Madres que se comparan constantemente con el físico de sus hijas

Se comportan como si el cuerpo de sus hijas fuera un objeto, desconectadas de ellas y de sus emociones.

Son madres que han interiorizado una visión del cuerpo de las mujeres como objetos a los que juzgar, medir y comparar constantemente. Todos los mensajes que lanzan a sus hijas son los mismos que se dicen a ellas mismas.

Susana tiene 40 años y 3 hijos. Mide 1,70 y pesa 75 kilos. Usa la talla 44. Pero no siempre ha sido ese su peso. Ha oscilado durante años entre diez y veinte kilos arriba o abajo. Tiene una relación con sus kilos “tormentosa” puesto que adelgazar y no volver a engordar es su caballo de batalla desde adolescente.

Susana acude a casa de sus padres con su marido e hijas en vacaciones y cada vez que entra por la puerta su madre la escrudiña de arriba abajo para dar el veredicto: ¿has engordado, verdad? Jamás una pregunta sobre qué tal el viaje, o cómo estás. “Siempre que llego me mira y noto su satisfacción si he engordado. Sin embargo, si adelgazo, jamás me dice nada. Cuando era más joven y llegaba a su casa a los quince minutos aparecía con algún pantalón mío para decirme: mira, me cae, estoy más delgada que tú. Siempre me pregunté qué quería decirme con eso. Es como si estuviese en constante rivalidad conmigo, como si fuésemos dos modelos compitiendo por ser la más delgada para lograr el trabajo. Desde que tengo recuerdos, siempre ha hecho comentarios sobre mi cuerpo, sobre si he engordado, sobre la forma del mismo, jamás ha dejado de decírmelo. Las pasadas navidades olvidé mi pijama en mi casa y le pedí uno a ella. Cuando nos fuimos se lo devolví y no lo quiso; me espetó: no, no, ya no lo quiero que me lo habrás estirado. Me sentí tan profundamente herida, tan despreciada por mi propia madre que no he podido olvidarlo. Esa noche lloré profunda y amargamente. Siempre me he preguntado por qué es tan cruel, por qué siempre hace comentarios tan despectivos sobre mi cuerpo. Es brutal que tu propia madre sea así, hace un daño que solo las que lo hemos padecido lo sabemos”.

Lo que le pasa a Susana le sucede a muchas mujeres. Esther Gutiérrez es psicóloga en Centro Aletheia y nos explica a continuación cuál es su percepción sobre este tema:

Estas madres son madres que han interiorizado una visión del cuerpo de las mujeres como objetos a los que juzgar, medir y comparar constantemente. Todos los mensajes que lanzan a sus hijas son los mismos que se dicen a ellas mismas. Viven en un juicio constante hacia sí mismas y lanzan este juicio contra sus hijas, sobre todo si el cuerpo de éstas no encaja en lo que creen que tiene que ser. Se comportan como si el cuerpo de sus hijas fuera un objeto, desconectadas de ellas y de sus emociones. Es el caso extremo de algo de lo que somos responsables cada uno de nosotros.

La mayoría de las personas que acuden a terapia psicológica son mujeres, y de todas a las que he acompañado en su proceso terapéutico, recuerdo muy pocas con las que no haya tenido que hablar de la relación con su cuerpo, con la comida y/o con el ejercicio físico que hacían. No, en mi publicidad no pone "especialista en trastornos de alimentación". Incluso fuera del entorno terapéutico pocas mujeres mantienen una relación sana con su cuerpo, o cuando menos, es una relación que en algún momento de su vida les ha dolido o preocupado.

Un dato objetivo: en España, 9 de cada 10 personas diagnosticadas con un trastorno de la alimentación (TCA), son mujeres. La edad de inicio de los TCA está entre 13 y 16 años. Se calcula que el 5% de la población femenina está pasando por un TCA. ¿Por qué?

Es evidente que las mujeres viven su cuerpo bajo una presión estética que dicta cómo deben ser vistas por los demás. Lo que es aceptable en un cuerpo de mujer y lo que no, se debate de forma silenciosa a través de las imágenes audiovisuales en prensa, televisión, internet y cine. Hemos llegado a un punto en el que, casi exclusivamente, los cuerpos femeninos que vemos fuera de nuestra vida cotidiana son delgados o extremadamente delgados. Este canon es la base de lo que una mujer debe ser como cuerpo: delgada. Los cuerpos no delgados se han asociado además a riesgos y problemas con la salud, de tal forma que estar delgada es similar a estar sana. Así pues, una mujer debe ser delgada, como mínimo, para que su cuerpo sea correcto estéticamente, para ser saludable y aceptada socialmente.

Se han producido algunos gestos, más simbólicos que decididos, para cambiar el modelo de mujer que nos llega a través de los medios. Hace unos años se limitó la talla mínima de las modelos de pasarela porque eran demasiado delgadas, y pasamos de ver mujeres en los huesos, a mujeres con carne en los huesos. ¿Es éste el problema? Tal vez deberíamos preguntarnos por qué las mujeres tenemos que encajar en una medida que marque nuestro estado de salud y de belleza, sea la que sea. Cualquier canon se convierte en una exigencia de transformación imposible de cumplir, dado que en el mundo hay casi tantos cuerpos como mujeres existen.

