Historia

Jordi Cruz no concreta sobre Eva González

Jordi Cruz
Jordi Cruz

Es el más buscado. Concentró miradas el cocinero Jordi Cruz, presunto recambio de Cayetano, unido a Samantha Vallejo-Nájera. Sonrió y evitó concretar. Lo dejó en el aire en la noche magnificadora del medio siglo de «Telva», ya de lo más antiguo de nuestros quioscos. De este cumpleaños daba fe Pilar Salcedo, su primera directora, que observaba el rebrillo apoyada en un bastón tras una caída casera, similar a las del Rey y Alberto Cortez. Un traspiés inoportuno que no padeció la organización, que consiguió ambientar cálidamente, con luz sabia y favorecedora, el siempre desangelado callejón entre Alcalá y Montalbán del faraónico Ayuntamiento madrileño. Es una tarta frente a Cibeles, que ideó neobarroco, o casi churrigueresco, Antonio Palacios. Gallardón le puso la guinda de despilfarro a semejante pastel arquitectónico. Endulza o desagrada. Hay para todos los gustos, pero en la emblemática fiesta de «Telva» parecía otro edificio. Ofreció confort y calor inédito y hubo aplausos para los luminotécnicos, y ya no digamos para Olga Ruiz, la directora de la revista, que recibía a los invitados junto a Alfredo Vila, director general de Citröen España. Ruiz es de La Coruña, nació en el histórico Puentedeume, tan vinculado a los Andrade, del que Cayetana ostenta condado. Bien lo sabe su hijo Cayetano, que estrenó raya al lado. Lo mejoraba, y evitó cruzarse con una Mar Flores que le trae malos recuerdos. Y eso que era inevitable verla vestida con un brocado que la asemejaba a una fallera valenciana. O tal decían, no sé si envidiando o despreciando. No entendieron que iba de silente homenaje a Canal 9, que tantos beneficios le reportó cuando durante años hizo «La música es la pista». En la fiesta «Telva» la melodía la marcaron Covadonga O'Shea y Nieves Fontana. Inolvidable, la última me recordó que veintidós años atrás, aún balbuceantes los premios, se montó la gala porque Versace vino con su amigo y pareja, Antonio d'Amico, luego tan maltratado por la dómina Donatella. Entonces, la Infanta Cristina, entre los asistentes, alucinó tanto como nosotros con lo suyo.

Noche de evocaciones y sonrisas donde Natalia Figueroa, fiel a su señorío y sonrisa, tuvo muy presente a su madre llevando collar de aguamarinas isabelinas, sin duda patrimonio de los Romanones. Más modernos eran los esmeraldones lucidos por Susana Gallardo. Alberto Palatchi está más delgado, y no deja de expansionar Pronovias. Se vieron muchos de sus trajes, aunque los joyones –familiares o prestados por Bárcena y Suárez– y pieles fastuosas, exigidas por el frío, destacaron sobre los atuendos. Era cálida y esponjosa la chaquetilla de Laura Vecino, que no alardea de duquesa, siguiendo los consejos de su suegra y consejera. Nelsy Chelala rebrilló en algunos hombros con sus pieles, y Elena Benarroch pasmó con alarde de cibelinas siberianas «que ya son de criadero porque dejaron de cazarlas». Resultó apabullante, como discreta y agradecida Tatiana de Grecia, esposa del príncipe Nicolás. Habló un español perfecto, muy aplaudido, como el trofeo a Riccardo Tisci (Givenchy), mejor diseñador internacional, o la exactitud presentadora y trilingüe de Nieves Álvarez bajo un Gucci de pedrería gris antracita de los que marcan época. También lo hizo Juana Díaz, descubierta por Eugenia Martínez de Irujo. Prodigó negros con azabache como los de Lola Herrera, no la actriz, sino ese ángel bueno del Hospital Ramón y Cajal, al que sirve como relaciones públicas. Los Alvarno, mejores creadores nacionales, mostraron botonadura de miniperlas, tan afines como sus ideas, que ahora vuelcan en Azzaro, internacional de nuestra moda. En Alaïa recordaron que vistió desde Greta a Michele Obama ante Marichalar y Lydia Delgado, fiel reflejo del diseño barcelonés, igual que su hija. Evitó relumbres y me confirmó que sigue con Alberto Aza Jr., pese a los rumores. «Llevamos 17 años juntos, toda una vida», reconoció, como Sandra Barneda su impacto internacional en tanto novelista. Marcha a México, adelantó a Caprile, «chevalier servant» de la luminosa Marta Robles, ante Rosalía Cogollo bajo una cazadora de Duyos en napa con la espalda peluda. Madrid-Telva, como París, fue una fiesta.