, ponía en marcha el escudo de la Guerra de las Galaxias, tenía que ser un mamón para la abundante progresía española, que se manifestó, claro. Personajes políticos de relieve, el alcalde Tierno, el vicepresidente Guerra, se ausentaron para no verlo, a pesar, oh sorpresa, de que Reagan había arrasado, 58 por cien contra 40 de Mondale, en la elección de la gran democracia americana. Reagan, uno de los cuatro presidentes más apreciados en su país, se lo tomó con filosofía y humor. Incluso cuando le contaron que varios comentaristas habían dicho que era un tarugo porque necesitaba pantallas para leer un discurso.

Clinton se solazó bilateralmente en España después de asistir a dos cumbres en nuestro país, OTAN y UE-EE UU. Sintonía con el Rey y visita a Granada, que nos fue muy rentable turísticamente. Bush Junior tuvo el insólito gesto de hacer de España su primera visita oficial a Europa. Íntimo de Aznar, con resultados agridulces para el español, su periodo fue, sin ninguna duda, el del nivel más alto en las relaciones entre los dos países. Lo viví allí. Como Zapatero había sido un metepatas constante y gratuito en el reinado de Bush, colocó las relaciones en el suelo. Nuestro presidente se esforzó en enmendar la plana en cuanto apareció el superstar Obama. No sólo era un atinado acto de contrición hacia el pueblo americano sino que, además, se enamoró de Obama. El americano normalizó las relaciones, mientras el español le hacía regalos; pasó por España clandestinamente de aviones con terroristas, encendidas frases apasionadamente cursis («no pienses lo que Obama puede hacer por tí, piensa lo que tu puedes hacer por Obama»).

Obama lo puso en la lista de amigos en un lugar aseado, pero no le correspondió en el encandilamiento. No vino a España en cinco años a pesar de los requiebros de Zapatero, ni siquiera a una cumbre que presidíamos con la UE. Lo hace ahora con Rajoy – el destino es ingra–, que será el que tenga la foto, que ya no vale tanto; Obama está con un pie en la calle, pero aún cuenta. La visita, tardía pero oportuna, cubre un lunar en el vademécum de Obama y servirá para agradecernos nuestra preciosa colaboración con Rota, en el tema del escudo antimisiles, oh paradoja, resucitado por un demócrata, y en el de la lucha contra el yihadismo, Morón.

Nuestra izquierda sigue, como a mediados del siglo XX, haciendo mohines y asquitos, estudiantes que anuncian manifestaciones. Pablo Iglesias, al que «le sobraba» la comida del Palacio Real, va a regañadientes – él sólo está para las altas discusiones políticas– y el secretario de UGT, que pronuncia una frase de Pepe de barro: no irá al Palacio Real porque esto no casa con los principios del sindicato. Alguien tendría que explicarle, y quizás también a Iglesias, que el Rey es el Jefe del Estado Español. ¿Dirían esas paridas si el que invitara fuera un presidente republicano de izquierdas?