Pedro Ruiz escenificó su propio entierro

Pedro Ruiz, durante la presentación de su libro «Testamento», esta semana

Resultó penoso. Montaron un cementerio de pega en el Club de Tiro y, después de la cena, empezó el espectáculo. Un homenaje al nuevo libro de Pedro Ruiz, «Testamento», en el que nombra albaceas a sus fidelísimos Isabel Gemio, Luis Cobos y Natalia Figueroa. Parecía un auténtico duelo, con tres supuestas viudas armando un divertido planto y con el contrapunto surrealista del empresario Álvaro Ramírez intentando levantar el ánimo. Pero no lo consiguió, por poca gracia o, quizá, porque fuera helaba. Ruiz escogió una de las noches más frías de este invierno, ya casi primavera, para sus honras fúnebres. Como las que ahora vive el Teatro Español, que finalmente ha acogido el velatorio de María Asquerino, la gran seductora de nuestro cine, 24 horas después de lo anunciado –y seguro que tal demora le provocó carcajadas en el más allá–. Una mala de película a la que conocí bien porque tuvo una relación de ida y vuelta con Carlos Larrañaga. Fue uno de sus grandes amores junto a Fernán Gómez, que la camelaba con la lengua. Igualito que Pedro, quien, finalmente, no reaparecerá en el Callao, donde anunciaban su regreso para mediados de este mes. «No hemos llegado a un acuerdo, hablamos idiomas diferentes», desveló a una «enlutada» Norma Duval, a quien el negro enflaquecía aún más si cabe. Evocó momentos junto «al difunto», quien, bajo la lápida con su nombre y el preceptivo RIP, se tronchaba. El resto de amigos o deudos se afligían ante la dicción mortuoria del humorista e Isabel se quejó de que «ni muerto nos deja en paz». Y no lo hace, porque Ruiz acaba de barrer las taquillas en el Teatro Apolo de su Barcelona natal. Actuó en el viejo feudo de las «alegres chicas de Colsada», tan bien cantadas por Ángel Zúñiga y Sebastián Gasch. Tania Doris fue su punto y final y todavía pleitea por la herencia del empresario al que estuvo unida veinte años, incluso fuera del escenario.

Bien lo sabe Moncho Ferrer, que trabajó para ellos y reía en el velatorio de Ruiz junto a Isabel Luque y Pilar Jurado, encargada de cantar el Réquiem. Todo lo montó Belén Quijada en el El Pardo, en donde no sólo colean vivencias franquistas sino también la fragancia francesa de Corinna. Norma pidió que el cadáver, amortajado y todo, «echase una mano para animar esta España hundida», retomando así una combatividad política que ya tuvo en los primeros tiempos de Aznar. Andoni Ferreño contó sus experiencias americanas y se desahogó por lo mal que anda nuestro teatro, «que ya no se salva ni en provincias: no contratan y, si lo hacen, encima no te pagan». Álvaro Luis anticipaba que Johnny Halliday, el rockero francés de los 70, celebrará en Calpe su 72º cumpleaños, comentario que resultó ser un emotivo adiós a la vida con ambiente fúnebre de esta velada. Pedro no dirigió, tan sólo estuvo de cuerpo presente. Y eso se hizo notar.