La ansiedad en el embarazo, un trastorno que hay que valorar y tratar

La conexión con el bebé empieza con la gestación. Lo que le suceda a la madre, le afectará al bebé

No hay que minimizar jamás los sentimientos de angustia o ansiedad en la mujer embarazada. Photo by Taylor Ann Wright on Unsplash

El día 2 de mayo es el día Mundial de Salud Mental materna. En el ámbito de los trastornos mentales en el embarazo abordaremos en este artículo el de la ansiedad de la mano de Almudena del Olmo, psicóloga del Grupo Doctor Oliveros.

El día 2 de mayo es el día Mundial de Salud Mental materna. En el ámbito de los trastornos mentales en el embarazo abordaremos en este artículo el de la ansiedad de la mano de Almudena del Olmo, psicóloga del Grupo Doctor Oliveros.

Dulce estaba muy ilusionada cuando se quedó embarazada, pero esta emoción fue transformándose cuando tras el primer trimestre, en el que tuvo vómitos y nauseas, síntomas comunes de este proceso, perdió el apetito, comenzó a perder peso y fue hospitalizada en tres ocasiones para hidratarla.

Con las prescripciones de medicamentos y el paso al segundo trimestre de embarazo, los síntomas disminuyeron, pero su preocupación fue en aumento. A las 15 semanas de gestación, Dulce tuvo que coger la baja laboral, ya que tenía grandes dificultades para viajar en medios de transporte por los mareos, o para realizar las tareas diarias. Salir de casa se convirtió de la noche a la mañana en una odisea, que requería que alguien le acompañase por si se encontraba indispuesta o tropezaba y se caía.

Su estado emocional fue minando sus relaciones, apartándola de la vida social y creando tensiones en su relación de pareja. Fue entonces cuando, de acuerdo con su marido, decidieron que sería beneficioso irse a casa de los padres de Dulce para ver si ello contribuía a mejorar su estado.

Los días en que se encontraba mejor podía comer un poco, ya no sentía asco hacia la comida, pero sí pánico a vomitar tras ésta, aunque no le dolía el estómago ni tenía nauseas. Se sentía frustrada, frágil, indefensa, no comprendida por su entorno, al que vivía como un espejo que reflejaba su intolerancia ante la dificultad para atender sus responsabilidades. Culpándose por la idea de ser incompetente como persona y como futura madre, anhelaba un embarazo ideal frente al que ella estaba viviendo como una horrible pesadilla que la asustaba y entristecía, eclipsando su ilusión por el proceso de embarazo; “los mejores momentos del día los paso tumbada en la cama”.

¿Cómo un momento al que interpretamos como tierno puede convertirse en una pesadilla?

Como Dulce, muchas mujeres embarazadas somos vulnerables a experimentar síntomas asociados a este período como las náuseas y los vómitos del primer trimestre, la acidez estomacal, la fatiga, los malestares musculares como ciática o lumbalgia. Pasamos por una montaña rusa de emociones, sentimos preocupaciones sobre el estado del bebé si no lo sentimos dando pataditas, tenemos miedos acerca de si seremos o no buenas madres, nos ensimismamos con nuestro vientre, sufrimos dificultades para atender y concentrarnos en determinadas exigencias, así como ciertas inquietudes sobre la evolución del embarazo y ansiedad por el parto y puerperio.

Estos síntomas pueden llegar a despistar en la identificación de psicopatología en esta etapa. Estamos en presencia de un cambio que va creando movimientos internos de encuentros y desencuentros con el nuevo estado. Se trata de una crisis vital que marca el punto de inflexión entre la identidad como hija y como madre, entre lo infantil y lo adulto, entre el cuerpo anterior y el que acoge a un nuevo ser. Hablamos de un cambio de identidad.

El camino de convertirse en madre comienza a construirse ya desde el embarazo. Es, por tanto, según el psicoanalista Edward Bibring, una fase del desarrollo de auténtica crisis vital a nivel psicológico. Este momento evolutivo implicará crecimiento, pero también vulnerabilidad y grandes riesgos para la madre y para el bebé si no se atiende adecuadamente.

No solo suele haber dificultades en el reconocimiento de patología por parte de la propia embarazada y de su entorno, sino también del entorno sanitario. La existencia de múltiples ideas socialmente idealizadas acerca de la maternidad, junto con etiquetas asociadas a las enfermedades mentales, la escasez de información psico-perinatal y de recursos, han generado y tienden a incrementar el retraso en la atención psicológica.

