«Será el último Borbón opresor contra Cataluña»

En el segundo aniversario de su fuga Puigdemont ha diseñado una campaña de ruptura total con el Estado

Tras su debut en los Princesa de Asturias, Leonor acudirá este lunes junto a los Reyes a Barcelona en plena escalada de tensión del desafío soberanista
Tras su debut en los Princesa de Asturias, Leonor acudirá este lunes junto a los Reyes a Barcelona en plena escalada de tensión del desafío soberanista

«Será el último Borbón opresor contra Cataluña». Este es uno de los mensajes que el fugitivo Carles Puigdemont ha lanzado a los suyos en vísperas de la visita de los Reyes de España y la princesa Leonor a Barcelona con motivo de la entrega de los premios Princesa de Girona. Una ofensiva total contra la Corona cuando se cumplen dos años de aquel 30 de octubre en que Carles Puigdemont cruzaba la frontera española con destino a Bélgica y fijar su residencia en una lujosa mansión de Waterloo. En este tiempo, el ex presidente fugitivo ha seguido moviendo los hilos de la política catalana manejando a su sucesor, Quim Torra, como un títere, en medio de un PDECaT profundamente dividido en aras de la nueva marca, JuntsxCat y un mensaje radical con su «brazo armado» callejero de la ANC. Tras ser detenido en Dinamarca, ha pasado por una prisión alemana y sorteado todo tipo de vericuetos judiciales, en una gira constante por Europa de denuncias contra los opresores. Y ha logrado ser eurodiputado lanzando todo un desafío al Estado español bajo una campaña de ataques sin precedentes. La pasada semana, al salir en libertad sin fianza de los tribunales belgas, aplazada su vista por la eurooroden del juez Pablo Llarena hasta mediados de diciembre, se le vio eufórico: «Nadie daba un duro por mí y aquí estoy, vivito y coleando». Fue la frase que les espetó a los periodistas y un grupo de radicales que le esperaban en Bruselas.

Y para demostrar que sigue en plena forma, ahí está su videoconferencia la noche del pasado viernes, durante la apertura de la campaña electoral del 10-N. «Romper España y acabar con la Monarquía». Fue su mensaje en un acto en la explanada ante la cárcel de Lledoners, donde hizo protagonistas a los presos Jordi Sánchez, Jordi Turull, Josep Rull y Joaquim Form, que lideraban inicialmente las listas de Barcelona, Lleida, Tarragona y Girona hasta ser inhabilitados por el Tribunal Supremo. En su alocución desde Waterloo, Puigdemont emitió un discurso muy radical, acusó a España de ser un estado represor y un problema para la democracia europea. En una tremenda soflama apoyo a los CDR, cargó contra la policía y lanzó fuerte injurias contra el Rey. «Vuestro sacrificio no será en balde», aseguró en referencia a los encarcelados tras exigir su libertad y denunciar que España no respeta los derechos humanos.

Este primer acto de campaña revela la gran fractura en el mundo soberanista, dado que no participó Esquerra Republicana, cuyo líder, Oriol Junqueras, también está en Lledoners. ERC ha preferido concentrarse ante la cárcel un día después, lo que provocó las críticas de los postconvergentes y un grupo de CDR que reclaman una estrategia unitaria. A pesar de la división sin actos conjuntos, la campaña de los independentistas se centrará en la sentencia del «procés» y reclamar la libertad de los presos, que ahora cumplen también dos años en la cárcel. Todo ello, entre llamamientos de los CDR y otros grupos radicales de boicotear el 10-N, bloquear los colegios electorales, intimidar a los votantes y realizar una campaña internacional para que las elecciones se declaren nulas. Un ambiente muy enrarecido, bajo nuevas amenazas de violencia, que hacen necesaria una gran coordinación entre la Policía nacional y los Mossos.

El prófugo Puigdemont tiene previsto varios actos en Europa y algunas intervenciones por videoconferencia en actos de campaña, dado que goza de libertad sin fianza y su vista judicial ha sido aplazada a mediados de diciembre. «Ni un paso atrás y a por todas», dicen en su entorno. En los partidos constitucionalistas y medios jurídicos sospechan que Puigdemont puede estar detrás del llamado Tsunami Decmocràtic que alienta y convoca los actos violentos. En el Gobierno piensan que finalmente será efectiva la euroorden y entregado a la justicia española, aunque solo por el delito de malversación. La duda es si sería mejor tenerlo aquí como víctima haciendo política, o de gira europea entre denuncias y ataques a España. En cualquier caso, todos coinciden en que Puigdemont no se rinde y mantendrá su pulso al Estado. «Hay que sentenciar el 10-N», les ha dicho a sus leales como consigna de campaña. En contraste con el discurso más mesurado del cabeza de lista de ERC, Gabriel Rufián, ahora en las iras de los radicales por «traidor» a la causa.