Muchas de nosotras aceptamos el cuerpo de las demás, pero no tenemos esa mirada neutra hacia el nuestro. El espacio entre nosotras y el espejo es un espacio íntimo de maltrato lleno de comentarios desagradables y despectivos hacia lo que vemos. Imagina que esa parte de ti que siempre critica algo de tu cuerpo fuera una persona. ¿Vivirías con alguien así? Ponle conciencia en cómo nombras a tu cuerpo y cómo te relacionas con él. Escucha qué frases te dices cuando te miras en el espejo de un probador o cuando te vistes por las mañanas. Porque sí, es cierto, la presión social sobre mi aspecto, mi peso, mi ropa y el peso que aparento es muy grande, y si soy mujer, se duplica. Pero soy yo, solamente yo, la que puede cambiar y establecer una relación amistosa con mi cuerpo, mi hogar. Nos guste o no, el cuerpo que miramos en el espejo es el que vamos a tener toda nuestra vida. Con todos sus cambios y transformaciones a lo largo de nuestras vivencias.

¿Cómo aprendimos las mujeres a no amar nuestro cuerpo cómo es? Echa la vista atrás y empieza a coleccionar los comentarios que has recibido desde la niñez sobre tu aspecto. ¿Cómo han sido estos comentarios? Si han sido comentarios cariñosos, sin juicio sobre lo que tu cuerpo tiene o no tiene (altura, peso, color de pelo, de ojos...), puede que tengas una gran reserva de amor incondicional hacia tu piel y sus formas. En la mayoría de los casos no ha sido así. El juicio sobre el aspecto de las mujeres comienza en casa, porque las familias que crían niñas, son familias que han aprendido a juzgar los cuerpos, por lo tanto, enseñarán a sus hijas a rechazarlo y juzgarlo. Da igual si recuerdas montones de comentarios positivos sobre tu aspecto, porque el problema reside precisamente ahí: en la importancia aprendida que le damos a cómo se ve tu cuerpo por fuera.

Puede que tu madre siempre estuviera a dieta y hablando de lo gorda que estaba. O que comiera poquísimo y criticara a cualquier persona que no encajara en “su” definición de delgado. Tal vez tu madre era una “dejada” (esta expresión me encanta por lo finamente que acusa a la persona que no encaja en el canon de ser responsable de no encajar), que no prestaba demasiada atención a su aspecto, pero lanzaba críticas feroces al tuyo con la frase final: “o acabarás como yo”.

Sigue exprimiendo los recuerdos y ponlos en una balanza. A un lado los que sean neutros y al otro lado los que conllevan juicio hacia tu cuerpo o tu aspecto, tanto negativos, como positivos. Y ahora tienes una balanza que, casi seguro, está apoyada en el suelo de la cantidad de comentarios recibidos sobre tu cuerpo.

De niñas y adolescentes aprendemos de nuestros padres a relacionarnos con nosotros mismos. Cuando somos adultas nos tratamos como lo hicieron ellos. Si han juzgado nuestro aspecto, nosotras lo haremos.

Después de poner conciencia a tu relación íntima con tu cuerpo y tu imagen, toca mirar al aquí y ahora de tu vida. Te voy a mostrar unas escenas:

“Estoy de visita en casa de mis padres y hace más frío del que he previsto. Voy al armario de mi madre para coger una prenda de abrigo. Veo una chaqueta verde de cuero muy bonita que puede valerme para el frío y para lo que llevo puesto. Me la pongo y al salir al salón donde me están esperando para, irnos mi madre me grita horrorizada: ¡quítatela que me la vas a dar de sí!”.

“Estoy en el sillón dándole el pecho a mi tercer hijo. Mi madre me mira y me dice: “¡Cómo se te han caído las tetas! Con lo bonitas que las tenías...”.

“Estamos en la fiesta de cumpleaños de uno de mis sobrinos. Cuando entra mi hermano, mientras me da dos besos, comenta: estás engordando mucho, ¿no?”.

“He conseguido dejar de castigarme con la comida y sentirme bastante a gusto en mi cuerpo. Al abrir la puerta de casa, mi madre me dice que me he quedado sin tetas y me voy a tener que operar”.

“El cuerpo de mi hijo no entra en el canon de delgado. Siempre que visitamos a la familia hay comentarios sobre si ha engordado o adelgazado”.

Coincide que estas escenas son protagonizadas por madres en su mayoría porque la relación que ellas tengan con su cuerpo y con el nuestro nos va a guiar a cómo tratarnos. Tal vez por eso la relación con ellas es la que más hay que trabajar para restaurar una relación amorosa con el espejo. Pero esta visión se extiende a todos aquellos que hacen comentarios sobre tu cuerpo, tu aspecto, cómo se te ve. Mientras mantenemos el maltrato hacia nuestra imagen, aceptamos estos comentarios como verdades, porque nosotras pensamos lo mismo. Así asumimos pequeños maltratos casi a diario de las personas que nos rodean. Para erradicar el maltrato interno, hay que extinguirlo en todos los planos de nuestra vida. Da igual si son comentarios con la mejor de las intenciones, dejemos de aceptar un constante juicio hacia nuestro cuerpo, hacia cómo se ve hoy, a cómo le queda lo que le he puesto, cómo lo he maquillado. Vaciemos de juicio nuestra mirada y salgamos de la sentencia diaria hacia nuestra piel y la de los demás, ya que no tenemos otra. Comencemos a romper este juego social en el que gran parte de nuestro valor está depositado en nuestro cuerpo y lo que aparenta ser.