Azúcar Moreno reapareció cantando en el programa de la Campos

Encarna y Toñi Salazar en el programa de televisión «¡Qué tiempo tan feliz!»
Encarna y Toñi Salazar en el programa de televisión «¡Qué tiempo tan feliz!»

Nunca hubo título más apropiado. «¡Qué tiempo tan feliz!» marca la reconcialización –ya publicitada vía dieta de la alcachofa de las que son imagen insólita porque no precisan perder ni un gramo–. Tras anunciar la «rentré», la hicieron en plan familiar con imagen y genio dulcificados, al menos en apariencia, para la tarde de María Teresa, que acaba de pagar al matrimonio Aznar los 60.000 euros de una causa perdida tras demandarla por un presunto comentario de problemática matrimonial hace años. Abonó y descansó. O eso parece, la procesión debe de ir por dentro y se la oye defender a ultranza la posible candidatura de Carmen Chacón. Sigue por su fuero y, con Toñi y Encarna apaciguadas tras seis años hasta sin hablarse volvió a batir récord. Rafa Lorenzo exultaba por los resultados de esta vuelta en la que ellas confían: –«Y si no es así, siempre nos quedará un amor de hermanas realmente irrompible»–, dijeron ellas, fieles a dúo. Lo hicieron apoyadas por el clan Salazar, tanto con Borja, hijo casi treinteañero de Toñi, y Enrique, uno de los sobrinos, como con las Alazán, haciéndoles coro en «Bandido». Fieles a su imagen siempre rompedora y avanzada en la moda, recordaban sus primeros años vistiendo de Versace o cuando sorprendieron lanzando aquí a los incipientes Dolce & Gabbana. En su indumentaria fueron atípicas, reformadoras y creadoras de un estilazo único, nada al uso de folclóricas adictas a lunares o ampulosidades. Se diferencian hasta en eso. Toñi aprovechó para pedirle perdón a Roberto Liaño, su segundo marido, que en Santander sigue luchando por mantener abierto un tablao flamenco. Parece reliquia de tiempos mejores cuando en Madrid luchan por resistir al histórico Corral de la Morería, reducto de antaño de cuanto astro hollywoodiense caía por aquí. Blanca del Rey imparte allí lecciones magistrales de cómo manejar un mantón en escena. Nadie sabe moverlo con la ligereza y arte que lo hace ella. También aguanta el Café de Chinitas, donde con La Chunga vi debutar a Rafa Amargo, a punto de estrenar nuevo espectáculo en el renacido Teatro Principal barcelonés. Vive casi afincado en la Ciudad Condal, donde nadie lo margina, más bien lo contrario. El Chinitas es propiedad del padre de Fernando Verdasco, de ahí que lo frecuenten muchos tenistas. El edificio pertenece a Pitita Ridruejo y allí «ora pro nobis», falta nos hace. Acaba de sorprender soltándose la melena –la capilar, no otra– en «Doce hombres sin vergüenza», donde Nati Mistral impactó a los entrevistadores. Hizo historia.

«Tuve que romper con Roberto porque, además de incompatibilidad, no satisfacía mis necesidades femeninas. Para ser sólo amigos, no valía la pena seguir juntos. Mejor cortar. Tal situación y mis posteriores declaraciones descalificadoras, además del cáncer ya superado de Encarni, me desquiciaron bastante. Motivó la ruptura no sólo artística con mi hermana. Todo vuelve a su cauce y mi cuñado ya nos prepara gira por Hispanoamérica, donde nuestra reconciliación ha encantado. A ver qué pasa. Confiamos en lo mejor», vaticina Toñi desde su magnífica forma física y vocal comprobada en este debut televisivo, anticipo de otros muchos.