Uno de tantos

Un padre de familia cuenta su batalla para superar el COVID que en su caso casi le lleva a la muerte. Afortunadamente desde el viernes está ya en su casa aunque deberá seguir con tratamiento de oxígeno.

El 17 de febrero fuimos diagnosticados de Covid-19 toda la familia: mi mujer y yo y los dos niños. El contagio vino de la mano de uno de mis hijos, tras una cepa muy agresiva en su colegio. A pesar de nuestro aislamiento y de las medidas estrictas, la cosa fue imparable.
El 17 de febrero fuimos diagnosticados de Covid-19 toda la familia: mi mujer y yo y los dos niños. El contagio vino de la mano de uno de mis hijos, tras una cepa muy agresiva en su colegio. A pesar de nuestro aislamiento y de las medidas estrictas, la cosa fue imparable. FOTO: Fernando Navarro

Escribir sobre un acontecimiento doloroso de tu vida privada en un medio público no resulta sencillo, pues a poco que lo repases resulta imposible descartar el molesto perfume de una épica que en realidad no es tal. Sobrevivir no es ningún mérito, especialmente cuando sabes que muchos otros no pudieron hacerlo. Sobrevivir es un hecho, cómo también lo es el morir y en ambos casos la delgada línea que los mantiene durante un tiempo parejos deja fluir algunas ideas que nacen del dolor, del desamparo y también de la esperanza y del amor. Y de estas cosas quiero escribir ahora que he sobrevivido, porque de no haberlo hecho me habría gustado que las supieran quienes quiero y me quieren. Y puede que también quienes algún día pasen por lo mismo.

El 17 de febrero fuimos diagnosticados de Covid-19 toda la familia: mi mujer y yo y los dos niños. El contagio vino de la mano de uno de mis hijos, tras una cepa muy agresiva en su colegio. A pesar de nuestro aislamiento y de las medidas estrictas, la cosa fue imparable. A ellos les afectó con menos virulencia, pero yo empecé a degradarme paulatinamente.

Hacía exactamente cinco años yo había sufrido una gripe A que que derivó en tromboembolia pulmonar y que me tuvo hospitalizado un mes y medio. Sabía perfectamente lo que podía suceder esta vez porqué ya había estado allí, solo que ahora era cinco años mayor y el Coronavirus mientras tanto había segado la vida de probablemente 100.000 personas. Tampoco importan las cifras, pues cada número tiene un valor infinito. No somos algoritmos, sino almas.

Mi oxígeno en sangre iba menguando cada día, casi siempre al límite del 90% (que es el umbral mínimo), la fiebre era alta y constante y yo cada vez me encontraba más débil. En tres ocasiones fui a urgencias, pero de allí - tras horas de esperas y analíticas - me devolvían a casa con un Paracetamol. Seguían obviamente los protocolos. No les reprocho nada, pues ante una pandemia así es difícil compaginar protocolos con el tiempo necesario y sentido común.

La noche previa a mi ingreso fue la peor. Mi oximetro nunca superó el 84% de oxígeno en sangre. Me estaba asfixiando y era consciente de ello. Ya no había tiempo de más urgencias, así que mi mujer recurrió a nuestro seguro privado, llamó a una ambulancia y me envió al HM HOSPITAL UNIVERSITARIO SANCHINARRO. Esta decisión creo que me ha salvado la vida.

Nada más llegar me enchufaron a la máquina de oxígeno. Reviví un poco. A continuación todo tipo de placas y pruebas. Me diagnosticaron neumonía bilateral derivada del Covid, en fase muy grave. O sea, ambos pulmones invadidos y yo muy tocado. Mi admirado Quique San Francisco falleció ese mismo día, exactamente de la misma dolencia.

La primera noche la pasé en planta, constantemente monitorizado y medicado (antibióticos, cortisona, oxígeno) pero el cuadro no mejoró, así que a la mañana siguiente me subieron a la UCI con la intención de entubarme, lo que supone sedación durante todo el tiempo que dure el proceso. Mi doctora quiso hacer un último intento antes de aplicar esa medida extrema y ver si esa noche en UCI mi organismo reaccionaba de algún modo.