«Es republicano pero vive como un rey». La frase corresponde a un dirigente soberanista crítico con Puigdemont, y refleja a la imagen de este fugitivo dos años después de su huida a Bélgica. Rodeado de un núcleo duro que lidera su íntimo amigo el empresario Josep María Matamala, con una discreta escolta que le acompaña día y noche, el fugado lleva una vida lujosa que, según su entorno, costea con su sueldo de diputado y aportaciones de amigos. Una elevada suma que pasa por los casi cinco mil euros de alquiler de la mansión en Waterloo, varios coches con conductor y un reducido personal de servicio. En este tiempo de lo que él llama su «exilio político», teledirige la línea dura de confrontación con el Estado, mantiene una «separación temporal» con su mujer, Marcela Topor, pero sí el contacto con su familia en Girona, acude a la ópera, lee prensa extranjera y ha aprendido el idioma flamenco que une a su dominio del inglés, francés y rumano.

La presentación de la Crida Nacional por la República refleja el enfrentamiento con su propio partido, el PDECaT, lastrado electoralmente por los casos de corrupción de la antigua Convergencia, y sobre todo con su antiguo socio, Esquerra Republicana. Los consejeros encarcelados del PDECaT, Jordi Turull, Josep Rull, Joaquim Forn y los huidos Lluis Puig, Mertixell Serret y Toni Comín, miembros de su corte en Bruselas, se han sumado a la Crida, mientras la actual cúpula neoconvergente encabezada por David Bonvehí, ungido por Puigdemont para defenestrar a Marta Pascal, marca distancias. «Habrá escisión después del 10-N», vaticinan muchos dirigentes. El mayor abismo lo marca ERC, pues Oriol Junqueras apuesta por un referéndum pactado. Su «delfín» para el Congreso, Gabriel Rufián, habla ya de «varias almas» para la solución de Cataluña: «Junqueras me dice que nos cobremos en las urnas sus penas y ayudemos a solucionar el conflicto con la política», afirma Rufián.

Al margen de la crisis, Puigdemont vive como «un sibarita», según los críticos, mientras Junqueras sigue en la cárcel. Para su entorno, sin embargo, es una estancia discreta marcada por sus aficiones, la música, lectura y buena comida. Acompañado de sus leales, entre los que figura el diputado flamenco Lorin Parys, suele acudir al restaurante Pronto Tapas, ubicado en la vecina Lovaina, en cuyo escaparate lucen una gran estelada y dos fotos de los Jordis encarcelados. En este local belga, de propietarios españoles, se puede degustar gazpacho, tortilla de patatas, surtido de ibéricos y croquetas. Otras veces almuerza en la mansión de Waterloo, de quinientos metros cuadrados, seis habitaciones, tres baños, garaje y un amplio jardín. Según algunos vecinos, es habitual verle muy temprano haciendo ejercicio por los bosques cercanos de la urbanización, una de las más elitistas y tranquilas a las afueras de Bruselas.

Sobre su vida familiar el hermetismo es absoluto, aunque en su entorno confirman un alejamiento de su esposa, la rumana Marcela Topor. Vecinos de la urbanización Saint Juliá de Ramís, un complejo de golf y ocio dónde Puigdemont adquirió una casa-chalet siendo alcalde a las afueras de Girona, comentan que en el inmueble vive Marcela, pero sus dos hijas, hijas, Magali y María, estudian en el extranjero. Hace meses, la casa estuvo cerrada a cal y canto sin un solo signo de gente habitada, aunque ahora parece que la normalidad ha vuelto. El asedio en el colegio dónde las dos menores estudiaban fue determinante para que se marcharan a un centro en el exterior. Según su círculo de amigos, el empresario Matamala, los antiguos consellers huidos y algunos diputados flamencos, «El Puchi» acude con frecuencia a la ópera de Bruselas. Dos años después, el fugitivo ex presidente de La Generalitat de Cataluña prosigue con su «dolce vita» y alardea de un independentismo en flagrante división.