Lola Herrera se queda «con lo mejor»

La intérprete vallisoletana se encuentra en plenos ensayos de «En el estanque dorado», obra que protagoniza junto a Héctor Alterio

Aquí no tenemos cultura ni tradición de memorias teatrales salvo esporádicos ejemplos como el de Fernando Fernán Gómez, que publicó unas nada aleccionadoras, por aburridas, aunque fuese miembro de la Real Academia Española. El autor del histórico «El viaje a ninguna parte», casado con María Dolores Pradera –con quien tuvo a sus dos hijos, Helenita y Fernando–, creó páginas antológicas poco reveladoras de una vida artística donde brilló más amando o dirigiendo que interpretando. Por siempre fue el pelirrojo de «La trinca del aire» oscureciendo trabajos más hondos como su «Quijote» o «El abuelo». Por el mundo adelante proliferan más este tipo de recuerdos condensados y me parecen admirables –por valientes– las de Vittorio Gassman, Melina Mercouri con su vibrante «¡nací griega!», Laurence Olivier, que sacó a la luz sus miserias con la delicada y parece que insoportable Vivien Leigh, y también las de Marlene Dietrich, rememorada por su hija María Riva.

Sin embargo, los «grandes» de nuestra escena evitaron este tipo de publicaciones, salvo Celia Gámez, quien protagonizó unas memorias por folletines que se insertaban en la revista «Semana». Mejoró entonces la cruda realidad y contó sus vicisitudes durante medio siglo, toda una época evocada, como ahora pretenden en el Reina Victoria con la también compleja existencia cupletera de Raquel Meller, anticipo de lo que Sara Montiel actualizó. La manchega también intentó aglutinar recuerdos, pero le pudo la fantasía y acabó adulterando, agrandando y deformando su vida, la de la mujer más grande que España aportó al cine, superando a Raquel, Imperio Argentina, Aurora Bautista y a una Amparo Rivelles que ahora, ya con 88 años, reconoce que «siempre me han tenido mucho respeto». Lamento no haber escrito las cosas que me contaba su madre, la inmensa María Fernanda Ladrón Guevara, quien sacaba partido a cualquier anécdota, como aquella sobre la competencia escénica mantenida con Irene López de Heredia –actriz irregular y bastante menos elegante–, de la que Doña María contaba cáustica: «Es como Moscardó, desde que actúa en el Alcázar no hay Dios que entre», una frase con la que evidenciaba su escaso gancho. ¡Cómo olvidar a aquella espectadora de primera fila que, al ver a la madre de Amparo y al entonces Carlitos Larrañaga, comentó en voz alta: «¡Pues no es tan buena ni elegante!», a lo que María Fernanda replicó desde el tablado: «Pues suba usted y pruebe».

Qué de cosas contaba de Benavente –el autor al que le debe obras como «La malquerida», que María Guerrero protagonizó junto a Adolfo Torrado– y de otros escritores de ese tiempo glosado por el periodista José María Carretero Novillo –conocido como «El Caballero Audaz»–, que siempre iba más allá, según me contaba su hija Nanita, una rubia a la que Dalí escogió cual cómplice de aventuras. Tirando de recuerdos, con Valladolid como escenario, ahora también publica Lola Herrera el libro –que ella no considera memorias– «Me quedo con lo mejor». El título evita honduras como las de «Función de noche», aquella estremecedora película protagonizada por ella. Al parecer, escribió el libro y le puso fin este verano y, aunque no suelta prenda, sí adelanta que «no meto mucho artisteo». Herrera está ahora ensayando «En el estanque dorado», obra que estrena en Zaragoza a primeros de mes en tándem –¡vaya regalo!– con Héctor Alterio.