Las modelos Jessica Bueno y Raquel Jiménez enseñan las uñas

Siempre se ha creído que la publicidad debe ser un grito que se oiga sobre el runrún cotidiano. Un tararí que advierta, que nos obligue a girar la cabeza y que últimamente se pierde a fuerza de una monotonía repetitiva. Cada día vemos las mismas caras y nombres, en ocasiones no muy famosos, promocionando determinadas marcas. Y no me refiero a la tierna imagen de Martina Klein, algo abusiva porque acapara todo tipo de «spots» publicitarios al punto de que sus publicidades parecen una promoción colectiva y no la imagen de la marca en cuestión, que es lo que las agencias buscan cuando contratan. Con semejante prodigalidad lo que no consiguen precisamente es destacar lo que finalmente queda como una simple anécdota para el anunciante de turno, llámese Martina o Nieves Álvarez –otra que repite, como el mal caldo–, donde en un reciente anuncio queda empequeñecida por el estilazo sin pretensiones de Laura Ponte, que mantiene ese aire pasota que nos sugiere que siempre estará en otro sitio más atreyente.

Los periodistas diariamente recibimos convocatorias. Pero con el paso de los años cada cual es más decepcionante. Provoca un «uf» de hastío, porque la clase y el glamour dan paso a un famoseo trincón. Abonándose a este plus vemos a personajes como Rafa Medina, que la pasada semana se convirtió en hombre-anuncio lo mismo en Madrid que en Bilbao; parece que dice en cada photocall: «Mi ducado al mejor postor». Antaño se cuidaban y perfilaban más los contratos y exclusivas, y en uno de los apartados se consignaba el tiempo que debía pasar entre una y otra aparición. Algo queda de ello en las apariciones televisivas, siempre en el filo de la navaja de esa cláusula restrictiva que asegura una cierta exclusividad del conocido de turno, pues ya no se les puede considerar famosos o tan siquiera populares. En esta clase social también hay categorías y no todos devienen en Rafa Nadal. Aparecer en la portada de «Vanity Fair» está relacionado directamente por su calidad de supercampeón y no por ser el primo segundo de la hermana de una amiga que se lió con un torero. En aquella portada quedó patente la madurez física del tenista con su habitual gesto apacible. Una imagen aún vale más que mil palabras o que gestos iracundos, como el demostrado días atrás por Jessica Bueno en su reaparición, propiciada por el misterio que parece envolver el acuerdo de separación con Kiko Rivera. Los fotógrafos se quejaron de sus caprichosas intemperancias, que nunca producen gentes tan calmadas como Ana Boyer –otra que tal baila en eso de vender cara su juventud, animada quizá por el ejemplo de su hermanastra Tamarita–. Un traspiés sentimental no tan repetido como los de El Duque, que parece novio de ida y vuelta, con Raquel Jiménez como homóloga femenina. Aunque de mejor talante que la Bueno, pasó desapercibida en la cita que Martini montó en Como. Quedó claro que todavía no llega ni a «celebrity», pero saca tajada de su reapaño con David Bisbal, que las idas y venidas del cuore siempre tienen buen mercado y el nacional anda tan alicaído como la economía. De ahí la reiteración de rostros generalmente inexpresivos y sin más bagaje profesional que la de ser pareja de turno. Así ha pasado con Isabel Preysler y sus niñas, Bisbal y Raquel o Paquirrín y la modelo. E incluso esa Michu que ahora coge carrerilla gracias a lo suyo con José Fernando, el incómodo niño de Rocío Jurado y Ortega Cano. Ella siempre se resistió a la adopción; fue el torero quien pretendía tener seis críos en vez de dos. Menos mal que Rocío se opuso, más consciente de la responsabilidad que se les echaba encima. Cano sólo lo hizo para aparentar que eran una familia normal imposible de crear siguiendo los cánones habituales.