«El marismeño» tutelará a José Fernando en Sevilla

La Razón
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El Centro Hipócrates ya tiene su palmarés del corazón. Y aunque Carmen Ordóñez no llegó a visitarlo tras internarse en algo parecido en Sant Feliu de Guíxols –donde tampoco aguantó–, sí acogió a su hermana Belén –otro culo de mal asiento– y también a Pepito «El marismeño», que lo considera «lo más avanzado de España». No deja de recomendarlo y por eso José Fernando se ha refugiado allí. El marismeño me precisa lo que a todos nos parecía un disparate, ese anuncio pregonado de que el hijo de Rocío y Ortega Cano se instalará en Benidorm para hacerse cargo de un bar-restaurante paterno. Parecía un disparate y así lo comentamos hace días bajo el título «A José Fernando le ponen un bar cuando debería huir del alcohol». «No es como lo han contado: aún no se sabe si estará en Barcelona un par de meses o algunos más, que podría ser. Depende de cómo evolucione. Luego me lo llevaré conmigo a Sevilla para convertirme en su tutor y controlar sus cuatro horas diarias de gimnasia. Trasladarlo a Benidorm con ese encargo no se de quién salió», confirma Pepe.

El ya no tan chaval ocupa una habitación individual, como en el bufé con el resto de tratados –no todos son tan jóvenes, conforman un abanico de edades– y se le ve con ansias de superar un pasado vergonzoso. Ha sabido integrarse. Su tratamiento cuesta 8.000 euros mensuales y resulta un buen prólogo, comienzo o principio sin fin inmediato de una terapia que no podrá descuidar al menos durante ¡cuatro años! «Depende de las ganas que él tenga y de cómo se dedique a ello», me asegura El marismeño, que de cara a la feria abrileña retoma su discografía tras volcarse en «Galeno», su centro rehabilitador sevillano, que ahora también abre en Málaga. Está dedicado tras vivir en propias carnes la adicción y supone un claro ejemplo de superación, adaptación y olvido de un pasado con oscilaciones debido a que era joven. Aprendió la dura lección, se afanó en curarse y demuestra que todo es posible si le echas voluntad. Es lo que le inculca a José Fernando en este internamiento menos acongojante que el carcelario del módulo sevillano donde pensábamos que llegaría a coincidir con su padre, caso de que el torero acabe ingresando, que muchos ya lo dudan ante su comprensible demora en hacer cumplir la sentencia que le privará de libertad. Muchos no habían entendido el lamentable y desatinado propósito de pretender reconducir la salud de su hijo vía dedicación a la nocturnidad turística de tan popular población levantina. El paraíso de un turismo de edad y refugio al que siempre acude Belén Esteban, que tiene allí sus cuarteles de verano. Ella significa otra evidencia de cómo reciclarse, salir del hoyo de las adicciones y seguir adelante sin mirar atrás. El mismo caso de El marismeño.

Que cunda ese afán superador de trances, para algunos infranqueables, como también lo refleja José Fernando en su alejamiento barcelonés que está próximo –el destino se divierte– a la zona de Argentona donde su hermanastra Rocío Carrasco vivió el primer tiempo de su ceguera por Antonio David. Fue pareja entonces guiada y aconsejada por Cristina Blanco, insólito ángel de la guarda y actualmente irreconocible físicamente tras haber perdido 30 kilos. Es otro modo de recuperarse.