La ansiedad en el embarazo se asocia a sangrado gestacional, a partos prematuros, a abortos espontáneos, a cambios en los movimientos del feto. Hay estudios que lo asocian incluso a un aumento en la probabilidad de preeclampsia en el parto. Los diferentes cuadros clínicos de ansiedad que prevalecen son: el 0,6% del Trastorno Obsesivo Compulsivo, el 1-2% en el Trastorno de Pánico, el 5% para el Trastorno por Estrés Post-traumático, y el 8% para el Trastorno por ansiedad generalizada. Los Trastornos Depresivos Mayores estarían en torno al 10%.

¿Qué señales requieren de nuestra atención?

Suelen ser indicadores para acudir al médico signos como el sangrado, el dolor o el ardor al orinar, los calambres, los golpes o caídas, los desmayos, la pérdida del líquido amniótico e incluso los problemas de visión.

Pero más allá de ellos existen otros signos que requieren de nuestra atención. En la esfera de la alimentación, debemos tener especial atención a la pérdida del apetito y el rechazo a la comida, el miedo a engordar, el rechazo de los cambios corporales, realizar ejercicio excesivo, la obsesión con el peso, o tener un bajo peso.

Otras relacionadas con alteraciones del sueño como el insomnio, las pesadillas recurrentes acompañadas de angustia, el sueño no reparador.

También debemos prestar atención a los signos de inestabilidad emocional como la ansiedad, la tristeza, la anergia, el humor lábil, los autorreproches y las desvalorizaciones, la desesperanza e incluso las ideas suicidas o la negación de estar embarazada.

Todas ellas son señales que requieren de la atención y exploración por parte del personal clínico, no sólo por las limitaciones que plantean para la mujer en su día a día, sino como medio para descartar patologías, o incluso prevenir posibles malas evoluciones posparto, así como neurosis traumáticas obstétricas secundarias.

¿Qué situaciones facilitan la patología en esta etapa?

Un diagnóstico previo al embarazo puede facilitar la detección del posterior afloramiento e intensidad del abanico de síntomas. Especialmente el embarazo en la adolescencia puede generar complicaciones emocionales para la madre y su bebé, así como crear interferencias en la vinculación (madre-bebé) durante la crianza.

El pronóstico de enfermedad durante la gestación pueda llevar a dar apoyo terapéutico y ayudar en la gestión emocional del embarazo, y así poder elaborar psíquicamente la diferencia entre el hijo ideal y el real. Las experiencias de pérdidas previas fetales y neonatales, de complicaciones obstétricas, y de riesgos para la salud de la madre durante embarazos pasados, incrementan las ideas de temor a repetir la vivencia traumática, pudiendo desencadenar un cuadro ansioso depresivo de intensidad variable e incluso ser factor de riesgo contraceptivo.

Las interrupciones voluntarias durante el embarazo pueden dar lugar tras la intervención médica a sintomatología depresiva, estados de excitación maniaca o síndromes confusionales.

En los casos cada vez más frecuentes de reproducción asistida, se juntan diversas problemáticas emocionales, tanto previas al inicio de la intervención (duelos y frustraciones previas de la infertilidad), como generadas a lo largo del proceso por las distintas intervenciones médicas. Todo ello puede dar lugar a diversas evoluciones, al enfrentar a la pareja con situaciones estresantes y tener implicaciones posteriores sobre los hijos, aumentando el riesgo de psicopatología de estos.

¿Cómo atenderlo durante el embarazo?

Frente a la idea de dejarlo pasar y retomarlo tras el parto, es conveniente realizar una atención integral materno-infantil de carácter multidisciplinar. Hablamos de la atención desde diferentes esferas sociosanitarias como las matronas, ginecólogos, enfermeras puericultoras, médicos de familia, trabajadores sociales, así como la atención psicológica, mediante la evaluación, orientación e intervención psicoterapéutica individual o grupal dependiendo de cada mujer y situación personal. Existen grupos de acompañamiento a embarazadas y sus parejas que pueden servir también de sostén en estos casos, y la atención psiquiátrica sería necesaria cuando se ponga en riesgo la salud integral de la madre y sea necesario el acompañamiento psicofarmacológico.

No sólo se pone en juego la salud de la mujer, también el desarrollo neuronal del feto, así como la vinculación afectiva entre madre-hijo. La enfermedad no tratada se continua en el postparto y puede llegar a tener una gran complejidad a largo plazo en la salud mental de la madre y del niño.

¿Qué mejor herencia emocional pueda recibir nuestro bebé que nace de nuestro vientre para convertirse en un otro, que atender el “amor propio

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