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Un gallinero en el jardín de la embajada francesa en Madrid

Las aves domésticas convertidas en mascota marcan tendencia

Imagen de las gallinas en el jardín de la embajada.
Imagen de las gallinas en el jardín de la embajada.

Poseer aves y convertirlas en mascotas se ha erigido como la nueva tendencia de moda entre la «jet set». En la residencia del embajador de Francia, Jérôme Bonnafont, corretean en libertad y resulta un espectáculo observarlas

El perrito faldero y el cerdito vietnamita ya son historia. Ahora, la tendencia es tener gallinas y faisanes como mascotas. Igual que nadie osaría comerse a su yorkshire, para la Duquesa de Alba, por ejemplo, sería abominable devorar a su Sidney Poitier, un gallo negro que es la envidia de todo el que entra en el Palacio de Dueñas, en Sevilla y, aunque tiene otro blanco y catorce gallinas de Utrera, las mejores ponedoras, según el XIX Duque de Alba, su ojito derecho es éste, bautizado como el actor. Cada ave tiene su casita, con su terreno incluido para picotear a gusto, situada justo según entras en el palacio a la derecha, la misma zona en la que el jardinero tiene la caseta con los aperos. Es ahí donde construyó Alfonso Díez el gallinero y desde donde los dos gallos les despiertan todos los días al amanecer. Para que los vecinos no se quejen, y dada la gran producción, éste reparte sus huevos en cestitas entre los amigos y los vecinos.

Doña Cayetana, que siempre marca tendencia, se ha apuntado a la moda de las aves domésticas, y eso que también tienen un galgo y ahora les hacen menos caso. Otros que se siguen la moda de las aves domésticas son Ana Rosa Quintana, Jaime Urquijo, Maurizio Carlotti y los duques de Terranova, que, entre sedosas del Japón, moñudas, calzadas y nagasakis, juntan más de 80 aves ornamentales en su finca.

Posiblemente, los más acertados y originales resulten los representantes diplomáticos franceses, quienes tienen al gallo tricolor como emblema, que da la bienvenida a quienes visitan su casa-palacio, situada en la calle Serrano de Madrid. Por su enorme jardín, en el que no falta una huerta en la que cultivan tomates, lechugas y calabacines, corretean 48 gallinas y gallos. Es un espectáculo ver cómo la sedosa de Japón –con sus plumas como la seda y la piel negra– se hace con las mejores hormigas y picotea la hierba entre las de Java, que no tienen cresta, sino una especie de cuerno hacia atrás, mientras la Sebright se lanza con su «kikiriki» a defender a una pintada gallega en ese oasis de terreno, donde se ubica la residencia francesa, que fue la casa del empresario Juan Manuel Urquijo, que, por tener, tenía hasta un surtidor de gasolina dentro. Éste ya no existe, pero sí hay una piscina con su pabellón, en el que habitan veinte faisanes. Esta belleza de aves, a diferencia de las gallinas, que viven sueltas por toda la propiedad, deben ser vigiladas para que no se escapen. No me imagino a Ana Botella pidiendo explicaciones diplomáticas por su culpa.

En la embajada francesa, de momento, no reparten cestitas con huevos como hace el Duque de Alba, ya que es justo ahora cuando empiezan a poner huevos las treinta y ocho gallinas, mientras los veinte faisanes viven divinamente en el barrio de Salamanca picoteando en libertad por la pradera de la residencia oficial.

No hay peligro de evasión gallinácea hacia el Instituto de Empresa o a la embajada mexicana, porque, al ser enanas, no vuelan más de tres o cuatro metros y las vallas de la residencia son altas. Además, hay un truco para impedir la huida, si se les recorta un par de plumas de una de las alas, no cogen altura.

Todas han sido compradas en España y muchas representan a las distintas autonomías, eso sí que es una demostración de lazos fraternales. El corral nos hace a todos iguales y nos une. Los embajadores poseen distintas razas, entre ellas, las ponedoras industriales, las rayadas gallegas, las negras extremeñas o la pinta asturiana. En realidad, uno de los mayores especialistas en avicultura de ocio, Ramón Barbado, propietario de una finca en Navalmoral de la Mata, cuenta que «estas aves se tienen por belleza, no se comen, tan sólo se aprovechan los huevos que ponen entre febrero y agosto. Son más pequeños y saben a lo que la gallina come. Si están en libertad, como las de la residencia francesa, tan sólo necesitan un aporte de grano, como trigo, maíz y cebada. Alimentadas bien y desparasitadas unas tres veces al año, son un estupendo animal de compañía», explica el experto, que posee faisanes de entre 45 y 400 euros y gallinas por unos 25. Viven unos ocho años y los cuatro primeros son fértiles. Luego, dejan de poner huevos y se dedican a disfrutar de su vida de mascota ornamental.

No quisiera dar, desde estas líneas, un disgusto a la delegación francesa, pero, según el criador, todas estas aves están cruzadas. Para los no iniciados en el mundo de la gallina, significa que son como los perros callejeros, un «top manta» gallináceo. Se han cruzado con otras razas, porque resultan muy sueltas sexualmente y han perdido su pureza. A cambio, son felices y ahí están, piando en la calle Serrano de Madrid ajenas al mundo exterior. El próximo 14 de julio, día de la Fiesta Nacional francesa, debería celebrarse en la Casa de Velázquez para no perturbar la paz de estos maravillosos animales.

Una pareja tranquila

Jérôme Bonnafot es un hombre discreto que prefiere la tranquilidad al bullicio, además de un apasionado de la literatura, la música clásica y la ópera. Al parecer conoció a su pareja, Danny Lalrinsan, en India, donde residió durante cuatro años antes de aterrizar en nuestro país. Padres de un niño de seis años, solo se dejan ver juntos durante la reuniones sociales.