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Lola Flores: entre la España cañí, la picaresca y el desmadre

Largaba con la gracia natural de quien vive al pairo de las reglas, al límite de todos los abismos. Eso sí, podía largar muchas cosas y después arrepentirse.

Largaba con la gracia natural de quien vive al pairo de las reglas, al límite de todos los abismos. Eso sí, podía largar muchas cosas y después arrepentirse.

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Recordar a Lola Flores sin caer en el pecado del tópico es tarea compleja, porque ella era sobre todas las cosas el tópico sublimado y el pecado más cantado, la encarnación caricaturesca de la folklórica de rompe y rasga con la bandera nacional en la bata de cola, el exabrupto casi surrealista que nace de la entronización de sí misma, el poderío artístico, la fresca inteligencia florecida en los márgenes y la escasez de pudor para largar lo que le diera la gana con la gracia natural (la espontaneidad) de quien vive al pairo de las reglas, siempre al límite de todos los abismos. Porque con las ventoleras de sus escándalos, Lola se abanicaba la entrepierna.

Quizá Isabel Pantoja haya pensado alguna vez si parte de sus malas horas no venían de la maldición gitana que le echó Lola por haberle birlado Paquirri a su hija Lolita, que estaba hasta las trancas por el diestro de los ojos verdes, también deseado por su madre por aquello de completar el cuadro familiar a lo Julio Romero de Torres. A la que no pudieron enterrar ni sus hagiógrafos cursis ni el fisco, la enterraron con «La zarzamora» a los 72 años, pero antes se bailó la vida como quiso.

Lola fue más que frases hechas. Lo diré claro y pronto: se ciscó en los tabúes, en la moral represora, en las buenas y santas costumbres, en la sociedad biempensante e hipócrita. Su lista de amantes se recitaba en las redacciones. En la edad en que las mujeres empiezan a ser invisibles para los hombres, se lió con un bailaor juncal que podía ser su hijo. Una vez, muy joven, se vendió por 50.000 pesetas. «¿Por qué, Lola?» le pregunté. «Por necesidad; por necesidad se puede hacer de todo». Nunca me contó qué necesidad era aquella y quién fue el comprador. Podía contar muchas cosas y luego arrepentirse. Alguien escribió lo que, presuntamente, Lola le había contado: que había sufrido dos abortos por no querer ser madre soltera y que le había sido infiel a su marido. Dios, la que se armó. Era el 82. Me llamó al periódico en busca de defensa (parece ser que yo la defendía muy bien: me consideraba el notario mayor de sus desmentidos) y me gritó que, por favor, dijera de inmediato que ella no había abortado nunca y que jamás le había puesto los cuernos al «Pescaílla», «por favor, Amilibia, cómo puede alguien querer hacerme tanto daño contando esas cosas, cómo puede haber gente así...». Una de nuestras muchas noches de copas le dije que era capaz de todas las verdades y todas las mentiras. «Y por eso eres una artista total», rematé en coña. Y se reía. Cuando llegó el enorme follón de su desnudo en «Interviú», allá por el 83, en el que aparecía en topless en una playa, mantuvo como si jurara por el manto de la Macarena, con una firmeza digna de un Oscar de interpretación, que eran fotos robadas con teleobjetivo, o sea, que ella no había posado, que se las había hecho un paparazzi sin que ella se enterase. Eso vendía a todos los vientos, más indignada que los de Podemos en Sol. Se descubrió que no eran fotos robadas y que Lola había cobrado un buen dinero (seis millones y medio de pesetas, libres de impuestos) por el reportaje.

Heredé de mi mujer, Ketty Kaufmann, una copia del contrato de Lola con la revista en el que se dice textualmente: «Lola Flores no posará para las fotos, sino que se harán como si fuera sorprendida... Lola Flores podrá negar que cobró y que posó para este reportaje en declaraciones a Prensa y Radio». Escribo esto con el temor de que el fantasma cabreado de Lola se me aparezca para decirme que todo es mentira y que el contrato que obra en mi poder está manipulado: «Venga, escríbelo ya, que no tengo el chocho para fandangos y no quiero tirarme la eternidad con ese marrón encima».

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Hacienda (Borrell) la sentó en el banquillo para ejemplo de toda España, la cañí y la otra, y fue cuando Lola me dijo aquello tan bonito de que la estaban utilizando como chivo expiatorio y que si cada español le diera una pesetilla, que no es nada, «yo salía de ésta rápidamente». Y añadió: «Mira, España es divina, pero muy rara. Me atacan a mí por un descuido, por ignorancia, por un error, mientras otros se lo llevan crudo a manos llenas y no pasa nada. ¿O no tiene eso más delito?».

La tradición se mantiene. Lolita también es perseguida por el fisco y al parecer visita tanto el Monte de Piedad como su madre: dice que tiene cuatro diamantes empeñados. Va ser la productora, junto a su hermana Rosario, de la serie que se prepara sobre Lola, la que murió de un cáncer de mama en parte porque se negó a perder sus armas de mujer. «A mí no me quitan las tetas ni a tiros», dicen que decía. No querrán contarlo todo, nada se saldrá de madre. Pero Lola fue el desmadre.

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