El Rastrillo en pie de guerra

Alas organizadoras del Rastrillo de Nuevo Futuro las han puesto en pie de guerra y mantienen un «¡hay que ver!» de lógica indignación por lo que les parece poca caridad cristiana. No se habían visto en otra igual y hasta la Infanta Pilar se une a este excepcional coro de protestas contra la anunciada imposición de cobrar siete euros diarios por aparcar en el benéfico mercadillo que, además de su interés, eleva el tono caritativo y social capitalino. «¡Es que no se puede admitir! ¿Acaso no saben que gracias a nuestro rastrillo podemos mantener a 2.000 niños desvalidos?», lamentan. No se habla de otra cosa y, con el paréntesis de difuntos, los teléfonos arden más que cuando se habla del «regalo» con el que Mar Flores pretendió agradecer los desvelos de Javier Merino. De ahí su polémica entrevista en «Vanity Fair», resucitadora del nada glorioso pasado de la guapa, que estaba fatal en su única película con Juan Antonio Bardem mientras su ex amiga íntima Sofía Mazagatos no llegó a estrenar lo que hizo, o deshizo, sobre la vida de Sor Juana Inés de la Cruz. Eran tal para cual, como el exaltador reportaje que, pretendiendo auparla, considera a Lequio, bisnieto de Alfonso XIII, un «simple playboy» y a Cayetano Martínez de Irujo, un aristócrata ejemplar. Las comparaciones son odiosas –y hasta injustas–, como esa medida municipal de penar el parking en el mercadillo benéfico donde, gracias al gancho de Sonsoles Díez de Rivera, puede degustarse lo más de nuestra gastronomía: desde el emblemático «goulash» de Horcher, al canelón de pato confitado de Pedro Larumbe o el muslo de pato guisado al Oporto del incombustible Zalacaín, ya último reducto de las cinco estrellas de la gastronomía madrileña, donde Carmelo Pérez aguanta el temporal y una crisis que aún no les afecta. Por su parte el Casino, que mantiene Paco Roncero con sus dos estrellas Michelin, sirve dorada con patata confitada y piquillos a la bilbaína, prueba evidente de que pasaron los tiempos de la cocina con soplete. Constatarlo merece un respiro mientras esperan que Ana Botella resuelva personalmente lo que toman casi como un atentado a cita tan habitual, donde siempre destaca la entrega de la duquesa de Franco y el olor a rosas de Cuqui Fierro.