Me habéis robado la campaña y nunca os lo perdonaré.

La interminable fiesta de la democracia

Debe de ser cosa mía, que habré malinterpretado los preceptos de la democracia, pero se me ocurren pocas cosas más útiles en el mundo que el voto de un pueblo que lo hace libremente. Y libremente quiere decir que voten lo que quieran, aunque no tenga nada que ver con lo que voy a votar yo.

Hola ¿Qué tal? ¿Cómo llevamos la fiesta de la democracia? ¿No se os está haciendo larga este año? Dice mi amigo Raúl que, más que una fiesta de la democracia, este año parece una boda gitana de la democracia. Desde el respeto a las costumbres y la cultura gitana lo dice, cuidado. Que no está el patio para andar haciendo chistes sin acotaciones. El caso es que yo creo que se nos está haciendo un poco largo porque todo el mundo a nuestro alrededor se ha convertido en jefe de campaña de alguien. Yo estoy a punto de dejar de relacionarme con gente hasta que llegue el lunes. Que a vosotros os parece poco tiempo porque estáis leyendo esto el domingo y el lunes ya es mañana, pero yo los llevo aguantando semanas y aquí aún no es domingo. Con “aquí” me refiero a “mientras yo escribo”, que no coincide en el espacio ni en el tiempo con cuando me leéis. Me estoy liando.

Decía que no sé qué ha pasado que todo el mundo está tan interesado en que votemos a quien ellos quieren que votemos. Debe de ser cosa mía, que habré malinterpretado los preceptos de la democracia, pero se me ocurren pocas cosas más útiles en el mundo que el voto de un pueblo que lo hace libremente. Y libremente quiere decir que voten lo que quieran, aunque no tenga nada que ver con lo que voy a votar yo. Con este don mío para decir justo lo que no se debe, me lancé a animar a mis amigos, durante una conversación sobre el tema, a que decidieran sin presiones ni prejuicios a quien votar, con total independencia. Basándose únicamente, les decía yo, en sus principios, sus ideas y sus experiencias. Que de eso se trata ¿no? Pues qué va. A la que me quise dar cuenta, uno muy demócrata me estaban llamando “fascista”. Por defender la libertad de votar a un partido legal, sea cual sea este. Ni siquiera tuvo el decoro de llamármelo en diminutivo y con el “cool” detrás, que es a lo que yo estoy acostumbrada. Y, por si fuera poco y a continuación, se marcó un speech sobre por qué el único voto bueno (juro que utilizó este calificativo) era el que fuese a un partido en concreto que, casualmente, es el que había decidido votar él porque se ajusta perfectamente a sus principios , ideas y sus experiencias. Y yo digo ole. Me acabé mi cerveza y me fui con mi insufrible fascismo a otra parte, aguantándome las ganas de invadir Polonia.

Pero, por encima de la sensación de elevación moral que me provoca todo aquel que intenta convencerme de a quién tengo que votar (como si yo por mí misma no tuviese la misma capacidad que él para reflexionar y decidir), lo que más me fastidia de todo esto es que me han arruinado la campaña. Y a mí las campañas electorales me flipan. Es que me gusta todo de ellas. Y esta no la he podido disfrutar como a mí me hubiese gustado.

No he podido comentar con mis amigos, porque estaban muy ocupados diciéndose unos a otros a quién tenían que votar, los maravillosos carteles electorales. Me chifla, por ejemplo, ver las fotos de los candidatos. Dicen tanto de cada uno.

Como la del PSOE. Primer plano en blanco y negro de Pedro Sánchez con media sonrisa, a caballo entre el canallita y el yerno ideal. A poco que te concentres puedes escucharle pensar “qué guapo soy, qué tipo tengo”.

O la de Ciudadanos. Ese Rivera en acción en plano americano, acercándose con paso firme hacia el objetivo, mientras detrás ondean banderas rojigualdas que parecen una explosión de pelicula de serie B y sonrojante presupuesto. ¿Es o no es un James Bond de saldo pensando “sí, nena, este soy yo”?.

O Casado, que ha optado por un primer plano en color que parece la foto de carné que te haces en la tienda de enfrente de comisaría el día que vas a renovar el dni y habías olvidado llevarlas. El batiburrillo de tipografías, colores y fondo con texturas me hace sospechar que quisieron ahorrar en publicidad y lo ha hecho el sobrino de alguien que hizo un curso a distancia de Illustrator. Pero solo es una sospecha, no tengo pruebas.

O Podemos, que por fin se ha dado cuenta de que la popularidad de Iglesias está en recesión y han decidido no sacar al líder y utilizar en su lugar una fotografía de manitas alzadas y gentío desenfocado. Una clara alusión a los orígenes, al 15M de sus entretelas que les dio sus mejores resultados.

O el de VOX, con ese perfil de Abascal que parece que esté ensayando para salir en las monedas de un euro y ese verde de sala de dentista que leyó en algún sitio que ese tono relaja.

Pues todo esto me he quedado yo con las ganas de comentarlo con mis amigos. Como tampoco he podido comentar con ellos los debates. Porque estaban muy ocupados, no sé si ya os lo he comentado, intentando convencerme de lo que tenía que votar. Porque supongo que no están muy seguros de que sea capaz de hacerlo por mí misma. Ni confían en que me haya leído los programas. Que me los he leído, soy así de agonías. Parece ser que el hecho de que ya lo haya conseguido en otras ocasiones y en similares circunstancias no les parece garantía de nada. Y tan liados estaban con su particular campaña de andar por casa que no he podido decirles lo mucho que extrañé a Rajoy en el soporífero debate del lunes. Con su niña y su “es usted Ruíz”. Ni lo bien que me lo pasé con el del martes, en el que Rivera se convirtió en una especie de niño con TDAH, sin diagnóstico ni tratamiento, que no paraba de sacar cosas de los bolsillos e interrumpir a todo el mundo sin conseguir estarse quieto. Me recordaba al vendedor ambulante de Top Secret y sus artículos de coña o a una Mary Poppins disfuncional que no acertaba a sacar el paraguas.

Me habéis robado la campaña y nunca os lo perdonaré.

Para cuando estéis leyendo esto con vuestro café con leche y vuestra tostada (o con lo que sea que desayunéis, no me quiero poner absolutista), es muy probable que yo ya haya ejercido mi derecho al voto. Y lo habré hecho con la misma libertad con la que espero que lo hayáis hecho todos vosotros. Me da igual lo que hayáis votado, ni quiero ni necesito saberlo. Me conformo con pensar que mañana será lunes y ya no tendremos que aguantar a nadie diciéndonos si estamos haciendo lo correcto o no desde su ombligo. Se habrá acabado la (atentos que lo digo) fiesta de la democracia. Y entonces vendrá la (sí, lo voy a decir también) resaca electoral. Pero esa es otra historia y ya lo comentaremos en la próxima columna. O no. A saber.