Afortunadamente, mi cuerpo reaccionó. Muy lentamente, pero positivamente. Poco a poco el tratamiento empezó a surtir efecto, con recaídas y parones, pero la tendencia empezó a ser positiva a partir del tercer día en UCI. No me extenderé en cuestiones médicas que, probablemente, explicaría incorrectamente. Solo decir que la rapidez es fundamental con ésta enfermedad: progresa rápidamente y si tu reacción no es igual de rápida, ya te ha ganado la mitad de la partida. No bajes, pues, la guardia. Al más mínimo síntoma, actúa. Pública o privada. Ambas están repletas de grandes profesionales que conocen la enfermedad y saben cómo combatirla.

¿Pero qué ocurrió mientras dejé de ser un hombre autónomo? ¿Qué pensamos cuándo somos tan vulnerables y no somos capaces de hacer algo tan fundamental e invisible como respirar? Lo primero que pensé es que volvería, por supuesto. Te agarras no tanto a tu vida sino a sus vidas, a las vidas de quienes amas: Hijos, mujer, hermana, familia, amigos. No quieres que tu muerte les marque, no al menos todavía. Puede parecer pretencioso, pero mi dolor ante la eventualidad de morir no era por mi sino por ellos, muy especialmente por mis hijos que aún siguen creyéndome inmortal . En mi egoísmo de padre quería verles crecer y deseaba que en la línea de sus vidas se conformarán recuerdos de tantas cosas que aún nos quedan por hacer juntos. Morir significaba robarles esa maravillosa parcela de vivencias potenciales juntos con que forjaran sus vidas y se alimentara su nostalgia futura. Morirme era dejarles un hueco en blanco lleno de puntos suspensivos y llevarme millones de besos y abrazos y sueños compartidos que aún no existen. Por eso siempre estuve seguro de sobrevivir, pero eso es algo que creo que pensamos todos, incluidos quienes no consiguieron superar la enfermedad… Por eso cuando escribo este artículo pienso no tanto en mi pequeña historia sino en tantas otras historias que no pudieron ser escritas y que sin embargo existieron. Lo recordó Johm Donne con su hermoso soneto: no somos islas, por eso las campanas siempre doblan por todos nosotros.

Jamás en la vida hubiera imaginado el enorme caudal de cariño y amor que me han transmitido tantas personas. Era de esperar entre mi familia y círculo más próximo de amigos y compañeros. Pero de entre los cientos de mensajes recibidos hay personas que solo ahora he sido consciente que llevaban años leyendo o escuchando mis cuitas en redes sociales, publicaciones o medios. Y todo eso ha sido una medicina invisible, que no entra en vena pero penetra en el alma y la depura y fortalece. Una noche muy oscura me vi llorando al ser consciente del fuego cruzado de los salmos de mis amigos judíos (salmo 91), con las oraciones de mis cristianos, las buenas vibraciones y los deseos sinceros de recuperación por parte de numerosas personas a las que quiero y admiro. Cada uno con su estilo, con su humor, con su arte, con música … Haciéndome sentir que debía vivir, que era importante para ellos. Impulsándome a ello, cuando mis pulmones me decían justamente lo contrario.

La batalla aún no ha terminado. Me quedan días de hospital y luego la rehabilitación sera muy lenta. Mínimo uno o dos meses de andar como un viejecito, sin poder hacer demasiado esfuerzo. Esas semanas me servirán para reflexionar acerca de la inmensa generosidad de la mayoría de las personas, algo de lo que jamás he dudado y que este trance me ha servido para corroborar. Hay golpes que al final dejan un poso de belleza y bondad que es capaz de borrar la angustia, el temor y el dolor de la enfermedad.

‘Y al final, solo soy uno de tantos’

Fernando Navarro García es el Director del Hispanic American College y Vicepresidente de Ética y RSC de Fundación ICL