Ana Obregón: "Antoñita la fantástica"y el bikini de nuestros veranos

La actriz y bióloga convirtió su vida en un torbellino de hombres y nombres. Quería ser actriz, pero no protagonizar una historia como la suya.

La actriz y bióloga convirtió su vida en un torbellino de hombres y nombres. Quería ser actriz, pero no protagonizar una historia como la suya.

A los dos años la confundían con un chico porque ella, Ana Obregón, ya era rebelde, muy rebelde, antes de que Jeanette anunciara lo suyo a los cuatro vientos. No le gustaba lo que veía fuera de su familia, y ya entonces –qué precocidad– decidió inventarse un mundo a su medida «para cuando no estaba en casa; un mundo donde la magia y la belleza fueran primordiales». Ya está, doctor Freud, el problema de Ana es que ha vivido mucho lejos de casa, y de ahí que desde niña y sin dejar nunca de serlo, haya tenido que inventarse un mundo no sé si mágico y bello, pero sí fantástico (creo que yo la bauticé como «Antoñita la Fantástica») basado no en el País de las Maravillas o el de Nunca Jamás, sino en miles de páginas de las revistas del corazón en las que presentaba amores, desmentía amores, rompía amores. Un torbellino de hombres y nombres, un largo maratón rosa entre paparazzi. Una lista que no repasaré por falta de espacio.

En esto convirtió su vida una mujer, bióloga para más señas, que solo quería (es un decir) casarse, tener niños y ser feliz. También ser actriz, pero nunca protagonizar una historia como la suya, propia de un guionista alucinado por el LSD. Fue a Hollywood en el 85 para hacer carrera, y allí se fotografió con Robert de Niro en una fiesta y acabo haciéndole una paella a Steven Spielberg. Aquel episodio bien podría haber sido un número de «Martes y Trece», superior en risas al de la empanadilla de Encarna.

Había conocido al director–me contaba– en el rodaje de «Bolero», con Bo Derek. La cosa sucedió así: empezó a hacer la paella y de repente, mientras miraba de reojo y arrobada al dios de Holywood que estaba sentado en el comedor, expectante, cayó en la cuenta de que no sabía hacer paellas, así que llamó a su madre por teléfono desde la cocina y siguió los pasos que mamá le daba, imagino que medio dormida, porque en España eran las cuatro de la madrugada. «Todo iba más o menos regular –decía Ana– y para colmo de males se fue la luz. ¿Y quién es capaz de hacer una paella a oscuras?». Quizá tan sólo Miguel Durán. «Pero no estaba allí, así que Steven tuvo que buscar una linterna y alumbrarme hasta que terminé la maldita paella. Quedó repelente, asquerosa, pero, muy gentilmente, Steven se la comió. Bueno, no toda». Es muy probable que Spielberg no haya vuelto a probar la paella.

Luego vino lo de la sirvienta infiel que contó detalles íntimos de la vida de Ana y su conde. Querellas del padre de la sirvienta portuguesa contra ella y querellas de ella contra todos. Ana llorando ante el juez proclamando su inocencia. Ana diciendo que querían arruinarle la existencia y que habían convertido su vida en un circo, como si antes no hubieran estado ahí los payasos. «Ya ves, Amilibia: me paso la vida interpretando comedias cuando mi vida es un drama», me confesó.

Finiquitada la historia con el conde, aunque esperando volver con él, descubrió que los disgustos adelgazaban: su separación le había costado siete kilos (de carne). Pese a ese gran hallazgo, montó un gimnasio. Sus dotes proféticas seguían intactas: «Me imagino que, de todas las formas, me volveré a enamorar. Cuando Dios te cierra una puerta, te abre otra más grande». Como si en las puertas estuviera Cupido en lugar de san Pedro, le dije.

Más tarde, en 2001, su desnudo en «Interviú» fue un bombazo. Ella quería aparecer envuelta en la bandera española, detalle patriótico que hoy podría patrocinar Santiago Abascal y cantar Marta Sánchez, pero el fotógrafo eligió para la portada una recreación de la película «American Beauty». Carmen Rigalt escribió que era «Anita Poliespán». Ella admitió que, tiempo atrás, se había remodelado los pechos, pero nada más: «Ni me he quitado una costilla ni me he puesto morritos o pómulos». Davor Šuker, el ex jugador merengue, la llamó desde Londres para decirle que las fotos le habían servido de mucho alivio en la soledad gris de la «city». Gracias.

Y si la primavera no llegaba hasta que lo decía El Corte Inglés, el verano tampoco hasta que Anita posaba en bikini en la playa. También este año lo ha hecho, aunque ahora en bañador (son 63 años) y dedicando el dinero que «Hola» ha pagado por la exclusiva a las familias con niños en lucha contra el cáncer, como lo ha hecho su hijo Álex Lequio, ya curado. Ana trata de reinventar su vida, pero no conviene olvidar que a los cuatro años interpretó a la Virgen en una escena navideña en el cole, «y recuerdo que ya coqueteaba con uno de los arcángeles», me dijo. Es su destino.