Pronovias ya suspendió un «show» por Mota

Irina Shayk y Mota, en la presentación de una de sus colecciones en 2011
Irina Shayk y Mota, en la presentación de una de sus colecciones en 2011

La vida sigue pero los rumores crecen. Alguno parece tan certero como el que atañe a la atribulada hermana del fallecido Manuel Mota. Ella todavía anda de duelo «aunque Manuel llevaba ya año y medio con su primera pareja y ella lo ignoraba», me aseguran, certificando lo que parece un despropósito «in crecendo»: culpar a Tito Palatchi de algo que le es ajeno. ¿Quién se da cuenta, después de 23 años, de la maldad y del acoso del jefe? Tampoco es nada nuevo, si yo les contara. Un cruce de acusaciones entre uno y otro bando en el que incluso participan personas que apenas estaban en el ajo, como algunas famosas, que ahora parecen un coro plañidero y oportunista cuando su relación con él fue ocasional, tan sólo en un par de pruebas. Me río de tanta casadera trincona como han sido Genoveva Casanova –que, con trajes de Pronovias, hizo en «¡Hola!» la exclusiva prenupcial de veinte páginas–, Caritina, Carmen Martínez-Bordiú –a quien el extinto revistió en Santander como de gallina clueca–, Alejandra Prat y tantas otras que llevaron sus diseños, porque con sus vestidos se tenía el pack completo para la exclusiva. De ahí que los lamentos estén fuera de lugar, tan dañinos en esta tragedia como el partidismo ignorante de unos y de otros. Mota, como todos los creadores, tenía el agobio propio de un trabajo que le obligaba a preparar cinco colecciones por temporada.

El empresario, tan injustamente cuestionado, puede tener defectos como cualquier hijo de vecino, pero en la casa se volcaron apoyando al suicida. Y, hace unos días en Barcelona, estuvieron a punto de suspender la presentación de sus colecciones: no hubo desfile y se limitaron a enseñar los nuevos diseños en el «showroom». La firma barcelonesa es sinónimo de originalidad, buen diseño y siempre «made in China», que es lo que ahora también hace Rosa Clará con «Aire», su segunda línea. Aquel país abarata los costes a límites insospechados.

«Moncho Moreno y su equipo tenían todo preparado para desplazarse a Barcelona y pintar y maquillar a las siete maniquíes escogidas para la pasarela. Fue un gesto inteligente y respetuoso, pero resultó imposible suspenderlo todo porque había más de 800 compradores venidos de todo el mundo. Con ellos había que cumplir y ofrecerles en primicia sus futuras compras», me aseguran gentes del entorno, quienes no entienden muy bien qué es lo que proyecta la doliente familia recurriendo a querellas judiciales que Mota nunca presentó. Se limitó a lo típico: reclamaciones, quejas y suspiros estrictamente laborales, porque sí es cierto que se sentía marginado y casi explotado. Pero nadie se aprovecha si uno consiente. Tampoco estaba recién llegado y siempre aprovechó la posición preeminente de trabajar en exclusiva para la empresa. Todo es un disparate acentuado por el dolor de una muerte que no se entiende. Ni era tan bueno como afirman, ni Palachi es el malo de esta tragedia. Y sé lo que digo.